por Ernestina Godoy (@Maritinagodoy )

En algún momento del colegio secundario tuve una profesora de filosofía. Por algún problema de licencias y renuncias, las clases de esa materia comenzaron tarde, aumentado mi expectativa por la persona que iba a iniciarme en algo que me atraía y atemorizaba por igual. El día que ella llegó nos explicó que durante el año leeríamos un libro muy interesante sobre una chica que estudiaba filosofía, “El mundo de Sofía” de J. Gaarder. Me entusiasmó la propuesta, sin saber que sería el primer libro que me serviría para construir con maldad y desprecio perfiles de personas en un futuro.

La metodología (por decirlo de modo elegante) de la profesora consistía en entrar al aula, pedirnos que leyéremos el o los capítulos asignados para ese día e hiciéramos un resumen en la carpeta porque eso entraba en el examen. Luego se sentaba en su escritorio y leía algo de interés personal. Podíamos consultarle cualquier duda, siempre y cuando no nos asustara su gesto de fastidio al ser importunada por alguna pregunta irrelevante para ella. Mi tierno y ñoño sueño de ser instruida con entusiasmo y estudio en la jungla filosófica murió en el primer trimestre. Supe que si quería aprovechar algo tendría leer el libro sola, y a lo sumo buscar información en otro lado.

Con ese antecedente se vuelve esperable que encuentre en el personaje Merlí Bergeron aquello que anhelé en la secundaria: un profesor elocuente, en contacto con los adolescentes y sus problemas, con un conocimiento filosófico que le permite pasearse a sus anchas por conceptos complejos y autores de apellidos difíciles. Merlí sería a mis 16 años el profe que “canta la posta” y que “sabe una bocha”, que no le teme a la autoridad y dice cosas “re copadas”. A lo largo de los episodios de la serie Merlí, me pregunté cómo la habría visto mis ojos adolescentes: chicos de mi edad aprenden a lidiar con problemas más o menos complejos gracias al consejo de un profesor de filosofía, y tienen un primer contacto con autores lejanos en el tiempo y cercanos en sus palabras.

Sin dudas la serie acerca a la masa de espectadores de Netflix algo que parece reducido a una esfera presumiblemente inaccesible y nada redituable en tiempos de severos utilitarismos: la filosofía. La exposición que hace el profesor protagonista de autores renombrados y poco leídos, su carisma y la relevancia vivencial que hace de cada concepto y teoría, ofrece una puerta de entrada más que amable a los neófitos. Así, se vuelve posible que un señor habituado a sus juicios y prejuicios matice las opiniones que enuncia en la fila de un Rapipago, y que una señora desautomatice el “los políticos son todos unos delincuentes y no van a cambiar” para demorar el momento de deliberación antes de entrar al cuarto oscuro. Tampoco resulta una exageración pensar que gracias a la serie algún adolescente pudo haberse conmovido ante una idea, al punto de reclamar a la filosofía como su destino y vocación.

Sin embargo, a pesar de estos méritos, Merlí Bergeron me cae pésimo, y lo siento mucho si mi versión adolescente que habita alguna dimensión temporal me mira con decepción.

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Un recurso habitual para defender personajes de ficción es subrayar precisamente su carácter no real, fruto de la imaginación con algunos detalles verosímiles. Pero en el caso de Merlí ese recurso es inválido. Merlí sí existe, no es la caricatura de un profesor de filosofía de un colegio secundario. Claro que no existe en el sentido biográfico de la palabra, sino ya habría turistas yendo a Barcelona en busca del Instituto Àngel Guimerà. Pero sí existe en el sentido de que puede ser considerado un concepto en sí mismo, que refiere a cientos de profesores y profesoras que disfrutan más con su fachada y título que con el ejercicio del pensar.

Me asalta, no sin sorpresa, una objeción: bueno, che, pero ¿quién puede detentar el derecho de decir lo que un buen profesor de filosofía debe ser? Yo no, claro, pero sí me atrevo a decir lo que considero no debe ser. Por una cuestión gremial (entre mis tareas se incluyen la de dar clases de filosofía) y en consideración de los alumnos, considero que Merlí no es un buen profesor. Por el contrario, encarna una idea romántica de profesor de filosofía que, desafortunadamente, muchos docentes se esfuerzan por reforzar, incluso los que no enseñan filosofía.

