por Patricio Pérez de Andrade (@sandiaconqueso)

Sin una montaña imponente en el patio de tu casa, ¿cómo podés alcanzar ese estado de plenitud tan budista? Dicen que ayudan el sexo, los deportes extremos, correr por un campo de tulipanes o los guisos de la vieja. ¿Qué necesitamos para ser felices?

Una lección tan verosímil como trillada nos enseña que es más feliz quien se concentra más en el momento. Esto incluye las pequeñas cosas de la vida, los paisajes mínimos, las bellezas ocultas. Sartre cuenta en La náusea:

“Por ejemplo, el sábado, a eso de las cuatro de la tarde, en el caminito de tablas del depósito de la estación, una mujercita vestida de celeste corría hacia atrás, riendo, agitando un pañuelo. Al mismo tiempo un negro con un impermeable color crema, zapatos amarillos y sombrero verde doblaba la esquina y silbaba. La mujer tropezó con él, retrocediendo todavía, bajo una linterna suspendida en la valla, que se enciende a la noche.

Estaban, pues, allí, al mismo tiempo, la valla que huele a madera mojada, la linterna, la mujercita rubia en los brazos del negro, bajo un cielo de fuego. De haber sido cuatro o cinco, supongo que hubiéramos notado el choque, todos aquellos colores tiernos, el hermoso abrigo azul que parecía un edredón, el impermeable claro, los vidrios rojos de la linterna; nos hubiéramos reído de la estupefacción que manifestaban esos dos rostros de niños.

Es raro que un hombre solo tenga ganas de reír…”

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La depresión está asociada a vivir constantemente en el pasado, dicen los que angaú saben. En este sentido, está condenado a la miseria eterna quien escribiera borracho a su ex, viera Magic Kids por Youtube o saliera de su casa en toga esperando encontrarse con Sócrates. El pasado es un mundo inaccesible.

Amiguitos: yo soy uno más del prototipo flaco y neurótico que inspiró bocha de pelis que pasan por I-Sat. Estoy acá pero no estoy, ¿se entiende? Siempre pensando en otra cosa: cómo podría ser mejor, qué me falta, qué merezco y a quién decepciono. Así no hay quien viva en paz.

Llegada cierta edad, la identidad de uno se rompe en varios pedacitos y cada cual pecha el carro hacia un punto distinto del horizonte. Un día descubro que quiero ser periodista de chimentos, al día siguiente ingeniero electrónico, más a menudo (pero todavía no con la convicción suficiente) académico de literatura. El open road es la maldición del ser pensante. Uno puede proyectar ser dos o tres cosas, pero no todo. No se puede ser, sencillamente, algo y lo contrario; de pedo se puede ser algo y otra cosa. Al menos como hobby.

Que es una maldición de los veinte, que si no estás confundido no vas por buen camino, son frases que no me sirven como consuelo para quedarme tranquilo tomando mate en las casas. Esto que parece una tragedia personal incomunicable, le pasó a mis madres y a las madres de mis padres.

¿O es un síntoma histórico?

Pensemos en otros tiempos y en otra historia. Imaginate: en la rigidez social de la Edad Media, tu viejo se dedicaba a fabricar sandalias para monjes y vos, indefectiblemente (después de haber sobrevivido a pestes, hambrunas, matanzas o guerras santas) tenías que dedicarte a fabricar sandalias para monjes. El libre albedrío es un extraño lujo de nuestra época que convierte a cada vocación en un abismo en el que uno se arroja, en un gesto tan testarudo como inseguro y sin mandato, tan proclive al claro fracaso como a un éxito que no sabemos cómo se mide.

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Durante mil años tuvimos pocas opciones. La modernidad abrió el panorama de un portazo y hoy tenemos demasiadas. Dicen algunos que cualquiera puede ser mendigo o astronauta si le pone suficiente dedicación, apurándose a aclarar que ser astronauta es un cachito mejor porque requiere más esfuerzo. Hoy hay una jerarquía, y es la jerarquía del mérito: de un mérito individual, del hombre o la mujer sola que en un acto de clarividente rebeldía se alejó del destino familiar de remachar botones en un zapato para perseguir un doctorado en astrofísica en Stanford; toda una vida dedicada a hacer de sí mismo o de sí misma un mito. ¿No suena tan genial como poco confiable?

La realidad suele ser bien otra: el escalafón social ya viene moldeado de antes, y el mundo —la sociedad, sus aperturas, sus oportunidades, sus preferencias, sus prejuicios y sus discriminaciones—

no es lo suficientemente plástico como para poder decir que no hay centro y periferia, que todo es totalmente horizontal y que cualquiera puede ser, efectivamente, cualquier cosa. Verso burdo que todavía mastican como Nestum ciertos necios con mucha boca y pocas luces.

Lo curioso es esto: restringir el rango verdadero de nuestras posibilidades, a nosotros que estamos acá en el culo del mundo y que no vamos a ir a contarle a un CEO en California cómo se prende una compu, lejos de alentarme me angustia. Porque ya no me conformo con deber ser un fabricante de sandalias. Algo en mí se morfó el mito. Se imagina una vida mejor, pero no sabe cuál es, y, en definitiva, no propone ninguna. Dice: todo puede estar mejor de lo que está. Pero el blanco al que apunta es indeterminado, borroso. Trabajo como asno y corro como gamo sin saber a dónde, ni por qué, ni para quién, ni cuánto falta. El mito de la vida mejor persiste: como horizonte del éxito, como gama de posibles, como zanahoria en la frente, pero nunca como certeza ni como final.

