por Federico Santos (@fedesantos)

¿Matarías a alguien? Seguramente estás pensando “¡No! ¿Estás loco?”. Mi instinto también respondería eso. Pero en una situación de vida y muerte es imposible asegurar que no lo haríamos. Reformulo: ¿Alguna vez matarías premeditadamente, no a una, sino a varias personas? Ahí todos coincidimos y negamos categóricamente. Pero entonces, ¿por qué nos interesan tanto estos seres que cometen semejantes actos aberrantes? Trataré de esgrimir una respuesta. O varias.

Los asesinos seriales ya son una realidad en nuestras pantallas desde hace bastante tiempo. Dexter, Hannibal, The Following, The Fall, Death Note, son todos ejemplos de shows con vasta audiencia que nos cuentan historias ficcionales de gente que mata gente. Mindhunter, por su parte, apela a un factor que nos intriga mucho: el psicológico. Mostrándonos casos reales nos confronta directamente con los asesinos y nos plantea varios interrogantes. ¿Los asesinos nacieron así? ¿Les pasó algo que los transformó? ¿Me puede pasar a mí? ¿Puedo ser yo un asesino serial? Si bien el factor psicológico de los asesinos es explorado en la serie, falta algo fundamental: nuestra psicología, aquello que nos lleva a mirar documentales o estar horas frente a artículos sobre asesinos seriales.

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Un primer término que nos es útil para abordar el tema es el de “verstehen” (entender en alemán). Este concepto, difundido por Max Weber, refiere a comprender las acciones del otro desde su punto de vista, buscando sus motivos ulteriores. Intentar entender las razones de los asesinos en lugar de simplemente juzgar para poder observar patrones, defender a los nuestros y asegurarnos que no vamos a ir por ese camino, es lo que nos diferencia a los que consumimos estas historias de los que no. Y es justamente lo que diferenció a Holden Ford y Bill Tench de sus colegas del FBI.

Otro aspecto que explica nuestro interés lo encontramos en uno de nuestros instintos más básicos: el miedo. Los asesinos seriales nos interpelan como lo hacen las películas de terror. Nos gusta creer que somos perseguidos por monstruos, como en las historias que nos contaban de chicos. En esta misma tónica, poder tener un contacto tan cercano con la muerte, ese misterio imposible de alcanzar, y a la vez en un ambiente seguro, donde nosotros no corremos peligro, es un factor de gran magnetismo. Por eso tal vez no podamos apartar la mirada ante un accidente o un desastre natural.

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Cuando analizamos la vida cotidiana de los asesinos seriales, sus fetiches, su modus operandi, creemos estar aprendiendo a defendernos de ellos. Quizás esto sea un motivo por el cual los shows sobre crímenes tienen tanto éxito en el público femenino (CSI y La Ley y El Orden tienen mayoría de audiencia femenina y el 70% de las críticas de Amazon sobre libros de asesinatos son de mujeres, por ejemplo.) Enfrentando al miedo latente, en una especie de terapia de exposición, se intenta calmar la ansiedad y aumentar las chances de supervivencia. Lo cual, generalmente, termina siendo contraproducente al generar mayor ansiedad y paranoia.

Desde una postura más ética, encontramos que estas historias son reaseguradoras de nuestros preceptos sobre el bien y el mal. En un mundo de constante cambios políticos, económicos, sociales y tecnológicos, poder reconocer fácilmente a los buenos y a los malos nos reconforta. Aquí no hay doble moral ni medias tintas, o se está del lado del asesino, o del de las víctimas. Y, como generalmente el asesino es atrapado y castigado, nos satisface ver que el bien triunfa y hay justicia (momentánea) en el mundo.

“El virtuoso se conforma con soñar lo que el perverso realiza en la vida real” Esta frase de Platón, que retoma Freud en “La Interpretación de los sueños”, nos sirve para entrar en un aspecto más polémico: el de la catarsis. Según este punto de vista, los criminales hacen posible que nos adaptemos a las demandas normativas al actuar y ser castigados por nuestros impulsos ocultos. Así, habría un aspecto liberador en la no constricción a la moralidad convencional, con el sentimiento de culpa desapareciendo al ser atrapado el asesino. Emile Durkheim, siguiendo esta línea, esboza que los criminales contribuyen al bienestar de la sociedad porque no solo crean lazos de unión ante la condena al perpetrador, sino que le dan una salida catártica a nuestros instintos primarios. De acuerdo a estas conceptualizaciones, lo que obtendríamos al investigar historias de asesinos seriales es el alivio de saber que no fuimos nosotros quienes perdimos los estribos.

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Una arista diferente pero relacionada nos deposita en otro término alemán: schadenfreude. Tomado por Freud y el psicoanálisis, el concepto representa una satisfacción que obtendríamos ante los problemas y el dolor del otro. En este caso, se traduciría en “Si le tenía que pasar a alguien, al menos no fue a mí”. De este modo, el alivio que conseguiríamos es doble: no fui yo el perpetrador, y tampoco fui yo la víctima.

Mike Boudet, conductor de Sword & Scale (un podcast sobre crimen) argumenta que “todos tenemos un rincón de oscuridad, pero quienes lo aceptan y están cómodos con él son mucho menos proclives de caer en la oscuridad total que aquellos que la ignoran y piensan que el mundo es un lugar maravilloso.” Así que ya sabés, la próxima que te encuentres leyendo o consumiendo productos sobre asesinos seriales, incorpora estrategias para defenderte del que los esquiva, porque puede ser el próximo Charles Manson.

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