Por Gonzalo Zanini

 

Por qué las novelas fofas son víctimas del bulliyng

El lector sabe que la lectura de un libro grande exige mucho más tiempo y compromiso que cualquier otro libro de medidas convencionales. No es un romance veraniego en Praga, es un matrimonio de clase media, muchas veces disfuncional.

Más allá de la existencia ininterrumpida que tienen los personajes en el bunker de cada lector, la cantidad de hojas hablan mucho de la cantidad de vida narrada de cada criatura literaria. Cierto número de palabras acumuladas, de tinta y hoja impresa, del volumen del libro, nos delimitan el universo por donde circularán los trastornos mentales y los caprichos desubicados del escritor.

No es que uno vaya a una librería y al ver un libro enorme acomodado en un estante diga ‘ah, seguro que los personajes de esa novela no se mueren nunca, deben llegar a los noventas años más o menos’. En realidad los libros gordos son libros construidos con tanta dedicación y sacrificio como pretenden ser leídos.

 

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Ahora, una impresión que muchos tienen, y que es totalmente aceptable: escribir es un martirio. Querer prolongar esa escritura en muchas páginas dedicadas a un solo libro parece un acto de sadomasoquismo artístico donde el placer no llega nunca a su total plenitud. Además para el lector las Novelas Largas suelen ser las más amenazantes. No porque sean libros-brabucones, sino porque pertenecen a esa estirpe de libros fofos, de esos libros gordos y ñoños que están arrinconados en el aula, sentados con mucha timidez, llamando la atención por el tamaño pero repeliendo todo contacto con la vida social. Muchas veces, como lectores, nos volvemos la clase de ser humano que determina la personalidad de una persona por el físico que da forma a esa persona: y como siempre nos pasa, con los prejuicios nos va mal. Obviamente, con la literatura  pasa lo mismo.

 

Burgueses: el origen

Novelas como La montaña Mágica de Thomas Mann, Los miserables de Victor Hugo o Guerra y paz de Tolstói ya muestran a un público lector con dimensiones corporales ajustadas (sobre todo las traseras) para dedicarse a la lectura de una obra mastodonte. Son los lectores burgueses de siglo XIX los primeros en permitir el origen de las Novelas Largas: sin esta clase social con el tiempo suficiente para dedicarse a la lectura, las Novelas Largas, tal cual las conocemos, habrían tomado mucho más tiempo en aparecer.

 

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Los lectores burgueses no podían mancharse las manos con trabajos manuales, edificando una ciudad o resolviendo la esclavitud en las colonias inglesas, pero sí podían dedicarle muchas horas a la lectura de una novela. Entonces gracias, estimados burgueses, porque su megalomanía y la refinada educación de su clase, de constante necesidad de instruirse acerca de todos los aspectos del universo, hizo que se fundara la Novela Larga.

Aunque tanto en Los miserables como en Grandes esperanzas de Charles Dickens (otro mastodonte), la posibilidad de publicar una Novela Larga por primera vez, así de una, parecía imposible. Era difícil que se configure en el imaginario colectivo de los editores una novela grande, gorda y (casi) interminable, que se presentara tal cual es, con toda sus páginas. Las Novelas Largas se imponían como la imposibilidad de publicación convencional. Hay excepciones como la del editor Maxwell Perkins, que en los años veinte trató con el dilema quita-sueño de todo editor: un escritor amateur de novelas de mil páginas que no tienen desperdicio. Thomas Wolfe era esa pesadilla, y Perkins trabajó bien: Del tiempo y el río fue una novela enorme, pero best sellers.

Aunque estos son casos muy excepcionales de la época.

 

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Volviendo a Los miserables, esta se publicó en 1862, pero en tres etapas: ‘Fantine’ apareció el 3 de abril; ‘Cossette’ el 15 de mayo; y las tres últimas partes, ‘Marius’, ‘El idilio de la calle Plumet’ y ‘La epopeya de la calle Saint-Denis’, el 30 de junio de ese mismo año. En el caso de Grandes esperanzas también se rechazó la idea de una Novela Larga en su primer tirada, aunque la entrega fue más sofisticada y misteriosa. Dickens, siempre pensando en el bolsillo de los demás, hizo una entrega semanal de dos capítulos en la revista All the Year Round, fundada por él mismo. Los capítulos se acumulaban con cada entrega, Dickens se copaba escribiendo y el resultado final fue un libro extremadamente grande. Pero parece que hasta Dickens tuvo que financiar su propia obra monumental. DICKENS, el padre de las novelas actuales más vendidas.