¿Nunca se preguntaron por qué es tan universalmente aclamado el texto ese de Galeano, el de la utopía? Yo arriesgo mi respuesta: porque dice que hay que caminar, pero no aclara precisamente a dónde. Hay algo de socialismo en el texto, sí, pero es más un saborcito que un programa. Andá a una asamblea y vas a ver cómo se fractura el quórum como un pedo en una canasta. ¿Socialismo a la rusa? Muy violento. ¿A la china? Muy capitalista. ¿A la cubana? Muy homofóbico. Caminar, sí. El problema es ponernos de acuerdo.

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La efectividad del mito del hijo de artesanos con un doctorado en astrofísica (el cuento mismo de M’hijo el dotor, si vamos al caso) reside en su unívoca linealidad de “vida perfecta y planificable”: dedicate ciega y tozudamente a un objetivo, que seguro va a rendir frutos. Una narrativa de causa-efecto en la que lo único que se necesita, al final, es un gil que labure. Labure por uno mismo, para uno mismo y con vistas al éxito que va a ser siempre “mío”; añadile a esto el condimento de la-familia-como-sostén-de-la-sociedad y obtenés un pater familias derecho y humano, un auténtico proveedor del Pan Sobre La Mesa, ipso facto autorizado al mansplaining. Por suerte hay un feminismo que roe ese arquetipo de a poco y lo va condenando al olvido. Una victoria de las escépticas.

¿Ahora ves mi angustia existencial tan joven, tan I-Sat, tan domingo a la noche? Haber hablado de todo esto es, en parte, un sincero intento por no sentirme tan solo. Ahora bien.

Proponer una solución sería recaer, una vez más, en esa falacia boba, mesiánica, de que hay un malandrín iluminado que se las sabe todas, que va a poner el grito en el cielo por el bien común. Yo no sé cuál es el bien común. No sé qué te sirve a vos, qué te gusta; casi seguro no es lo que a mí me gusta ni me sirve. No tengo motivos para no creerte si me decís que el mito de la meritocracia a vos no te estimuló para ser más trabajador y más dedicado.

La certeza de que yo no tengo la solución —y de que, por ende, nadie la tiene, porque soy joven pero no boludo— es como un salvavidas contra el fascismo, el personalismo, contra creer en un gurú, en un dios o en un líder que va a venir a salvar la jugada. Costumbre frecuente en la historia universal, y que ha demostrado ser siempre una locura colectiva, llevada adelante por un chiflado con carisma y cincuenta millones de ingenuos. El fascismo es esta tendencia que resurge esporádicamente, creo yo, como una respuesta social a todas estas inseguridades, fragilidades y resquebrajaduras que te fui comentando, y que deposita la respuesta en un mono con navaja y la culpa en los más débiles.

No, no tengo una solución. Eso seguro.

Tengo apenas una certeza opaca: y es que ese mito meritócrata, tan lineal, tan claro, tan predecible, hace efectivamente algún daño a alguien. Y si no a todos, al menos al que trabaja como mula catorce horas para honrar el mito mismo, sintiéndose más digno que los filósofos y los haraganes, enriqueciendo de paso al larva de encimita. Destino reservado, qué sorpresa, a una inmensa mayoría sin doctorados en Stanford.

¿Cómo cultivamos el escepticismo? ¿Cómo hacer dudar al prójimo? ¿Cómo nutrir la sana angustia, la que nos hace repensar a dónde estamos yendo?

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Ah, no sé. Creo que la respuesta está más cerca de la pedagogía que del desprecio. Lo que sí reconozco es cierta urgencia por hacer caer el Mito, no negándolo punto por punto, sino confrontándole otros: historias de otros caminos posibles, propuestas no de trabajo individual y que se curta el resto, sino quizás, en algún punto, caminos de colaboración solidaria.

La literatura demostró contar con cierta efectividad para comunicar y reflexionar sobre estos otros caminos posibles. Por eso yo le sigo, digamos, poniendo alguna que otra ficha. Saturar una única narrativa con otras, distintas, diversas (palabra, afortunadamente, tan au goût du jour). Desde el margen, bombardear el Mito.

Sarduy lo dice mejor que yo. A esta multiplicación caótica y subversiva él le pone el nombre de barroco, y en este bellísimo fragmento de Économie propone un camino para el arte.

“Hoy por hoy, ser barroco significa amenazar, parodiar y jugar con la economía burguesa en su centro mismo y en su fundamento: el espacio de los signos, del lenguaje, soporte simbólico de la sociedad y garantía del funcionamiento de la comunicación. Dilapidar el lenguaje en función, únicamente, del placer; y no, como impone el uso cotidiano, de la información. Atentar contra ese buen sentido moralista y natural sobre el cual se funda toda la ideología de la acumulación y del consumo.”

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