Merlí llega al colegio decidido a romper cosas: normas, mandatos, preconceptos, relaciones y, especialmente, a su hijo. Por supuesto que la tarea de la filosofía es, y debe ser, cuestionar lo establecido. Pero ¿cuál es el límite para hacerlo? ¿Cuántas personas tienen que pasarla mal para que Merlí sienta que cumplió una misión en la antesala de su jubilación?

Señor Merlí, yo sé quién es usted. Usted es el que cursó la carrera de filosofía zafando de cuantas instancias pudo. Zafó de los parciales copiando al compañero o seduciendo a una chica que tenía los apuntes al día. Aprobaba los finales con elocuencia sin haber estudiado y desviando la conversación hacia temas absolutamente irrelevantes. Para usted el aula era el bar de la facultad, en el que se acercaba a los profesores para generar simpatía y conseguir un punto más en alguna instancia evaluativa. A usted le gustaba más decir que estudiaba filosofía que hacerlo en cualquier momento del año. Usted iba a las fiestas de bajo presupuesto armado de “El Anticristo” Friedrich Nietzsche y “Diario de un seductor” de Søren Kierkegaard. Tal vez tenga algún conocimiento de filosofía, pero por sobre todas las cosas a usted le sobra pose, Merlí.

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En los dos primeros episodios de la serie se dibujan las dos líneas centrales para ilustrar el garabato que es Merlí Bergeron Calduch. A pocas horas de llegado al colegio que le ofrece un trabajo que tanto necesita, el hijo de una famosa actriz de teatro seduce a una profesora comprometida con otro profesor y se acuesta con ella. Más adelante se conocerán las cobardes estrategias para dejarla, que serán formas diluidas del viejo “no sos vos, soy yo”. Lo que no tiene en cuenta Merlí es que el arcaísmo viene de su parte, que esas estrategias ya no convencen a nadie, y se ve sorprendido por un certero golpe al centro de su orgullo: sus genitales.

El profesor deja a la joven profesora para iniciar un romance con la madre de uno de sus alumnos. Por supuesto que no será la única que vez que pondrá incómodo a alguno de los chicos, ni que involucrará a alguno de ellos en mentiras para cuidarse, o que se acostará con otra progenitora. Como si eso fuera poco, Merlí disfruta el proceso de causar alboroto entre sus colegas y en la institución: es incapaz de aceptar una norma excepto cuando lo favorece. Pero dejando de lado lo que el personaje dice y hace, desde el punto de vista formal hay una marcada idea que sobrevuela la ejecución. La serie hace cortes de edición que inducen al espectador a pensar que la justificación de una conducta infantil y caprichosa tiene argumentos filosóficos. Esto es, se deja inconcluso un dilema o problema y a continuación el espectador se encuentra con un plano americano de Merlí frente al pizarrón explicando algo que –con seguridad– lo coronará vencedor de algún debate imaginario.

Pero, ¿realmente la serie busca justificar la conducta del profesor desde la filosofía?

Juzgar a Merlí –en lo profesional o personal– implica incursionar en la pavorosa jungla de la moral; por eso decir que su actuar es bueno o malo resulta improcedente y hasta irrelevante. Así que es mejor mudar la discusión a otro lado un tanto incierto. ¿Por qué el creador de la serie decidió que Merlí sea profesor de filosofía y no de otra disciplina? ¿Se debe a que la serie podría democratizar un conocimiento a veces demasiado poco seductor? ¿Las sub-tramas de la serie exigen que la filosofía sea el sostén de las historias?

Mi respuesta es que la serie en su totalidad se monta en uno –o varios– de los peores prejuicios que la sociedad tiene de la filosofía: se trata de una disciplina con la suficiente cuota de relativismo que habilita a justificar cualquier cosa. Su amplitud temática y su antigüedad la han colocado en un noble estante dentro las jerarquías humanas, y se ha construido alrededor prejuicios que hoy en día atentan contra ella misma.

