Autor: Agustín Poncio (@_bluebalaclava)

 

Las caminatas siempre fueron así: esquivando en lo angosto de las micro veredas gente que al mismo tiempo esquiva gente que también evita otra gente que por alguna razón se detiene en la carrera del tráfico peatonal.

Motivado por algún sonido reproducido constantemente en mis auriculares, se estructuran mis pasos rítmicos, mi cabeza se agita con la melodía y largo algún que otro coro cuando se me hace inevitable no gritar.

Así mis recorridos desde A hasta B se fueron transformando desde A hasta ningún lado. O hasta todos lados. Se derivan de ahí una lista interminable de líneas aleatorias que voy trazando: todos los días por una distinta. Pero la música se mantiene.

Es verdad que a veces los auriculares son una forma de hacerme el boludo cuando se cruza algún obstáculo indeseado: como un integrante de alguna ONG que te cuenta un poquito el proyecto para después sacar el posnet para que contribuyas y te sientas un poco menos socialmente indiferente; un RR. PP que te invita al boliche gratis con tragos y música horrible incluidos; o un ex compañero que no ves hace meses y todavía no decidís si está bien no saludarlo. Es verdad, lo asumo, aunque el resto de las veces es mi forma de pensar tanto que no tengo más ganas de pensar.

Conclusión: mi relación con los auriculares es quizás mi relación favorita. Y el otro día los perdí. Le recé al Dios de la Caminata (que es muy bueno y entiende la desgracia de andar sin ellos), pero parece que tiene asuntos más importantes que atender. Decreté ese día la muerte de los caminos y de las caminatas y hasta de mis mejores ideas.

Pasó un tiempo hasta que volví a salir. Cuando pisé la vereda casi lloré cuando escuché los bocinazos de una Nueva Córdoba intoxicada por las seis de la tarde. Tardé unos momentos y comencé el recorrido, esta vez sin las ingeniosas combinaciones de calles a las que la música me llevaba. Desde A, hasta B.

Me encontré menos ligero, capaz más torpe, incómodo, ruidoso. Pero más atento.

Subí un poco más la cabeza y me detuve a mirar los detalles de las figuras de la calle: una mujer peinándose con su imagen espejada en la ventana de un auto, un hombre que mientras comía un sanguche de milanesa por un lado se le resbalaban los tomates por el otro, una nena que bailaba en círculos sin preocupaciones.

También agudicé los oídos para escuchar como dos compañeros de trabajo se comentaban que la ciudad es un desastre y que los colectiveros se creen dignos de ejercer su derecho a huelga y bla bla bla; o como una mujer no le quería comprar garrapiñada a su hijo y este gritaba que era la peor madre del mundo; o también como un chico le decía casi avergonzado te quiero a una amiga; o como los ruidos se habían alineado en una anti melodía que sonaba increíblemente interesante.

Seguí los pasos. Admito haber sonreído un poco, como un espectador fabulado de la cantidad de historias que puede ofrecer el exterior por menos armónico que sea. Entendí que capaz prefería esta canción para mis caminatas. Volví a sonreír, hasta que vi un mantel a un costado con un cartel: “Auriculares a tan solo $50”. Corrí a ellos, le estiré el billete, los conecté al celular, le di reproducir a la canción, y seguí mi paso, motivado.


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