Por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

 

Bases

Harry Potter es la saga literaria más importante de todos los tiempos. No sólo juvenil, de cualquier clase. Ninguna ha tenido tanto alcance ni ha generado tal cantidad de movimientos como Harry Potter. Es una de las obras que integran ese grupo selecto de elementos que fueron, a la vez, iniciadores y máxima expresión de su género. Y el género de Harry Potter es, precisamente, la saga juvenil (no nos dejemos obnubilar por las escobas y los hechizos). Está de más decir que Los juegos del hambre, Divergente, Crepúsculo y demás sagas que le sucedieron son una simple apropiación de la fórmula del éxito: protagonista adolescente, preferentemente marginal en algún sentido o perteneciente a una minoría (sea por mujer o por pobre o por sufrir bullying), situación adversa, contexto revolucionario, algún tipo de enfrentamiento contra el poder, maniqueísmo pronunciado y hasta exagerado, deus ex machina por todos lados. Pero el éxito de Harry Potter no se basa sólo en ser la primera ni en ser la mejor escrita (a mí gusto, Los juegos del hambre es hasta estilísticamente superior), sino en ser inabarcable.

Creo imposible definir lo que es Harry Potter en un párrafo condescendiente: no es una novela de aventuras, tampoco una distopía autoritaria, tampoco un mix entre realismo y tradición maravillosa, tampoco una novela de enredos; es todo eso. Y la clave está en su extensión: Harry Potter y la Piedra Filosofal se publica en 1997, pero las Reliquias de la Muerte ve la luz en 2007. El primer libro apuntaba a un público cuya edad promedio era de diez años. Para 2007, el lector modelo de Harry Potter 1 ya tenía veinte. Esa década obligó a la autora a cambiar sobre la marcha, a crecer con sus lectores y a hacer crecer a sus protagonistas. No hay un período de tiempo en el que el ser humano/social cambie más que en ese: a los diez años uno es un niño y a los veinte está obligado a ser un adulto, habiendo pasado ya por la interminable adolescencia. Por eso es que Harry Potter empieza siendo una saga de novelas maravillosas y de aventura para niños, y termina como una distopía oscura, apoteosis del joven revolucionario. Gran acierto de una J.K. Rowling que comprendió que el mercado infantil sólo podía garantizarle el éxito si el público se renovaba de libro a libro, pero que ella podía mantener cautivo a ese público originario si, con cada tomo nuevo, corría la edad promedio del lector modelo.

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Aquél que no debe ser nombrado

Ahora bien, una vez que aclaramos por qué estamos hablando de Harry Potter y no de otra cosa, tenemos que empezar el ataque. Porque, está bien, J.K. entendió que su historia, sus personajes y sus ambientes tenían que cambiar mientras los nenes crecían. Pero hizo trampa. Dejó totalmente afuera a uno de los aspectos más importantes de la salida de la infancia: el sexo. El descubrimiento de la propia sexualidad.

En el séptimo libro hay sangre, mutilación, tortura, cinismo, depresión, dolor y muerte de seres queridos. El lector ya está apto para enfrentarlos, para empatizar con los buenos, para entender qué es lo que está leyendo. Todas esas catástrofes complejizan la trama, alejan la narrativa del simple “sujeto busca objeto, es auxiliado por ayudantes, el antagonista se opone” que resumían los primeros dos libros. Pero el sexo brilla por su ausencia.

Hogwarts es un internado mixto, rebosante de adolescentes de once a diecinueve años. Es imposible, subrayo, imposible, que en un colegio con tales características el pico sexual sea un beso debajo de un muérdago a la luz de la luna –cuando Harry ya tenía diecisiete-. Entonces, ¿por qué dejar afuera al sexo? ¿Por qué no explotar las sub-tramas amorosas con ese catalizador del quilombo que es la imposible fidelidad sexual, la provocación y la seducción? Imagínense lo que hubiera sido ese castillo enorme si en cada esquina mal iluminada hubiera una parejita escondida de la autoridad (tanto del colegio como de sus relaciones). Imagínense si Hermione hubiera encontrado a Ron cogiendo con Lavender Brown y no acariciándose como dos nenes. Si Hermione hubiera pasado realmente por el cuerpo de Viktor Krum. Imaginen todos los significados que se hubieran agregado al momento del beso entre la pareja de coprotagonistas si esas cosas hubieran ocurrido.

Ni hablar de la tensión sexual, siempre postergada y sólo sugerida, en ese trío imperfecto de amigos.