Un indicio de este prejuicio es el modo en que se entreteje el contenido teórico con la trama de la historia. Cada episodio de la serie está titulado con el nombre de un filósofo o una escuela de pensamiento. Con el transcurrir de los minutos, se ve al profesor explicar los conceptos principales, en un lenguaje filosófico apropiado y con una profundidad que Wikipedia calificaría con un 10. La mayor parte de cada episodio se conoce un poco más de la vida de cada personaje. Los chicos sufren problemas de la edad: dudas acerca de su futuro, los mandatos familiares, la autoridad de sus padres, los arrebatos amorosos, la sexualidad, la mirada ajena, y todo aquello que fue materia prima de los proyectos televisivos de Cris Morena. Los profesores también tienen lo suyo: problemas en sus matrimonios, con sus hijos, competencia entre colegas, y la enorme dedicación a un trabajo mal pago. Incluso la situación política de España y en especial de Cataluña, el estado de la educación pública y la precarización laboral generalizada también tienen su desarrollo.

Entonces llega Merlí, con sus ojos libidinosos y sus aires de querer inmortalizar sus cejas y arrugas en un busto de mármol. Se encuentra con lo que él más disfruta: un entorno amable y ordenado, listo para ser destruido a garrotazos (decir “martillazos” implicaría darle el gusto de compararlo con su filósofo favorito, Nietzsche, y no pienso hacerlo). A medida que se afianza como profesor de la escuela va recogiendo sus pepitas de oro, que son los comentarios de sus profesores que lo odian por alborotador y lo envidian por conectar con sus alumnos, y la mirada de asombro y admiración que tienen los chicos cuando hace algo no permitido.

El problema radica en que la serie en general, y el personaje Merlí en particular, justifica explícitamente todos los comportamientos desde la imagen del filósofo. No se trata tanto de que la filosofía sea utilizada para justificar cualquier cosa, sino que la imagen de un profesor filósofo, “raro” y “diferente” funciona para enceguecer a su entorno. Lo que hay detrás de sus pantomimas y citas clichés a varios filósofos es un sujeto manipulador y lujurioso, incapaz de contenerse para evitar lastimar a cualquier persona. El señor tiene 60 años y apela a sus canas para decir lo mismo que un niño que quiere satisfacer sus antojos. Es más, en más de una ocasión, sus alumnos actuaron de una forma más madura y sensible ante el daño ajeno.

Por supuesto que mi crítica hacia el personaje no es nueva y hasta fue puesta en boca de otros personajes. Su hijo Bruno, acaso uno de los que más sufre, es el pilar realista de la megalomanía del profesor. Este comportamiento poco loable es, además, envuelto en el amoroso manto del intento por conectar con los alumnos, esos que impiden que lo echen y que recurren en su ayuda para cualquier problema. Sin embargo, esto mismo merece otra objeción.

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El apoyo existencial que Merlí le brinda a sus alumnos es, sin dudas, admirable. Pero vínculo entre consejero y consultante, ¿fue una imposición del profesor o una decisión de cada alumno?

Merlí aparece y se instala como confidente en lugar de abrirse y dejar que los alumnos lo busquen. Al principio fuerza la situación para hacer personal el vínculo, para averiguar datos personales de los alumnos que jueguen a su favor, para conocer al detalle cuándo un padre no está haciendo lo que él considera correcto. Así que Merlí va y sin que ningún alumno se lo pida opina y sentencia desde su pedestal. Con el tiempo los chicos se acostumbrarán a su presencia y recurrirán a él las veces que sea necesario. Cualquier profesor de escuela secundaria sabe que los problemas que atraviesan los alumnos son de una variedad bastante acotada, pero no cualquiera aprovecha la ingenuidad que tienen los chicos al juzgarse para instalar un vínculo que los destine a ser sus guías espirituales. Merlí necesita inmiscuirse en sus vidas porque son los problemas que sabe y puede manejar. Cuando sale de la escuela debe enfrentarse a un mundo adulto que detesta. Así, es más cómodo ayudar a que Joan se rebele contra sus padres, que preocuparse por no mentirle a Gina, su pareja.

