Autor: Lucas Berruezo

 

«Y que tus sueños se vuelvan realidad». Esta frase tiene, para mí, una naturaleza ambigua. Potencialmente, significa mucho; concretamente, nada. Para que signifique algo de manera concreta, tendría que cambiarle el tiempo verbal. En vez de pronunciarla en futuro y a modo de deseo, tendría que hacerlo en presente. En ese caso, esta frase, para mí, significaría todo.

«Tus sueños se vuelven realidad». Ésta es la frase que habla de mí y de mi vida. Ésta es la frase que devela lo singular y lo milagroso de mi existencia. Y es que lo sueños, mis sueños, se vuelven realidad, siempre.

Los seres humanos soñamos todas las noches. El cerebro necesita siempre estar en funcionamiento, y así, cuando dormimos, continúa con su jornada diaria de veinticuatro horas. Los sueños, entonces, no son más que los resabios que podemos recordar del funcionamiento nocturno de nuestra mente. Si dejara de funcionar, lo que equivaldría a dejar de soñar, el cerebro moriría. Por eso es inconcebible que alguien no sueñe; a lo sumo puede no recordar sus sueños, pero no soñar es imposible.

Entonces, los seres humanos soñamos todas las noches, sin excepción. Pero nunca soñamos una sola cosa, sino muchas. El problema es que no recordamos todo lo que soñamos (más que problema, en mi caso sería una bendición), sino sólo lo que la mente produce en los momentos previos a despertarnos. Lo que soñamos en lo más profundo de nuestro dormir, eso queda en los espacios oscuros e impenetrables de nuestra mente.

Por una razón que desconozco (y a la que, no obstante, le estoy eternamente agradecido), prácticamente nunca recuerdo mis sueños. Estoy seguro de que sueño todas las noches (no podría ser de otra manera, por las razones que acabo de dar), pero al despertarme, la mayoría de las veces, me encuentro con la mente en blanco. Una vez más, gracias a Dios por eso. Pero hay mañanas en que sí recuerdo lo que soñé, y cuando eso ocurre, ese sueño siempre se vuelve realidad, de una u otra forma, en uno u otro momento. Esto que puede sonar increíble para cualquier persona, para mí es completamente natural y consecuente (tanto como el hecho de saber que en algún momento voy a cagar lo que comí en la cena de ayer). En mi caso, lo extraño sería que un sueño no se volviera, de alguna forma, realidad.

Mi familia no sabe sobre mi «don». De chico intenté decírselo a mis padres varias veces, pero nunca me hicieron caso. Una vez le dije a mi papá que iba a encontrar un billete de $ 5 al pie de un árbol en la estación de Haedo, y que el número de ese billete iba a terminar en 382. Él, riendo, me preguntó en qué árbol, y yo le dije que no importaba, que lo iba a encontrar en el árbol en que se fijara porque eso iba a pasar. Y pasó, sólo que en vez de tratarse de un billete de 5 que terminaba en 382, se trató de uno de 2 que terminaba en 853. Todavía me acuerdo. Y en vez de creerme, mis padres me llevaron a un psicólogo infantil. Hablaron de un Ego desmedido, de «pensamiento mágico» y de «profecías autocumplidas». Me hicieron visitar a una mujer tres veces por semana, la cual nunca me dirigió la palabra, sino que me hizo hacer castillos con cartas de póquer y me dejó jugar al Sega todo el tiempo que quise. Nunca supe para qué servía todo eso, pero sí aprendí que nadie me iba a creer, así que empecé a decir que ya no creía que mis sueños se fueran a cumplir y que, efectivamente, soñaba casi todos los días con cosas que no pasaban en la vida real. Nada más lejano de la verdad, pero en ese momento creí que era lo mejor. E incluso ahora lo sigo creyendo. Es asombroso lo perceptivo que puede ser un chico, ya que en aquel entonces no superaría los ocho años. Ahora, mis padres recuerdan el episodio con una sonrisa, y es por ellos que conozco los distintos diagnósticos que dieron los médicos.

Cuando conocí a C., mi esposa, unos diez años después, estuve a punto de contarle la verdad, pero siempre, por algún motivo u otro, terminaba callando. Algo me decía que era mejor así. De todas maneras, casi nunca recuerdo mis sueños y, cuando lo hago, suelen ser completamente intrascendentes. Hace dos semanas, por ejemplo, soñé que nos iban a cortar la luz desde las diez menos cuarto de la noche hasta la una de la madrugada. Aproveché para comprar velas, que no teníamos en casa, y para desenchufar la computadora y la heladera (quería evitar cualquier probabilidad de que se quemaran por una bajada de tensión). C. me preguntó por qué hacía eso, y le tuve que decir que había bajado la luz. Aunque ella no lo había notado (no lo había hecho porque, por supuesto, no había pasado tal cosa), me creyó y, por su parte, apagó el televisor. Y así, a las diez y cinco, veinte minutos después que en el sueño, la luz se fue.