 

Cuando el neoliberalismo y las Novelas Largas no funcionan en la Argentina

El problema es que los libros actúan con normas de lógicas financieras de las más arcaicas. No es que, Oh, Dios, el capitalismo y el mercado se adueñaron de la literatura. No, desde el nacimiento de la literatura que la necesidad de acomodar un texto a las necesidades de un público existe. Más allá de toda moda que sepulte o lleve a la gloria una novela, las lógicas financieras rigen la forma en la que nos enfrentamos a un libro. La ecuación básica, antiquísima, que se mantiene en vilo exitosamente, es la siguiente:

Muchas hojas + Mucho capital invertido = posibilidad de fundir una editorial por aburrir al lector.

Menos hojas + Menos capital invertido = posibilidad de salvar la editorial y mantener el interés del lector.

 

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Hace poco se volvió a publicar La historia, un monstruo de mil páginas engendrado por Martín Caparrós, quizás una de las novelas más largas de la literatura argentina. En La historia Caparrós describe una civilización que nunca existió pero que podría situarse en la Argentina. Y como nunca existió y se puede empezar todo de cero, Caparrós describe la civilización con su religión, sexualidad, gastronomía, literatura, arquitectura, amores, enfermedades, comercio, ritos mortuorios, etc. Con esta novela Caparrós tarda diez años en escribirla y en 1999 la primer tirada es de 1.000 ejemplares. Recién en el 2017 Martincito logra publicar por segunda vez La historia, en una suerte de regalo por parte de Anagrama a Caparrós, ya que justo cumple 60 años. Así que ni siquiera sabemos si fue una publicación realmente necesaria. Acá actúa la lógica financiera literaria: un libro de temática inusual y con tantas páginas no logrará jamás ocupar un rango tan alto de tirada (de diez mil a veinte mil ejemplares).

Con Los Sorias de Alberto Laiseca sucede lo mismo. Hasta podría escribirse una novela aparte con el seguimiento de su publicación. Laiseca, con un único manuscrito de mil trescientas páginas, es rechazado en los tres primeros y decisivos intentos. Aunque logra publicar, para apagar un poco las ansiedad, unos cuantos capítulos en semanarios como El Porteño y la revista V. Los Sorias es una novela bélica, si se quiere, donde tres potencias buscan la supremacía del mundo (Soria, Tecnocracia y la Unión Soviética) y desprenden diferentes mecanismos para la victoria, dando importancia a bombas nucleares y a técnicas sobrenaturales como conjuros, hechizos esotéricos y viajes astrales de los que son capaces los magos y chamanes de cada bando. La novela tardó diez años en escribirse y dieciséis años en publicarse. Recién en 1998, en la editorial española Simurg, se publica Los Sorias, en una tirada de 350 ejemplares (sí, no valió la pena la espera). La novela monumental de Laiseca tendrá solo dos publicaciones. La segunda por la editorial Gárgola, de 1.500 ejemplares. Aun así, el querido Ricardo Piglia, motivando lectores, dice que es la mejor novela de la Argentina después de Los siete locos de Arlt. Y además recibirá adulaciones de Cesar Aira y Rodolfo Fogwill.

 

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Qué envidia, Estados Unidos

Podríamos decir (sonándonos los mocos con pañuelos que están bien alineados en una caja) que los casos argentinos sirven mucho para la ecuación nombrada anteriormente. Dicho sea de paso, la ecuación funciona perfectamente. Muchos editores las siguen manteniendo como principio regulador para la toma de decisiones de la publicación de un libro. Pero, y es un pero muy profundo y tajante, la novela norteamericana parece demostrar lo contrario.

Jonathan Franzen, escritor contemporáneo de Novelas Largas, sostiene que la muerte de la novela se debe al error de los escritores de no volver a los viejos esquemas de Tolstói, Dickens o Balzac. “La única manera de avanzar es retroceder”, dice Franzen, para lograr en sus novelas una serie de extensos engendros dostoievskianos con aires de Charles Dickens donde la única diferencia del autor contemporáneo con aquellos Clásicos con mayúscula es el contenido posmodernista de sus novelas. El resto es igual. La estructura se copia, se la pide prestada a los viejos novelistas del siglo XIX ¿y adivinen qué? No importa cuántas páginas tenga la novela, mil, mil quinientas, porque la estructura robada marca el pulso de la lectura, y es tan fácil de registrar esa estructura que la lectura se vuelve mucho más ágil. Entonces la ecuación anterior se desploma. Franzen, con su tercer novela realmente buena (quizás la única), Las correcciones, logra imprimir millones de copias.

