por Guido Rusconi (@KamaronBombay)

La nostalgia es un veneno peligroso que debería ser erradicado. En una época en la que podemos reencontrarnos con cualquier cosa que nos recuerde a nuestra infancia o adolescencia (tiempos “más simples”) con una búsqueda en Google o YouTube, la nostalgia ha jugado un papel determinante en cómo vemos ciertos aspectos del presente. Es así como el mantra de “todo tiempo pasado fue mejor” puede calar hasta en los consumos culturales más cotidianos como es el de ver dibujos animados, consumo que remite al pasado más remoto (y no tanto) de muchos nacidos a finales de los 80 y principios de los 90.

Es común entonces ver cada tanto publicaciones en distintas redes sociales que establecen comparaciones tendenciosas entre los dibujos “de antes” (es decir, de la década del 90 y principios del 2000) y los “de ahora” (de los últimos 5-10 años). Obviamente estas comparaciones indican una clara superioridad de calidad -sumado al valor agregado de la nostalgia-  que los programas animados de antes tienen, a lo cual mucha gente suscribe en los comentarios. Sin embargo pienso que la realidad muestra exactamente lo opuesto, y pruebas para demostrarlo sobran.

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Una teoría que vengo manejando hace ya un tiempo es que a partir del año 2010 que vivimos en una época dorada de los dibujos animados. Y en este texto justificaré tal declaración solamente refiriéndome a shows televisivos o que se transmiten por plataformas de streaming como Netflix. El cine de animación es otro ámbito que si bien ha tenido altibajos a lo largo de los años, dispone de mucha más antigüedad y constancia que la de la pantalla chica.

Decidí de manera arbitraria poner a Hora de aventura (Adventure Time) como puntapié inicial de esta nueva era de animación en televisión. La serie de Cartoon Network comenzó siendo una fiesta de psicodelia y color, con argumentos algo inconexos y un humor lisérgico y metaficcional. No obstante, ya hacia la temporada 3 en adelante las tramas de los capítulos empezaron a estar más conectadas entre sí, al mismo tiempo que se trataban temáticas más adultas (aunque nunca perdiendo la chispa infantil que la caracteriza).

Este tipo de profundizaciones, tanto en el desarrollo de los personajes como de los argumentos y los tópicos que se abordan, son mucho más frecuentes hoy en día, lo cual constituye la primera ventaja de la animación moderna: la de animarse a expandir el público pre-adolescente y adolescente a uno que incluya a estos dos mencionados, sumando a uno joven-adulto, logrando satisfacer equitativamente a todos ellos. De esta tendencia nacen hijos casi directos de Hora de Aventura como la grandísima Steven Universe (creado por Rebecca Sugar). Esta serie lleva el concepto de continuidad a un nuevo nivel ya que a menudo sus temporadas tratan un solo gran arco argumental que ocupa la mayoría de los episodios.

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Aquellos que crecimos viendo los denominados Cartoon Cartoons estábamos acostumbrados a poder ver cualquier capítulo en cualquier orden y siempre entender qué estaba sucediendo. Con Steven Universe esto no se dan tan sencillamente ya que tiene una premisa que a veces exige el conocimiento de episodios previos. Pero esta no es la única virtud que tiene el show, sino que también despliega una sensibilidad pocas veces vista, con historias bien construidas, personajes complejos, números musicales muy bien compuestos y hasta puede ser analizada desde una perspectiva de estudios de género (los más osados afirman que es una serie feminista).

Otro gran exponente de esta ola de nuevos dibujos animados es Gravity Falls, uno de los pocos ejemplos que no pertenece a Cartoon Network (el gran faro de esta década). La serie de Disney sirve para enseñarnos que se puede crear una historia autoconclusiva que dura “apenas” 40 capítulos y que una vez que terminó, terminó para siempre. Alex Hirsch parió una serie inicialmente destinada a niños con referencias a Los expedientes secretos X, Twin Peaks, el cine de terror de los 80, y demás obras de fantasía y ciencia ficción, elaborando así una mitología tan divertida como intrincada.