Otras veces, pero sólo muy de vez en cuando, sueño con cosas extraordinarias. La última que recuerdo fue cuando soñé con una ola gigante y que, al despertar, se había materializado en el tsunami que asoló las costas asiáticas, matando a cientos de miles de personas. Pero gracias a Dios estos sueños suelen ser escasos, al igual que las pesadillas. Y es que, para una persona como yo, el sólo hecho de que exista la posibilidad de tener una pesadilla se convierte en una verdadera pesadilla. Y las he tenido. Muy pocas, pero las he tenido. Y hoy tuve una, acabo de tenerla (son apenas las tres de la madrugada), la peor de todas, y fue ella la que me obligó a escribir esto.

No sé cómo funciona este «don» que tengo. No sé si mis sueños son proféticos (sueño algo que va a ocurrir) o determinantes (porque lo sueño va a ocurrir). Creo que no tiene mucha importancia, ya que fuera una cosa o la otra, lo importante es que el sueño va a ocurrir. Y el hecho de haber soñado lo que soñé, lo que acabo de soñar, me llena de una tristeza atroz.

Paso a contar mi pesadilla: Estaba en una calle amplia, tal vez una avenida, mirando el fluir escaso de gente desde una altura considerable, como si estuviera asomado a un balcón desde un séptimo piso. Entonces vi a C., caminado a paso lento. Se desplazaba como podía, bajo un sol sofocante, aunque su paso, no obstante, era firme. La vi atravesar una bocacalle adornada con dos carteles, uno en cada esquina, que rezaban: «AÑO 2017». De repente (esas son las cosas raras que tienen los sueños y que los míos las comparten con los del resto de las personas) se hizo de noche y la gente desapareció. La calle, la avenida entera, quedó desierta. Por último, sin que yo pudiera ver de dónde, un hombre entró en escena, tomó a C. del brazo y la arrastró hacia sí. Entonces mi visión desciende al ras del suelo para ver cómo ese hombre, al que en ningún momento le puedo ver la cara, la viola, la tortura y, por último, la mata.

Los dedos me tiemblan al escribir estas líneas. Por cada palabra que escribo, tengo que hacer dos o tres intentos. Las teclas se me confunden y no logro dar con ellas. No voy a describir el horror que pasó C. en manos de ese hombre. De sólo pensarlo, el estómago me da un vuelco y siento cómo el vómito me sube a la garganta. Además, no dejo de transpirar frío. No voy a describir lo que ese degenerado le hizo a mi esposa, pero puedo asegurarles que fue espantoso.

Tengo mucha bronca. Por la hora en que me desperté, esta pesadilla tendría que haber quedado sepultada por lo sucesivos sueños que vendrían después. De no haberme despertado, entonces hubiese seguido soñando y sería entonces otro el sueño que recordase, en el caso de recordar alguno. La maldita pesadilla me despertó y por eso puedo recordarla, pero esto no tendría que ser así. No, no tendría que ser así.

No sé si puedo hacer que un sueño no se cumpla. Tal vez sí. Tal vez baste con que C. no salga de casa, pero eso es complicado. Si hubiese podido ver el día en que el sueño ocurría, o el mes, tal vez tendría esperanzas. Pero en los carteles sólo se podía ver «AÑO 2017». Nunca me preocupé por interpretar mis sueños, pero creo que eso significa que puede ocurrir en cualquier momento dentro de este año. Además, el hecho de no ver el nombre de la calle, o que el sueño comience de día para terminar de noche, todo eso me impide determinar el momento y el lugar en que va a ocurrir. Lo único que pude ver con claridad fue la tortura que sufrió C. en manos de ese hijo de puta. Fue terrible, apenas puedo concebir que alguien sea capaz de hacer ese tipo de cosas, y especialmente a alguien como C. No, no voy a decir lo que le hizo porque no se lo va a hacer. No puedo permitirlo. A lo mejor, tomando una decisión abrupta y extrema pueda evitar que C. sufra como sufrió en el sueño. Sé que todos me van a condenar y que nadie va a creer en mis palabras, pero tengo que hacerlo. Por eso dejo esto escrito, para que el que lo lea pueda conocer la historia desde el principio y pueda entenderme. Pero si no hago algo, si C. cae en manos de ese hombre, soy yo el que no se lo va a perdonar nunca. C. ya está muerta. Eso es lo que dice mi sueño. Eso es lo que va a pasar. Yo sólo voy a acelerar las cosas para que todo suceda sin dolor ni sufrimiento.

Desde acá la puedo ver. Está durmiendo de costado, pero con la cabeza y parte del torso hacia arriba (como, por comodidad, duerme últimamente), con una respiración regular. Al lado mío tengo el hacha que usamos para podar el árbol del patio. La fui a buscar antes de empezar a escribir. Es lo más seguro que encontré. Voy a apuntar al cuello y a golpear con todas mis fuerzas. No va a sufrir. En el peor de los casos, si llego a fallar, el hacha se le va a clavar en la cabeza o en el pecho. De cualquier forma, va a morir, sin pasar por lo que pasó en el sueño. No puedo dudar. Tengo que pensar en que ya no tiene futuro, y el hecho de que esté embarazada no cambia en nada eso.


 

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