por Santiago Miranda

Una cierta visión sobre las interacciones sociales, aquélla sostenida por Erving Goffman (La presentación de la persona en la vida cotidiana), afirma que las personas interpretamos distintos papeles en nuestra vida para transmitir una determinada imagen de nosotros mismos frente a los demás. Este accionar, consciente o inconsciente, se traduce en una performance, en la que utilizamos diversas “máscaras” de acuerdo a las situaciones que se nos presentan diariamente.

Desde este enfoque, digamos, “dramatúrgico”, se podría pensar entonces que es el actor quien mejor domina esta capacidad camaleónica de los seres humanos.  Justamente, actuar es aparentar, es generar la ilusión de ser alguien que no somos y convencer a los demás de eso. El llamado method acting va aún más allá y considera que la actuación significa sumergirse lo más hondamente posible en un personaje, tanto física como mentalmente e incluso fuera de los escenarios o cuando las cámaras se apagan. Esta escuela, largamente difundida en el mundo de las artes escénicas como sinónimo de “actuación seria” y con referentes paradigmáticos en el cine moderno (Marlon Brando) lleva a que los límites de lo aparente y lo real se diluyan como una ampliación de la ilusión y que inclusive lleguen a entrar en choque.

En este difuso juego de identidades, ¿qué sucede con el “yo”, la identidad real?

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¡Corte!

Esta pregunta es la que atraviesa de principio a fin a Jim & Andy: The Great Beyond, documental que muestra el detrás de escena de la película Man on the Moon en la que Jim Carrey interpreta al fallecido comediante Andy Kaufman. Durante la filmación de esa película, Carrey se vio envuelto en las técnicas de la actuación de método:  no importaba si las cámaras estaban filmando o no, Jim ya no era Jim; pedía que lo llamen Andy, se veía como Andy, hablaba y actuaba como Andy. En el documental, un Carrey más reflexivo habla de una inmersión en el papel tan profunda que inclusive llegó a tener contacto con la hija de Kaufman como si fuera un médium entre ambos. Para el final de la filmación el canadiense quedó descolocado: “¿Quién soy yo? ¿Qué significa ser JIM CARREY?”

Carrey dice haber encontrado respuesta a este dilema existencialista al entender este rol como el pico de un proceso que se había iniciado en los comienzos de su carrera, algo que él describe como el nacimiento de un Hyde interno que aparecía cada vez que se enfrentaba a una audiencia y que le permitía tomar cualquier forma/rol/personaje (¡La máscara!). Esa creación de un yo alternativo, su propio Hyde, fue la que tomó y luego explotó la industria del showbiz. Es la etiqueta JIM CARREY, su condición de celebrity, su estrella marcada sobre el Hollywood Boulevard. Su confusión identitaria no deviene tanto por la vorágine de roles y la profundidad de su labor, sino por darse cuenta de que había constituido un Hyde creado para el éxito y la popularidad: Jim haciendo de Jim. Carrey dice: No es real. Es una historia. Es el avatar y la cadencia que creas para complacer a los otros y que te hace famoso “.

 La fama como alter ego

Quizás el “Hyde” que mejor ilustre este dilema sea el de David Bowie, Ziggy Stardust (atenti al soundtrack de Jim y Andy). Con una gran influencia de las artes teatrales, Bowie creó y encarnó diversos personajes que definieron sus etapas artísticas, siendo el más significativo de todos Ziggy, un alienígena andrógino que en los ’70 llevó a Bowie a ser la estrella de rock definitiva de su era. La constitución de este alter ego como una personalidad alternativa colocó a Bowie en el centro del imaginario de un Londres que veía cómo la libertad sexual y el glam se apoderaban de su juventud.  Pero lo más importante, Ziggy Stardust fue la encarnación de la fama, la consagración de Bowie como una personality “el hombre estrella”-. Sin embargo, sucedió lo inevitable: al igual que Carrey, Ziggy se estaba comiendo a David. Ante la disyuntiva, el músico decidió matar súbitamente a su personaje en escenario.

El suicidio de la Rock’n roll Star.

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Sigo aquí

En 2009 Casey Affleck y Joaquin Phoenix decidieron explorar la fama en un falso documental llamado I’m still here. En él, Phoenix se interpreta a sí mismo, pero a través de una versión alterada, gorda, descuidada y casi autista.  El objetivo era saber qué sucedía cuando se rompía con todo lo que se esperaba de él, de Joaquin Phoenix como actor y personalidad reconocida. El resultado fue una gran conmoción:  Phoenix se mostraba en público con su nueva y extraña personalidad en shows como el de Letterman y todos pensaron que estaba loco. Tras un año de filmación Affleck reveló que todo había sido falso, demostrando cómo realidad y ficción se habían entremezclado. Lo que quedó en claro es que Hollywood es en sí mismo una película.

Desenmascarar: “to be or not to be”

Como dijo el citado Goffman, las personas nos creamos a nosotros mismos frente a los demás. Los actores famosos, por su labor y reconocimiento, son el ejemplo más visible del dominio de esta capacidad. Pero como en una trampa shakesperiana, la identidad real se ve peligrar. “En un punto, cuando te creas a ti mismo para triunfar, tendrás que dejar esa creación irse y probar si te aman u odian por quien eres de verdad.”  Como en su personaje en The Truman Show, Carrey llama a navegar hacia los límites de la ilusión y cruzar la puerta de salida. (Léase: TRU(e)-MAN: verdadero ser)

Casualmente (¿causalmente?) hoy parece ser la época de los destapes. Una ola de denuncias sacude a Hollywood y su mundo fantástico: aquellas celebrities que levantó la industria del entretenimiento durante el siglo pasado, esos objetos de idolatría y adoración, ven peligrar su abrillantado status.  La basura acumulada debajo de suntuosas alfombras rojas parece haber salpicado algunos trajes de etiqueta y vestidos de diseño. Acusaciones de abusos sexuales se replican por doquier y amenazan a la cultura de la fama, el reino de lo aparente y lo ilusorio, que hasta ahora se había sostenido a base de la explotación de la industria y la celebración que nosotros le hemos brindado.

Quizás sea momento de que como público bajemos nuestras estrellas a tierra. Quizás sea el momento de que ellas hagan como Truman. Quizás sea el momento de que se saquen las caretas.

Quizás hasta les quede mejor.

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