por Abril Fernández

Hace unos días se vio a Madonna en un escenario junto a Amy Schumer (comediante norteamericana). No es que Schumer estaba probándose como icono pop, sino al revés: Madonna estaba dando sus primeros pasos como comediante de stand up. ¿La diva quiere ser la próxima Joan Rivers? ¿Acaso busca expandir su imperio metiéndose en el mundo de los clubes de comedia? Aunque hace poco se la vio alquilando una casa en Portugal y comenzando a dirigir el rodaje de una película: ¿puede ser rentable tanto proyecto suelto por el mundo? O a lo mejor el enfoque financiero nos quede chico, y simplemente se trate de un ser muy particular que no termina nunca de explorar sus posibilidades.

La historia de Madonna comienza con (algo así como) una huida de su hogar ubicándose rápidamente junto a otros marginales que buscan su destino. Cuenta que pasa frío y hambre con tal de probar suerte en Nueva York a fines de los años setenta (década dura y bastante alejada de la alegría hippie). Algo había que inventar ahí donde nada lindo parecía poder crecer: Madonna llega con intenciones de ser actriz, pero sus habilidades en la escuela de baile terminan llevándola a la escena musical. Los relatos que ella misma hace de sus comienzos en la ciudad no son muy románticos sino bastante pesados, y sin embargo nada le impide llevar adelante el plan de habitar una ciudad portando la cara, la ocupación y las ideas que se le canten.

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Lo primero que se le ocurre hacer para abrirse paso en la industria es pensar de manera futurista, intentar adelantarse a lo que pueda llegar a suceder. Además, es chiquitita y le gusta mucho bailar. Así que graba un tema usando letra y música de su propia autoría, la distribución, mientras tanto, corre a cargo de… ella, quien toma la acertada decisión de entregarla a los DJs de sus discos favoritas. Everybody, su primer sencillo, toma por asalto las radios y lleva su nombre a los medios. A pesar de haberse probado con un par de conjuntos musicales, decide seguir adelante con su impulso solista y su idea de hacer bailar a todo el mundo dando forma a la época. Había que despedir de a poco a la era disco pero sin dejar de mover el cuerpo, y de repente los ochenta parecen ponerse buenos.

Gracias a su cariño por la expresión corporal y la puesta en escena, Madonna persigue una carrera de lo más surtida en materia audiovisual. Sus conciertos van a entrar, a partir de este momento, en la lista de espectáculos en vivo mejor producidos. Y su “videografía” va a empezar explotando lo irreverente de su personaje, para después convertirla en una especie de lienzo en blanco y dibujar historias encima a su antojo. Madonna es la encargada de todo: son sus temas, sus letras y sus ocurrencias. ¿Qué tiene de malo flashear con un videoclip protagonizado por un negro, ponele, acusado injustamente de asesinato y encarcelado cuando en realidad es un gringo el que comete el delito?

A Pepsi no le gusta esto. En 1989 decide revocarle el contrato y dejar de avalar ese tipo de viajes creativos. Grupos católicos protestan por el uso de imágenes religiosas en su performance y por la sensualidad de sus interpretaciones. Aún con el éxito comercial a cuestas, Madge sigue del lado de los parias. La chiquitita no tiene ninguna intención de dejar de divertirse ni de abandonar una carrera que, como un trencito marchando por su propia vía, cada vez encontraba más personajes con ganas de engancharse en esa manera de mirar directamente al futuro.

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Los ochentas traen ese dejo de rebeldía, de portarse mal a lo punk, pero son pocos los que toman el principio contracultural en serio. Madonna decide avalar toda minoría que se va cruzando y también lleva adelante, junto a otras figuras públicas, la importante tarea de concientizar sobre el HIV en plena era de desinformación. Ante las grotescas reacciones de la prensa chismosa por su interés en el tema y los rumores de que ella misma contrajo la enfermedad que persisten hasta hoy [1], la diva siguió su camino. Su compromiso también dura hasta la actualidad y la lleva regularmente a combatir la emergencia sanitaria que atraviesa Malawi en el continente más severamente golpeado por el virus.

Habría que fijarse cuándos DJs estarían dispuestos a aceptar que sin Madonna la música electrónica nunca hubiera sido lo que es hoy. No es que la diva haya sentado las bases musicales eternas de un género enorme, sino que es de las primeras en apostar íntegramente al sonido tecno sin abandonarlo durante casi treinta años. A ella se deben las primeras controversias sobre los samples y su uso en composiciones originales. Construir toda su carrera sobre los sonidos de las máquinas pero con la seriedad propia de quien conduce una orquesta permanente, afirmar sin miedo sus interpretaciones sobre bases melódicas que la dejan sola con su voz allá en el escenario y dejar siempre abierta la puerta de la experimentación, son algunos de sus humildes aportes a esta cultura musical. Y también, por supuesto, temazos como Deeper and Deeper, Bedtime Story (con la colaboración de Björk) o Nothing Really Matters. Por supuesto que no todos sus arreglos musicales responden a la misma línea: su voz también puede lucirse en baladas como Secret.

A finales de 2016 Madonna recibe un premio Billboard a la Mujer del Año, ceremonia en la que aprovecha para dar un discurso contundente sobre su vida como artista musical femenina. Después de tirar un par de máximas algo budistas (“nada es seguro en esta vida”; “no soy dueña de nada, todo lo que tengo es un regalo de Dios”) comenta, fiel a su estilo, que su musa fue David Bowie. Intentando seguir el ejemplo del artista, Madonna había querido emularlo pero se dio cuenta de que no era lo mismo ser un hombre maquillado que ser una mujer ruda. También nos regala la excelente frase “sé lo que los hombres quieren que seas pero, más importante, sé lo que las mujeres quieren que seas para quedarse tranquilas cuando andes cerca de los hombres”.

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No es casual que los principios de libertad, igualdad y fraternidad que aparecen en cada una de sus obras sean eclipsados por su atuendo, sus gestos o sus atributos físicos [2]. Madonna igual la sigue jugando de independiente, encontrando socios estratégicos aquí y allá y sacándole la lengua a todos los que creen que lo suyo es pura provocación. La palabra que más rodea a su trayectoria es “controversia”. Pero ella aprovecha para iluminarnos otro poquito: “lo más controversial que he hecho es durar tanto”.

 


 

[1]En este artículo de 1991 (http://ew.com/article/1991/12/20/madonnas-aids-stories/) se nota lo simpática que era la prensa del momento para hablar de ella. En cambio este artículo actual (http://theviraldance.com/battling-hiv-get-hiv-treatment/55/) la incluye de manera híper engañosa y clickbaity en una lista de celebridades con HIV. Pero al final, termina diciendo que no hagas caso a los artículos con rumores porque es una reconocida luchadora por la causa. ¿Qué tal?
[2] Las relaciones amorosas de Madonna con otras mujeres (como Ingrid Casares) fueron consideradas por la prensa en general como estrategias de provocación y no como afirmación de su bisexualidad.

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