por Ignacio Montoya 

Tocate una rola

Hace unos días salí magullado de un debate en Facebook (quién dijo que ya no los hay) sobre el último disco de QOTSA, donde aprendí que la carta formalista, de entre todas las sorderas amplificadoras de la crítica (ya ven qué tan magullado), es la que menos puede entenderse con un debate que no quiera reducir al pop a ser un hijo espezial de la música académica. Cuando llegué a casa, con todo, puse dynamo y “me di cuenta” de que iban a hacer falta varios años y algún que otro trauma impredecible para que me fuera del bando de los sónicos.

Al cabo, no todo arpegio nos hace fugarnos a Bach (quién lo vio venir), aunque sí nos fugue a otros sentidos. Si el formalismo es asociar al oído con el tacto vía creación de nuevas texturas, que desde ahí vayan a darle una vuelta siniestra a la visión (podría haber dicho lisérgica, pero estoy pensando en el rostro desintegrado de Cate Blanchett) el recurso a la autenticidad, en cambio, se apoya directamente en el ojo. Ojo del ídolo, de la capilla, del espejo. Pactemos, entonces, en que las escuelas se cruzan y los sentidos se relevan, porque resulta que 3000 cuerpos se fueron a ver y a escuchar Los Espíritus al Quality. ¿Qué es lo que los hace tan geniales? Aunque tenga, como tantvs, a Spinetta en un hombro y el Indio en el otro, no creo ser del todo tendencioso si no me parece que las letras tengan mucho que ver.

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Dato curioso: entre los miles de corpúsculos estaba Simon Reynolds, el crítico musical mejor vendido del momento, bajando un chori a fuerza de sudor mientras anotaba mentalmente un par de japish para la banda sensación.

Meta chori, meta vino, meta moto

  1. Un primer gesto es separar a Prietto, que mezcla a Los Espíritus, toca sus guitarras más filosas y, además, los temas que canta con su voz pastosa optan por la melodía en vez de la obstinada nota de la crónica blusera. Él quiere olvidar su pasado melancólico y deforme pero nosotros se lo recordamos. Marche entonces un priteado para “Prietto viaja al cosmos con Mariano” y un Campari para The Spirits.

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  1. Claramente el chori que probó Simon no era un chori cualquiera, era EL CHORI ARYENTAIN, un chori ideal, un metachori. Así mismo, Zariello dice que a través de Agua Ardiente EL ROCK ARGENTINO volvió a tener sentido. En consonancia con un Natale fatalista“el rock y la tradición son hegemónicamente rioplatenses. Folklórica no es la música “de una tierra”, sino cualquier música de tierras no centrales”-, Zariello rehabilita las mayúsculas unitarias, como aliviándonos de la árida discusión de los subgéneros. Para la gran ocasión, por suerte, su prosa sobria no intimida. Digo, porque después fui a ver qué opinaba sobre El Mató y me encontré con este pedazo de texto, que me hizo reír bastanete, y luego preguntarme qué hago acá si al fin y al cabo prefiero abeltonear.
  1. Ahí adentro hay una línea que va derecho de “más o menos bien” a Pappo, y dicho eso no nos queda más que tomar el antro espirituoso y poner todos los temas a competir con “el tesoro” a ver cuántos bancan la pulseada. De momento digo Palacio, Mares, Lo echaron del bar, Jesús rima con cruz.

