por Santiago Miranda

“El tiempo no existe y aún nadie lo nota”
—Luca Bocci

No todo tiempo por pasado fue mejor: el legado spinetteano parece haber marcado cual pasaje bíblico a las generaciones que sucedieron a Luis Alberto en la tradición del rock nacional. El segmento de Artaud se ha convertido en un estandarte para los emergentes locales en los años a por seguir, motivador de una suerte de inquietud artística obsesionada con el futuro (mañana es mejor). Pero, con el paso del tiempo, el hecho de tomar una frase de un disco magnificado como clásico y ligado a la vieja usanza del rock argentino para tomar la bandera de la vanguardia y la innovación se ha tornado para algunos en algo casi paradójico,  convirtiéndose en una línea ambivalente en la que chocan tradición y renovación.

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A algunas generaciones esta ambigüedad les resultó conflictiva, caso del Nuevo Rock Argentino en los 90, que renegó del peso de la tradición optando por una novedad despegada de cualquier pasado “nacional”.  Sin embargo, la situación actual es diferente: hoy, la nueva camada musical argentina tiene una actitud reconciliadora con el legado del rock en nuestro país y sus pioneros, en una búsqueda por establecer una identidad y estilo que se reapropien de este legado adecuándolo a la era de las plataformas digitales, repletas de nuevos sonidos. Como hijos de esta era, también resuelven celebrar la convivencia de los diversos formatos de producción y escucha. Son artistas que tienen tanta fascinación por lo analógico como intriga por las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías, que escuchan Artaud tanto en vinilo como en Spotify.

Es en esta línea generacional donde aparece Luca Bocci como un ejemplo paradigmático que retoma la canción de rock argentino para llevarla a nuevos horizontes. El mendocino rescata la esencia de la canción rock-pop argentina, sobre todo la de los 70 y los primeros 80, y explora en las raíces de la música popular y el folklore, pero teniendo a ingenieros del pop moderno como Blood Orange en la cabeza. Bocci también retoma expresiones simbólicas como el verano del amor (“Los que se aman en verano se aman en verdad”) e incluso al propio Spinetta (“mañana todo va estar bien”), las hace propias y las proyecta con un filtro joven y vívido.

Pero más allá de aspectos musicales, lo que hace que Luca sea puente de convergencia entre tradición/renovación se debe más bien a una dimensión conceptual que lo planta en una posición casi estratégica: en el espacio que deja la letra de Cantata de puentes amarillos, entre pasado y futuro, cae su único disco, AHORA. En una actualidad en la que la inserción de las nuevas tecnologías al ámbito social altera incesantemente nuestras percepciones espaciales y temporales, generando un dominio de lo instantáneo, lo simultaneo y lo efímero en nuestra cotidianeidad, que una obra se aferre al presente como lo hace la de Bocci resulta cuanto menos significativo.  Frente a la inquietud que genera la imparable rapidez y movimiento de las cosas, Bocci se detiene en el AHORA, un presente constante en donde el tiempo y sus presiones se funden. ¿Y qué mejor lugar que el presente, espacio de acción y vida, para la renovación? Por eso no es raro que en Bocci los elementos del pasado se unan como materia para la expresión innovadora.

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Entre un pasado almacenado a unos cuantos clics de distancia y una novedad que caduca rápidamente (“no quiero estar pensando en que mañana sólo seré un recuerdo”) Luca Bocci elige el presente. Ahora es mejor.

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