Autora: Caterina Francisca (@_caterinaf)

 

Esta mañana estaba buscando un encendedor en mi bolso, y en cambio encontré un labial rojo. No era mío. Al principio no lo reconocí, pero lo abrí y apenas vi el color me di cuenta: era el de ella. No sé cómo llegó a estar entre mis cosas, pero ahí estaba. Su labial rojo favorito.

Al verlo sin la tapa noté rápidamente que era suyo porque es inconfundible. Es de un rojo espeso, oscuro y brillante. No es como el que usan todas las chicas ahora. Este labial la hace verse como si se pintara los labios con sangre. Ese es el tono que toma cuando la pintura entra en contacto con la piel de sus labios. Tiene un pigmento de buena calidad o algo parecido (la verdad es que no sé mucho de labiales), porque cada vez que ella lo usa es como si se le impregnara en la boca y jamás fuera a salirse. Como si fuera parte de su boca, o como si su boca en realidad fuese de color sangre. Sin embargo, cada vez que puede, va al baño y lo repasa “por las dudas”.

Todo lo que ella toca con sus labios queda pintado con sus besos de sangre. Copas de vino, vasos de cerveza, las mejillas de la gente que saluda. Si fumara, las colillas de sus cigarrillos también sangrarían. Pero ella no fuma, porque dice que si empezara a hacerlo, jamás podría parar. Lo dice y es imposible no prestarle atención, porque el labial rojo obliga a todo el mundo a mirarla. Es automático. Me generaría envidia si tan solo fuese capaz de profesar ese sentimiento por ella, pero en realidad me resulta admirable.

Entonces ahí estábamos. El Labial Rojo y yo. Decidí llevárselo al trabajo. Pasar por ahí y devolverlo como si nada. “¡Ey! ¿todo bien? mirá, anoche te dejaste esto en mi bolso, no sé cómo pasó. Es lindo. No, de nada. Nos vemos”. Sí, así se lo voy a devolver. Ella no puede estar sin su labial rojo. ¿Cómo estará haciendo sangrar todo lo que besa?.

Antes de volver a guardarlo lo usé. Me puse su Labial Rojo en mis propios labios (que son más pequeños que los suyos, entonces no se aprecia igual).

Más tarde se lo devolveré y ella jamás sabrá que nuestros labios al fin fueron del mismo color. No será consciente de que esta mañana, en realidad, fue muy importante para mí, gracias a ella. Puse sobre mis labios la sangre de los suyos. Y los míos sangraron como siempre quise, como todo lo que ella besa.


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