Musas, masas, médiums

Si que el rock vuelva a tener sentido tiene más que ver con Macri que con Los espíritus en sí, podemos citarlo a Fito diciendo, en tiempos de Cristina , que con el arribo del cóctel internet + democracia la función chamánica, mesiánica y liberadora del artista popular se había perdido. Los Espíritus metieron una foto de Santiago Maldonado, lo metieron en una de sus letras, sí, tienen un hitazo sobre la quema de brujas y sí, tantos otros sobre la esquicia de la mirada que va y viene entre un hombre y un culo, entre un hombre y unas tetas, entre un hombre y negro chico, entre nosotros y los mares (¿quién no la canta a esa línea? A mi mododé, ver las cosaas, to do sestaríamos me jor). También son más uniformados y menos frikis que los motorizados (el cantante parece hermano de Vicentico), pero jamás dirían nena. Capaz la política más audaz de Los Espíritus sea esa, cambiar el género de la musa y la dirección de la inspiración: en vez de ellos cantarle a la nena, son los chocarreros los que cantan a través de ellos. Los chocarreros hablan con grandes palabras y no pierden la épica ni aunque señalen el moco del negro chico, cosa distinta de lo que pasa cuando en “monstruo”Prietto viaja al cosmos- el vagón se llena de olor a panchos. Todo esto para decir que la virtud de lo sencillo es antes transparentar que dar peso, y que en las letras de LE me inclino a escuchar, digamos, una pura dicción (urá canés) que potencia el pechaje de la banda, afincado en el diálogo de las guitarras y en una base rítmica que le debe toda su magia al contrapunto omnipresente de las sabro-congas. Saco “noches de verano” y me la llevo a lo más recóndito del baño, para ser bueno haciendo el mal a escondidas.

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Me vi llegando tarde (x2) a todo

¿El segundo tarde es igual al primero? Zariello abre la nota consagratoria con un “llego tarde a Los Espíritus”. Más tarde esa afirmación se conjuga con la de que el disco “es un clásico instantáneo” y “parece haber estado siempre ahí”. Reynolds, que es un crítico modernista (la pulsión de lo nuevo es la dominante en su historiografía del pop), dijo que le recordaban a Santana. Eso es un palo doble. Primero porque remite directamente a la cara de Santana soleando en corazón espinado. Segundo porque, a 10 de septiembre de 2017, el rock de guitarras llameantes se estaría quedando un poco fuera del cuadro de lo cool (recordemos que el caballito de batalla de Reynolds es Ariel Pink). Es fácil elegir entre un inglés desentendido y un marplatense apasionado, pero lo que en realidad me viene a la cabeza es la imagen del cantante de Telescopios en el medio de la multitud, atento al escenario con su típico viso marijuano. No lo vi aplaudir ni una vez, aunque sí movió la cabeza cuando subieron el tempo.

¿Y por casa cómo andamos?

Este es el momento en que le pido disculpas a mi hermano por haber perdido su Dynamo, y donde aclaro que mis invectivas contra el discurso de la autenticidad (adivinen quiénes vinieron arrimando la chata desde el folklore) tenían en mente hacer una pregunta por los Telescopios que fuera en otra dirección. Por otro lado, vaya el fantasma de Cerati+Bloddy Valentine para aplacar la desconfianza basada en la estricta contemporaneidad que tienen con su mayor influencia, los Tame Impala.

https://telescopios.bandcamp.com/track/ciudad-de-tampa

Si con Los Espíritus se está jugando la rehabilitación del rock nacional, y acabamos de descubrir que sus letras no son la gran cosa, podemos volver con la misma exigencia sobre Córdoba y afirmar: en la disputa sónica, hace más de una década (acá una cronología que arranca en los 2000 se debe sólo a la medida de mi vida) que nuestras producciones juegan con la capital un intercambio de gentilezas que sólo desequilibran atavismos paternalistas sin ningún correlato artístico. En cambio, pareciera que la tradición de la palabra todavía se nos escapa. En ese plano, si de algo nos sirve la afirmación de que el rock nacional ha vuelto a tener sentido es para, con el indio y el flaco en los hombros, jugar el juego poético como si, de nuevo, aún en tiempos de selfiestalkeo, la palabra tuviera un poder hechizante. Vayamos al problema, ¿es casualidad que yo vea en el tema que más me gusta (musicalmente) de los Telescopios tal vez el único momento en que su lírica sale de la pesadez de las contraposiciones poptimistas? (léase: llorar es la gimnasia mejor/nadar es la gimnasia peor; oh, sí, que bueno está, cuando me acuerdo que ya me olvidé). Frente a esas líneas, el tándem “tu amor es como un templo que vi cuando viajé/hagamos algo hermoso, no hace falta más, así va bien” donde la letra toma vuelo con la música al tiempo que la atraviesa (pensemos en el riff y la atmósfera que se prepara para explotar después de esa segunda línea), nos recuerdan al sentido transversal del “yo con mi cuerpo te cubriré” de Al Ver Verás, donde el cuerpo-manto se materializa directamente en la orquestación cautivante del mono Fontana.

