por Guido Rusconi (@KamaronBombay)

A esta altura del siglo XXI sería una necedad negar que el arte del tatuaje y la puesta en práctica del mismo conforma un fenómeno masivo. Resulta todo un desafío no conocer al menos una persona que no tenga un dibujo o una inscripción impregnada bajo su piel. Pero no sólo la demanda ha aumentado en los últimos 20 años, sino que también la oferta. Muchos artistas que anteriormente se limitaban a despliegues pictóricos más tradicionales se han lanzado a la aventura de utilizar el cuerpo humano como lienzo (me permitiré usar esta ridícula analogía al menos una vez).

Ahora bien, la intención de este texto no es diagramar una genealogía del tatuaje como expresión cultural (dado que su historia en cada país es distinta), sino abordar una temática que siempre me resultó curiosa: la de sus significados. Mejor dicho, qué es lo que lleva al común de la gente a creer que todo tatuaje debe tener un significado cristalino.

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“¿Y qué significa?” es probablemente la pregunta que más haya escuchado en los últimos años. Uno de los cinco tatuajes que tengo (hasta el momento) presenta una serie de símbolos geométricos alineados en el antebrazo izquierdo, y es colorido de una manera que es difícil ignorar cuando se lo contrasta en una piel tan caucásica. Por lo tanto, es común que me encuentre con esta interrogante una y otra vez. Las personas ven una imagen abstracta que no representa nada (aparentemente) y se preguntan qué significado tiene para su portador, o sea yo. A continuación se produce una incómoda situación ya que suelo contestar que ninguno de mis tatuajes tiene realmente un sentido unívoco y que tuvieron más peso ciertos estándares estéticos en la decisión de someterme a esta mutilación socialmente bien vista. Claramente eso no es literalmente lo que respondo sino un a veces insuficiente “me gustó y me lo tatué”.

Esta clase de episodios me llevaron a teorizar sobre dicha costumbre tan enraizada en la sociedad, aquella que nos lleva a darle un significado importante a todo lo que creemos que nos define como personas. Si la ropa que vestimos, las amistades que elegimos, las profesiones que seguimos, las películas que vemos o los libros que leemos nos definen, entonces es de esperar que algo que llevamos en la piel hasta el día de nuestra muerte también lo haga. Ahí está la primera clave del asunto: comúnmente para las personas que tienen varios tatuajes, la determinación que tienen que haber tenido para hacerse el primero de todos debió de ser mucho mayor que para el cuarto o el quinto, donde ya hay una mezcla entre gusto, costumbre y cierto masoquismo. Por lo tanto, la suposición común consiste en que si te vas a hacer un tatuaje (lo cual implica un proceso algo doloroso y cuyo efecto es permanente), más te vale que sea algo de suma importancia para vos.

Si atendemos, sin embargo, a la historia de esta práctica, descubriremos que los tatuajes han significado diferentes cosas según en qué partes del cuerpo estaban o quiénes lo tenían. En el Japón del siglo X a.C. los tatuajes podían llegar a ornamentar incluso los cuerpos de los emperadores, pero por otro lado también servían para “marcar” a delincuentes que de ahí en más tendrían una mancha en forma de gruesas líneas que se trasladaban desde el codo a la muñeca, símbolo del repudio que deberían enfrentar por el resto de sus días. Pero pasó mucho tiempo desde esa era y no debería ser tan descabellada la idea de que hoy en día los tatuajes pueden ser elegidos para adornar los cuerpos por razones más arbitrarias.

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No hace falta ser un experto en semiótica para saber que un pájaro con sus alas plenamente abiertas representa la libertad, que un león representa la fiereza o que un reloj de arena representa el inevitable paso del tiempo, pero estas interpretaciones universales a veces alcanzan un límite. Ese es el punto en el que las explicaciones de los significados empiezan a resultar algo forzadas. En mi caso personal podría dar un sinfín de razones sobre por qué tengo un tatuaje u otro, pero el motivo principal siempre es que son diseños que visualicé en alguna parte de mi cuerpo y que simplemente me convencieron.

Por otro lado, en la búsqueda de una identidad propia la gente suele tatuarse cosas que los haga únicos, que signifique algo tan determinante para sus vidas que nadie más en el mundo lo comparta. Pero, ¿qué tan cierto es esto? ¿Qué tanta unicidad puede darnos algo que miles de otras personas llevan también en la piel? Símbolos de infinito, de Om, estrellas, dientes de león, claves de Sol, claves de Fa, plumas, alas, carpe diem(es), ojos de Orus, peces Koi, huellas, cruces y un sinfín de leyendas leídas hasta el hartazgo son tatuajes que podemos ver por la calle o en el transporte público a diario y que otorgan una falsa sensación de diferenciación de los demás. En el momento en que ya miles de otras personas llevan en la piel una marca igual la expresión personal más pura se convierte en una simple moda. De todas maneras todo el mundo tiene el derecho a tatuarse lo que desee (a excepción de nombres de parejas, desde Nadie es Cool desalentamos fervientemente esta costumbre), pero considerando que el arte del tatuaje a menudo va de la mano con la impulsividad, esta combinación puede llevar a resultados poco alegres.

Volvamos por un momento a la pregunta que plantea este artículo, dónde radica esta obsesión semiótica que atraviesa al mundo del tatuaje. Además de la suma importancia que se le da a aquello que mostramos y que portamos en el cuerpo, una razón posible es cierta tendencia cultural (al menos en Occidente) a querer darle un significado a todo lo que nos rodea. Leemos las letras del Indio Solari, o de Divididos, o de Spinetta y buscamos hasta la metáfora más tirada de los pelos para que cuadre en nuestro universo semántico y darle sentido a esa canción que tanto nos gusta, la cual sin embargo dice cosas como “el wawa de Troilo no quiere arrancar”. Pareciera que no estamos listos para hacerle un lugar a lo azaroso en nuestras vidas y admitir que algunas expresiones artísticas pueden no tener un significado, y que no por eso tienen menor valor estético.

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Si de algo estamos seguros, es que el cuerpo humano es un envase con fecha de expiración y que adornarlo de las maneras más estrafalarias es algo tan bello como necesario. Es gracias a aquellas personas que hace 20 o 30 años (o incluso antes) fueron contra las normas y se presentaron en trabajos, eventos y demás lugares donde no era bien visto estar todo pintarrajeado, que hoy los prejuicios respecto de los tatuajes sean casi nulos. La práctica ha dejado de ser algo marginal reservado para galerías viciadas de humo de cigarrillo y ha pasado a ser algo más democratizado y aceptado como un arte en sí mismo, con exposiciones, competencias y artistas realmente talentosos que realizan las mejores cicatrices que se hayan visto. Aprender a dejar que cada uno haga lo que quiera con su cuerpo es un desafío que toda sociedad debe afrontar y aún más el de aceptar un “porque sí” como respuesta.

 

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