 

 

Hay otro caso, desmitificador de la clásica ecuación de edición. Para esto hay que cruzar el charco. Presentamos al ilegible Ken Follet. Un escritor británico de thriller que saltó a la popularidad por escribir novelas históricas de mil cuatrocientas páginas. Caso único. Generalmente es al revés: las novelas gordas suponen una carrera literaria densa y poco exitosa y los libros de thriller de espionaje y otras porquerías permiten que el autor lleve el pan a la casa. Pero con Follet no, parece ser dueño de una fábrica de celuloide, cada mastodonte como Los pilares de la tierra o La caída de los gigantes, que ocupan temporalmente siglos o decenas de años y una pluralidad de personajes, llevan mil páginas o más, y aun así el tipo logra ser exitoso. No se puede creer. Aunque la estructura, como se darán cuenta, sigue siendo la misma que la de Jonathan Franzen, que a su vez es la misma que la de los Clásicos con mayúscula, y el éxito está prácticamente asegurado.

(¡Ah! La estructura de los novelistas clásicos: personajes + objetivos de los personajes + desenlace de esos objetivos + desarrollo de historias que marean + cumplimiento (o no) de los objetivos planteados al principio)

En estos últimos años, hubo dos casos interesantes (semillero de envidias, obviamente) que muestran a Estados Unidos como una máquina de engendrar Novelas Largas. Más allá de la teoría conocida de Rodrigo Fresan de la Gran Novela Americana o GNA (de la que ustedes pueden acceder por YouTube en una conferencia sobre David Foster Wallace o en notas de la revista Letras Libres), el mercado editorial continua abierto a propuestas parecidas a las de Max Perkins: escritores amateurs con libros enormes de páginas sin desperdicio. Los dos casos son Ciudad en llamas, de Garth Risk Hallberg y Tan poca vida, de Hanya Yanagihara.

 

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Con Ciudad en llamas, Hallberg logra un adelanto de dos millones de dólares, siendo esta su primer gran novela y contando con mil páginas. Por obviedad, se vuelve un best sellers. Ni Víctor Hugo ni León Tolstói contaron con esta oportunidad de reconocimiento literario y financiero. Además la novela es de temática poco usual: la descripción de los saqueos de Nueva York de 1977, excusa para desarrollar un proyecto, como dirá Fresan en su teoría, de querer abarcar la totalidad de lo que es ser un “americano”. Aunque en una reseña de Pagina 12/ dirá Fresan que es una novela que no cumple los rasgos importantes de toda Gran Novela Americana que siempre trata de imponerse como la totalidad descriptiva del espíritu norteamericano y su decadencia.

Fresan dirá que sería erróneo adentrarse a esta novela considerándola “una/otra de las tantas supuestas Grandes Novelas Americanas con que se nos sepulta temporada tras temporada. Lo que sería un error; porque Ciudad en llamas no se trata de Moby Dick ni de El gran Gatsby ni de Lolita. Tampoco es Stoner, El mundo según Garp, American Psycho, La broma infinita, Europa Central, El tiempo de nuestras canciones, Árbol de humo […].” Aclaración, el termino  gran novela americana o Great American Novel es acuñado primero por Henry James, luego por William De Forest y es el adorable Fresan el que lo populariza.

 

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Yanagihara tiene la misma suerte (o valentía). Siendo recién su segunda novela y contando con mil páginas, Tan poca vida se vuelve un best sellers. Las violaciones, el homoerotismo y la violencia explícita parecen hacerse valer con la totalidad de páginas que tiene esta novela. Además fue candidata al Man Booker Prize y al National Book Award y abrió una discusión de por qué no fue el mejor libro del año para el New York Time.

En fin, si un escritor está decidido por medio de la literatura de acabar con la vida social de aburridos lectores, puede hacerlo sin inconvenientes. No está vedada la posibilidad de escribir libros mastodontes en la actualidad. O miren a Mark Leach con Marienbad My Love, considerada la novela más larga del mundo, ganándole a En busca del tiempo perdido. Leach tardó trece años en escribir Marienbad My Love y el resultado fue una Novela Larga de 17 volúmenes, 10.710 páginas y 17,8 millones de palabras. La trama incluye conspiraciones gubernamentales, alienígenas, ciencia ficción clase B, obsesiones amorosas y distorsionadas por la absurdez de un contexto millennials, etc. Aunque Mark Leach estuviera más preocupado por batir el record que por escribir algo interesante, aun así no tuvo mejor idea que subir la novela a la web para que cualquier lector decida arruinar un poco sus amistades y su vida amorosa. Entonces, si hay que escribir, y el cerebro está preparado para sufrir, las condiciones actuales están más que dadas (en EEUU).

 


 

 

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