La dependencia que tiene el profesor con sus alumnos queda manifiesto cuando llega Silvana, la profesora de historia. Ella es la versión femenina y joven de Merlí: conecta con los alumnos, sus clases son divertidas, y es muy simpática. Esa presencia será, primero, objeto de deseo de Merlí, y luego, cuando ella ya lo haya rechazado, amenazará su vínculo con los alumnos. Después de varios intentos por destruir la imagen de Silvana, Merlí tuvo que soportar –no aceptar– que puede haber más de un profesor copado en una escuela. Este descubrimiento pone en evidencia otro aspecto de la personalidad de Merlí: sólo sabe funcionar a contrapunto. Las “merlineadas” existen y funcionan siempre y cuando haya algo para ser atacado o criticado, lo que convierte a este profesor en un fantasma, algo que existe como residuo de otra cosa y que no tiene mucha sustancia en sí mismo. Merlí no es algo, sino que es la crítica de algo. Por eso Merlí muere cuando sus alumnos egresan, porque no puede subsistir en un mundo de jóvenes emancipados, libres, decididos y sin tutores.

Como resultado, la serie Merlí alimenta una idea perjudicial para la filosofía, esto es, que se la considere a fin de cuentas como un manto de honor para engrandecer cualquier cosa, por dañina que sea. Si el Merlí Bergeron hizo el daño que efectivamente hizo, fue porque su estatuto de profesor de filosofía ofició de “chapa” para mostrar ante cualquiera que cuestionara su opinión. Para colmo de males, todos los personajes confiaron en su juicio, porque si es filósofo debe tener razón.

Una de las tantas cosas que este profesor dice para definirse a sí mismo es que quiere enseñar filosofía para que sus alumnos sean libres, para que sigan su propio camino. Al finalizar la serie, se ve que todos los alumnos son felices a su medida y según sus planes. El desarrollo de las tres temporadas invita a pensar que efectivamente Merlí cumplió su objetivo, aportando lo necesario en la vida de cada uno para que sigan ese camino de felicidad: los viajes de Iván, la salida del closet de Bruno, el trabajo ofrecido a Oscar que le permitió conocer a Oksana y la reivindicación moral de Marc. Sin embargo, me permito dudar de que ése sea el caso. El camino a seguir es el que él les invita a seguir. Esta crítica –puesta en boca de uno de sus alumnos– considero que es lo más lúcido de la serie, pero se pierde cuando el alumno termina encausando su acción según los lineamientos de Merlí. Al final, todos terminan obedeciendo a un profesor que les cayó simpático pero que parece estar muy lejos de responder a la figura de sabio.

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A medida que transcurrieron las clases con aquella profesora de filosofía, crecía en mí un sentimiento cercano a la injusticia. Me negaba a pensar que miles de años de preguntas y posibles respuestas queden reducidos a una novela sobre una chica, que en la mejor expresión del recurso obvio se llamaba Sofía. Haciéndome eco de una canción popularizada por Peggy Lee, me pregunté decepcionada “Is that all there is?”; ¿estudiar filosofía era sólo eso? El propio planteo de la pregunta me obligaba a responder que no, que había mucho más de lo que me estaba perdiendo, tanto que jamás iba a terminar de conocer su extensión y mucho menos agotar aquello por saber.

Así decidí hacer la carrera de filosofía. Durante poco más de un año mi estudio fue motivado por cierto enojo hacia esa profesora, y cuando ese sentimiento se disipó me encontré involucrada de modo irreversible con la filosofía. Ahora, muchos años después, me pregunto si no debería agradecerle su negligencia profesional y, lo que parece más importante, me pregunto si el talento de un profesor radica en sus vacíos o en sus aportes.

Tal vez Merlí Bergeron sea buen profesor al fracasar en sus intentos por serlo, al equivocarse más de una vez y vender transgresiones de colores a unos chicos con buenas intenciones. Tal vez las faltas y errores sean –en la filosofía y en la vida– más importantes que los aciertos. Después de todo, gracias a Merlí me decidí a escribir esto.

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