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Proletariado de la belleza

Probablemente, si la saga jamás se hubiera filmado, esta nota no existiría. Y no existiría sobre todo porque no sabríamos quién es Emma Watson. Yo hubiera devorado los libros en mi infancia, como los devoré, y hubiera crecido con otras lecturas. Después recordaría con cariño a Harry Potter, y escribiría cosas como: “soy uno de los integrantes de esa generación de escritores wannabe cuya primer lectura prolongada fue la de J.K. Rowling”. Pero las películas se filmaron y en 2001 se proyectó por primera vez al mundo la imagen de una nenita ruluda, cínica y tragalibros.

Muchas veces escuché (y repetí) la idea de que esa piba no puede haber crecido tan bien, no puede haber resultado tan espectacular la elección de casting entre niños de menos de trece años para que, a los veinte, la figura femenina se transformara en una efigie de la elegancia, a la vez Atenea (por su personaje) y Helena (por su belleza). Bueno, ahora creo que no es casualidad que eso haya pasado. Si Emma Watson es hoy la referencia estética femenina de los jóvenes millenial (por encima de Emma Stone y de Emma Roberts y de todas las Emmas que se atrevan a discutirle el cetro) es porque la belleza se trabaja. Primero, en el propio cuerpo. Watson fue una estrella mundial de cine desde que tuvo once años. Ella, la fama, la exposición y, por qué no, la genética colaboraron en crear esa figura y esa presencia. Día tras día, detalle tras detalle. Segundo, en el cuerpo de los espectadores. Estoy convencido de que un adulto que ve la octava película sin haber visto nunca las anteriores no observa diferencia alguna entre Emma Watson y cualquier otra actriz de Hollywood de su edad. La belleza es, por definición, una característica social/corporal más o menos objetiva que se le reconoce sin demasiado alegato. Pero la sublimidad de la belleza, la apoteosis de los rasgos, sólo podemos reconocerla (y otorgarla) quienes crecimos con ella. Como con esa compañera del primario que de cuarto a quinto grado pasó de nena a mujer, los que la veíamos una vez cada año y medio en la pantalla grande reconocíamos inmediatamente el cambio en Watson, pero no en nosotros. Nuestra mirada también había cambiado.

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El tema es que, en esta construcción, Afrodita queda afuera. Hermione es el personaje de la saga del cual más se narran sus relaciones amorosas –más que el protagonista-, por eso resulta absurdo que presente una sexualidad aniñada y puramente contemplativa, como si ésta hubiera quedado encallada en la primera entrega. En el libro, esta imagen es sostenible. Pero en la película vimos el crecimiento físico que se evita en los escritos. Y lo vimos en Emma Watson, por más que Hermione se esmere en querer evadirlo. Mientras, además, lo experimentábamos en nuestros propios cuerpos.

 

Una excusa probable

La respuesta al por qué de la desaparición del sexo en la saga quizás sea muy simple: al ser la primera de su estilo e importancia, estaba testeando los límites. Ni J.K. Rowling ni Warner se iban a jugar a introducir un elemento que pudiera generar polémica en una Ferrari que andaba sola, por su propio peso. De todas formas, como si fueran emanaciones del inconsciente de la industria cultural, hay dos o tres referencias sexuales en las películas, todas teñidas de un humor incómodo o de cierta perversión. En el Cáliz de Fuego, Hermione dice a Harry que “A Viktor (Krum) sólo le interesa lo físico”, ambos se sonríen y ella se apura a aclarar que no está hablando de lo que claramente debería estar hablando. Cuando Ron, en las Reliquias de la muerte, intenta destruir el horrocrux contenido en el relicario, se le aparece una imagen borrosa de Harry y Hermione desnudos en medio de un beso, lo que constituye la única escena semi-sexual de las ocho películas. Y esa imagen es una construcción del propio horrocrux para amedrentar a Ron, un espectro perverso que tiene el objetivo de debilitar a un posible atacante: no es una escena genuina, es la exacerbación de los miedos y enojos de Ron Weasley. El sexo, entonces, sólo como posibilidad escabrosa.

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Todo lleva a una conclusión: el sexo está elidido intencionalmente en Harry Potter. En los libros primero y en las películas después. Es una decisión antes comercial que narrativa –después de todo, mantener una película “apta para todo público” tiene su costo y su recompensa-, una opción que supieron explotar mejor otras sagas como Divergente o Crepúsculo, infinitamente inferiores en complejidad.

Quizás, si no existiera esta versión políticamente correcta del mercado masivo de consumo en lo referido a la obscenidad del sexo entre adolescentes, Harry Potter lo hubiera dicho todo en cuanto a sagas juveniles se refiere. Pero existe, y la autora se vio atrapada entre escribir libros para adolescentes que fueron niños o para niños, en continuo crecimiento, pero siempre niños en el fondo. Con esa decisión dejó abierta la brecha para que se metan los otros (los imitadores, los subversivos, los cómicos, los fanfics, los mediocres).

Esa es la historia de por qué Harry Potter es la saga juvenil más importante de la historia. Pero no la única, ni la última.

 


 

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