Reencarnar el primer gran malentendido de la crítica de rock

Probablemente el primer disco de Hijo de la Tormenta sea junto con el Templo la producción de los últimos tiempos que mejor ha combinado oportunidad, proyección y desmadre sonoro. Cuando Pairone pergeñó, hace unas semanas, una nota dirigida por una pregunta que parece anacrónica ¿Qué leen los que cantan?, la hipótesis fantasmagórica vino del bajista y letrista de quienes en Septiembre de 2014 cargaban el ímpetu de volverse el centro de la psicodelia pesada argentina:

“Creo que en Córdoba hay una deuda hacia la literatura, no tomada como una cuestión elevada, pero creo que no se le ha prestado la debida atención. Está siempre el fantasma de Spinetta rondándonos a todos”

https://hijodelatormenta.bandcamp.com/track/alienaci-n-3

Reynolds, un día antes de comerse el chori, dio una conferencia en la que tiró, vía Lester Bangs, la imagen de la crítica como máquina de transvaloración. Así como el gran Lester fue el primero en decir que la bocha era Black Sabbath y que el progresivo era un mal chiste, porque el rock sencillamente no podía madurar (sic Zariello “Rock: tener quince años para siempre, y se acabó la discusión), se supone que la buena crítica se justifica haciendo girar esa rueda transvaloradora (cuerpeando a la que mueve al mundo), descubriendo cada vez, si no ya lo nuevo, lo verdadero, o lo excitante, sí eso que puede llegar a hacer que el juego cobre sentido otra vez. Mañana viene Pablo Schanton y presenta una charla que se llama “Contra el lirocentrismo: por qué una canción es mucho más que una letra”. Ahí estaré para tirar mi hipótesis sobre la necesidad de federar la lírica, de volver sobre la lírica, de recuperar a nuestro favor el malentendido que enardecía los primeros textos de Greil Marcus cuando se ponía a escribir sobre Dylan. Lleven un volaceómetro.

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Matar al fantasma

https://anticasper.bandcamp.com/track/laga-as-en-los-ojos-2

Afinemos, entonces. No creo que se deba asumir que la “voz poética” sea hoy prerrogativa exclusiva del rap. No debemos asumir que la representatividad lírica es prerrogativa del cuarteto. No es que no tengamos cuerpo y fuerza suficiente como para preguntarnos por lo que nos falta en vez de ensalzar lo que tenemos. No es que esta pregunta no deba coexistir con las actas de cómo se sigue moldeando nuestro campo sonoro (pienso en el último disco de los Tomates asesinos, que a un año de su lanzamiento ya hace línea con la folkitrónica guayambientera de ¡meta! by ulular (https://amigosdelalima.bandcamp.com/album/meta), que salió ayercito nomás). No es que no siga siendo del partido de los sónicos. Es que si el rock es tener para siempre quince años yo quiero poder escribir la frase de un vecino en la pared. Vaya entonces la pregunta. ¿Cuántas letras de rock cordobés se bancan una pared, en vez de ser el mero corolario de una pared sonora? En mi lista están:

Todas las de “A la vera lucía”.

Todas las de Armónicus Daltónicus, de los Anticasper.

“En la pecera” de Corazón de Limón.

Algunas líneas de Hijo: “Mira tus manos ahora/ya no te pertenecen”.

Algunas de las baladas de Sicardi, como Ganador, Paseo, Internet y Árboles de navidad.

¿Pongo alguna de Modesto o de los Capes aunque sean en Inglés?

¿Tengo que ponerla aunque suene que da calambre? Vaya “Todos inocentes” de Nicolás Guglielmone.

“Laberinto” de los Tomates Asesinos.

¿Tengo un punto?

¿Esta discusión ya estaba saldada?

Escráchenme toda la pared, chicvs.

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