Por Alan Porcel (@alguientieneque)

“The test of a first-rate intelligence is the ability

to hold two opposed ideas in mind at the same time

and still retain the ability to function”

Scott Fitzgerald

 

Cambiar no es fácil. Esta máxima de verdulería aplica tanto para las personas cómo para las instituciones. Llevar a cabo modificaciones en nuestro comportamiento, en nuestras opiniones o en la manera en la que realizamos las cosas de manera conjunta, es sumamente complicado. La intuición, tantas veces festejada, se nutre mejor de los primeros instintos que tenemos que de las reflexiones apoyadas en lo fáctico.

Hay otro bastión contra el que podemos arremeter, uno muy defendido por los políticos a la hora de hablar de políticas públicas: el sentido común. Este, no es otra cosa que una construcción social que funciona como la primera respuesta que tenemos ante determinadas situaciones. El sentido común nace del mayor consenso logrado hasta el momento sobre algún tema y es cómodo para nuestra forma de comprender el mundo. Nos cuesta mucho subvertir el status quo de las nociones y representaciones que creemos correctas. Como dice Alejandro Dolina: “El sentido común es amigo del establishment, es lo primero que se le ocurre a uno”. Del sentido común se sirvieron históricamente (y lo siguen haciendo) muchos que defienden opiniones que hoy nos parecen medievales.

Los avances tecnológicos, entendidos como aquellos que han modificado sustancialmente la vida en sociedad durante los últimos 30 años, son un capítulo aparte dentro de este tópico. La reducción de los tiempos y los espacios ha permitido el ingreso de muchas nuevas ideas sobre las formas de vivir y trabajar. Pese a esto, hay una resistencia enorme al ingreso de algunas modalidades que podrían transformar completamente el modo en el que hacemos algunas cosas en la actualidad.

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En un capítulo de Aprendes de Grandes, uno de los podcasts más escuchados de Argentina, Gerry Garbulsky y Santiago Bilinkis charlan sobre las posibilidades que presenta ese futuro que nos llega día a día, particularmente en torno a la educación. Consultado por sus formas de aprender en la adultez, Bilinkis desarrolla una interesante idea:

“Lo más difícil cuando uno es grande no es aprender sino desaprender. Uno cuando es chico tiene el disco rígido vacío y cualquier cosa que agregues no solo entra, sino que casi no conflictúa con nada previo. A medida que pasan los años el disco rígido se llena y empezamos a tener creencias y convicciones, a veces implícitas, de las que ni siquiera nos damos cuenta. Cuando aprendemos algo nuevo, muchas veces entra en conflicto con un montón de cosas que ya traíamos. Y soltar es dificilísimo. Deshacerte de una convicción es mucho más difícil que aprender una convicción nueva”

En la misma charla, Bilinkis trabaja sobre la idea de que los empleados de algunas empresas (aquellas que se animen a experimentar) trabajen 4 días a la semana y puedan estudiar/formarse el día restante. “Hay que poner mucha cabeza en diseñar ese día para que sea sumamente productivo para la persona y para la empresa. El objetivo es que la empresa pueda entender el valor de que su gente esté actualizada, esté entrenada y esté ágil mentalmente”.

Esta idea no está sujeta a los avances tecnológicos recientes pero sí puede verse potenciada por la impresionante disponibilidad de conocimiento que permite internet. Hoy, estudiar en Hardvard o Standford es algo realizable desde el sillón de nuestras casas. Una medida prudente para dejar tranquilos a los fanáticos de la productividad sería exigir resultados en torno a los cursos online que realice el personal de la empresa. Pese a lo interesante que puede sonar la idea, hay una “cultura del trabajo” muy instalada en nuestro país que podría no ver con buenos ojos lo planteado.

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Marcelo Rinesi es un científico de datos freelance y tecnólogo. En un artículo de su blog explica porque la intuición humana está rota y no puede ser arreglada partiendo del concepto de la “heurística de disponibilidad”. Se trata de un mecanismo psicológico que utilizamos para predecir las probabilidades de que algo suceda. También lo podemos definir como un “atajo” que nuestro cerebro toma para llegar a conclusiones a partir de las experiencias vividas y no de los datos disponibles. Como podrán imaginar, hace que muchas veces tomemos decisiones erróneas.

En su artículo, Rinesi hace una comparación entre las decisiones que puede tomar una persona y aquellas que toma una computadora que utiliza machine learning (aprendizaje automatizado). La máquina se valdrá de los datos que nosotros le brindemos para predecir o resolver algo mientras que, como mencionamos arriba, los humanos solemos prestar atención y darle mucha importancia a algunas pocas pero significativas experiencias previas. Llevamos las de perder cuando tengamos que medir las decisiones acertadas.

La combinación entre machine learning y robótica ha dado lugar a muchos proyectos en los últimos años que nos llevan a hablar de algo atemorizante para muchos: la automatización de ciertos trabajos. Las máquinas que pueden realizar el trabajo de las personas ya están entre nosotros, principalmente aquellos trabajos manuales aunque cada vez se amplía más a otros rubros. No es descabellado pensar en el reemplazo de millones de empleados en el mundo por robots que cumplan con tareas automatizadas (de mejor manera, aunque duela decirlo).

Ante la inevitabilidad de que esto suceda, es preciso pensar en una enorme transformación del concepto de trabajo. Entre los investigadores y protagonistas de la inteligencia artificial, mucho se ha escrito sobre el ingreso universal como respuesta a un mundo con cada vez más trabajos realizados por computadoras. No puedo no pensar en el mundo sin abogados de los Simpsons cuando me hablan de personas recibiendo un ingreso básico financiado por el trabajo que realizan máquinas. Luego, vuelvo a la realidad y pienso en lo difícil que puede llegar a ser, en un contexto de capitalismo reinante, la promoción de personas “improductivas” que se aboquen a las tareas que les gustan. Anotemos a la conocida frase “el trabajo dignifica” como otra de mis enemigas en esta cruzada.

Claro que la cruzada contra la intuición no es propia de la tecnología. La ciencia trabaja sobre esta idea desde su génesis misma. El excelente Un libro sobre drogas editado por El Gato y la Caja, ha sido presentado por sus gestores como el inicio de una conversación que busca mostrar qué cosa estamos haciendo realmente mal a pesar de contar con un montón de evidencia científica disponible que lo demuestra. A partir de los aportes realizados por muchos investigadores, el libro da cuenta de los enormes beneficios que podría tener el pensar a las consecuencias del uso de drogas como un problema de salud pública y no de seguridad como en la actualidad. El trabajo realizado da cuenta de muchísimos ejemplos en los que podemos ver como la intuición y el sentido común nos hacen tener concepciones erradas sobre “las drogas”.

Este texto puede parecer demasiado optimista en torno a la posibilidad de los avances tecnológicos pero es parte de un vaivén mental en torno al tema en el que me veo inmerso hace algunos meses. Como quise remarcar, mantener la cabeza abierta a nuevas ideas es muy difícil pero terriblemente enriquecedor, en cualquier área del conocimiento. Los invito a eso, a permitirse ser permeables ante buenos argumentos, evidencia y datos. En este momento, podemos estar perdiéndonos cosas interesantes.


 

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