Y hablando de series limitadas, una gema que injustamente no se ha visto tanto es Over the garden wall, miniserie de diez capítulos que engloba en un singular sincretismo lo mejor del gótico norteamericano con el estilo igualmente inocente y siniestro de los dibujos de Max Fleischer.

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Así podría estar divagando durante varios párrafos sobre distintos programas, pero para economizar caracteres haré una rápida revisión de otros buenos ejemplos, cada uno especial por alguna razón en particular. En el apartado técnico tenemos a El increíble mundo de Gumball, que lo que carece de trama o profundidad lo compensa -casi exclusivamente- con una animación que mezcla 3D, 2D, animación tradicional a mano, digital y hasta capítulos que rompen la cuarta pared donde se utilizan simples bocetos salidos de algún storyboard. Escandalosos, con mucho humor y cierta ingenuidad nos enseña cómo podemos sobrevivir en medio de una sociedad modernizada que va muy rápido y a veces nos expulsa y nos priva de vincularnos en la realidad urbana. Incluso el realismo de una serie menor como Clarence es destacable, mostrándonos con cierta crudeza (como podía hacerlo Hey Arnold! en sus mejores épocas) la cotidianeidad de los barrios bajos norteamericanos; el inefable white trash desde la perspectiva de un niño que sólo quiere salir a jugar con sus amigos.

Algo destacable que todos estos dibujos animados tienen en común es que han desarrollado una tonalidad en su humor que los aúna espiritualmente, ya que comparten muchos recursos y gags que hacen reír a chicos y grandes por igual. Constantes alusiones a lo absurdo, referencias a la cultura pop e interacciones con el público televidente son algunas de las características de este tipo de humor que hacen que estos no sean simples dibujitos, al menos para algunos grandulones que quizás los apreciamos en demasía.

Un párrafo aparte merece la animación para adultos. No obstante, no me extenderé tanto sobre este inciso ya que mucho se ha escrito al respecto (incluso en este sitio), especialmente acerca de dos series que han cobrado gran popularidad, y merecidamente: Bojack Horseman y Rick and Morty. De estos dos shows no mencionaré más que lo que ya se sabe: la apelación al nihilismo y a la ironía, desplegadas con una solvencia que en los 90 no abundaba (quizás en excepciones como Duckman o The critic), ayudado por la mayor libertad verbal que implica tener un público adulto en mente.

Cercano en calidad a estos dos ejemplos más populares se encuentra la ninguneada Bob’s Burgers, que dispone de capítulos más unitarios sin mucha relación temática entre ellos, pero que sin embargo ha legado en sus últimas temporadas algunos de los guiones más cómicos y provocadores de carcajadas que haya visto. Diálogos repletos de geniales one-liners, con juegos de palabras a menudo incomprensibles para nuestra idiosincracia rioplatense, pero no por eso menos graciosos, son moneda corriente. Es una serie mucho más banal que la depresiva Bojack o la “intelectual” (nótense las comillas) Rick and Morty, pero sin duda merece una oportunidad.

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Luego de realizar este breve paneo por algunos de los mejores ejemplares de la animación de esta década, es necesario hacer algunas aclaraciones. No todo lo que sale actualmente es de calidad garantizada (Tío Grampa, Un show más, casi toda la programación de Adult Swim), pero aún así estos shows nunca carecen de alguna cualidad redentora.

Por otra parte, el hecho de que la serie animada más popular de todos los tiempos (claramente estoy hablando de Los Simpson) haya pasado a un estado de zombie después de su época de gloria en los 90, o las fallidas remakes/reboots de otras como Las chicas superpoderosas, son algunos síntomas de que la nostalgia puede ser peligrosa, ya que por momentos es lo único que mantiene viva a una serie que debería haber terminado hace 15 años, o bien es la que motoriza la re-creación de programas que ya eran grandiosos y no debían ser resurgidos de las cenizas.

Es incierto si la calidad de la animación moderna seguirá en alza, dado que es difícil emular el nivel que se alcanzó en esta era. Lo que sí es seguro es que cada tanto habrá nuevas series que nos comprueben no sólo que todo tiempo pasado no fue necesariamente mejor, sino que lo mejor siempre está por venir.

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