Autor: Federico Frittelli (@fedefrittelli)

 

— No.

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— Porque me dijeron que no iba a tener ningún problema. Bueno, hasta encontrarme con él, claro. No me entienda mal: yo los hubiera liquidado en un segundo, y ellos ni siquiera me hubieran visto. A esa hora están todos boludeando, siempre. Laburé de custodio cientos de veces antes de… Bueno. Y siempre era así,  de día nunca estábamos alertas. Los que estamos en el ambiente sabemos que es de noche cuando no hay que arriesgarse. Entonces nos concentramos en el horario nocturno. Son turnos de veinticuatro horas, no se puede estar alerta siempre, ¿sabe? Y mucho menos ser completamente funcional de noche si estuviste atento todo el día.

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— En realidad es simple si lo ves a lo largo del tiempo. Primero, los hijos de puta aprovechaban la noche para hacer cualquier cagada. Por la oscuridad, el miedo instintivo de la víctima, etc. ¿Entiende? Entonces los guardias empezaron a cuidarse el doble de noche: ya no era una ventaja para el atacante, de ninguna manera, tener que lidiar con tipos contratados para matarlos. Todo el mundo sabe hoy que lo más sensato es atacar a pleno sol, cuando nadie lo espera. Es bastante tonto si uno lo piensa bien, como si toda la vida te hubieran dicho que había que tenerle miedo a la noche para agarrarte con la guardia baja de día.

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— Sí, perdón. Vuelvo: obviamente y por todo lo que dije recién, decido siempre ir de día. Más o menos al mediodía. Cuando el resto se avive, van a volver a aparecer todos estos hechos de madrugada, ya va a ver. Esa semana yo ya venía medio alteradito de otro trabajo que tuve por la zona.

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— ¿Cómo?

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—Ah, no, una mina.

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—Claro, esa. Se había resistido bastante, un plomo. La tuve que prender fuego para que no se noten mis huellas. Ojalá todos fueran como él, ¿sabe?, ojalá todos te enseñaran algo con su muerte. Resistirse es como mendigar. Te tocó y te tocó, viejo, qué le vas a hacer. Bien, decía que yo ya venía nervioso, con la adrenalina típica del después de que tarda unos días en irse. Pasé caminando por la guardia como si nada. No había nadie. Ni uno. Pero era raro, no como si se estuvieran escondiendo, sino lisa y llanamente como si el hombre estuviera solo en el mundo. Lo único que se escuchaba en todo el barrio era el ladrido de un perro. Un ladrido rítmico, pausado, constante. Parecía un marcapasos, parecía el latido de un corazón. En ese momento recuerdo que me paré en seco, miré al cielo y pensé “no tengo ganas de hacerlo”. Me da mucha gracia pensar ahora justamente en eso: si yo quería, si me dejaba llevar por ese pensamiento, todo este puto quilombazo nunca hubiera pasado. ¿Se da cuenta? Tuve el destino de millones de personas en la mano. Así se debe sentir ser un dictador: era una libertad absoluta. Probé todas las drogas que hay, creamé, y le digo que nunca en mi vida tuve ese nivel de consciencia de todos mis actos y, a la vez, esa liberación suprema. Yo no era yo, yo era una cosa que miraba al cielo como un dios debe mirar a la Tierra. Deliberando.

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—Porque me iban a pagar un fangote de guita terrible. La plata funciona así, anulando todos los otros pensamientos, convirtiendo a la gente en autómatas egofrénicos. En cuanto me acordé lo que iba a cobrar, seguí caminando. El departamento de este flaco estaba bien arriba, no recuerdo bien el piso.

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— ¿Seguro? … Y sí, si lo encontraron ahí sí, obvio. Entonces subí por el ascensor, me bajé en su piso y de vuelta: nadie. Me acuerdo que dije, demasiado alto, “qué hijos de puta”. Ellos eran tan asesinos como yo ¿eh?, no estar ahí era condenarlo al pobre hombre. Y yo le aseguro que a los guardias no les pagaron nada comparado conmigo, o capaz ni siquiera vieron un mango. Yo podré ser terrible malparido pero tengo un precio altísimo y tengo honor. Nunca en la vida abandonaría a alguien a su suerte así.

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— ¡Mentira! ¿Vos te pensás que el tipo les va a pedir que no lo cuiden? ¿Justo el día que, casualmente, yo tenía que matarlo? ¡Dejame de joder! Lo dejaron solo ellos. O cumplieron órdenes de dejarlo solo, lo que es peor. Sigo: me acerqué a la puerta de su departamento

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—Sí, la principal. Golpeé tres veces y esperé. Se acercó a la puerta y dijo que ya abría. Escuché el ruidito de la llave. En el lugar no me di cuenta pero esa fue la última acción verdadera de él, ¿se da cuenta?, todo lo que siguió fue bajo mi… mi “coacción” digamoslé. Abrió como si nada y me miró. No me reconoció. Y sí, no le voy a mentir, vi miedo en su cara. Pero casi como un reflejo, ese instinto que prepara al cuerpo para correr por su vida. Después de eso miró al piso, entendiendo, y me preguntó:

-¿Quién es usted? ¿Qué necesita?

Yo di un paso adentro, le saqué la manija de la mano y cerré la puerta.

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—Sí, mas vale, los guantes siempre. Todavía no le había respondido cuando él volvió a hablar:

-¿Viene a matarme verdad?

Vi tanta resignación junta en esos ojos que no le pude mentir.

-Sí.

-¿Y no hay nada que yo pueda hacer?

Le juro que si hubiera habido algo, se lo decía en ese momento. El tipo me inspiraba una confianza que no había sentido con ninguna víctima. Nunca.

-No –le dije.

-Qué lástima. ¿Cómo va a ser?

-Con el arma que tiene usted acá en su casa.

-Pero no es mía…

-Sí, justamente. Perdón.

-Está bien, ya no importa, creo. Ya no importa. ¿Puedo saber quién te manda?

-¿Y eso importa, ya? – le respondí.

-No, no. Claro.

Caminó hasta un mueble y extrajo del primer cajón una pistola. Aunque la orden estaba en el aire, iba a preguntarle dónde estaba para buscarla yo mismo. No tuve que pedírselo, ni gritar.  Se acercó y me la dio. ¿Entiende? ¿Entiende? El tipo tenía una pistola en la mano y no me apuntó. No me tiró a matar, nada. Obviamente, si lo hubiera intentado hubiera muerto cuatro veces antes de tirar, pero no lo hizo. Se aseguró de que tuviera la pistola en mis manos y me dijo:

-Bien, hagaló. Antes de que se me ocurra defenderme.

Yo estaba sorprendido como nunca en mi vida. Lamenté ese puto momento minutos antes en el que decidí seguir adelante, no perdonarle la vida. Ya estaba demasiado jugado como para arrepentirme. Suspiré y me quedé quieto por unos segundos. Él estaba vestido como cuando uno recién se despierta.

-¿No quiere cambiarse, primero?

-¿Y eso importa, ya? –me respondió.

-No, no. Claro. Sigamé.

Me siguió al baño. Yo tenía ganas de terminar cuanto antes e irme a la mierda, pero el procedimiento es así.

-¿Puedo hacerlo yo? –preguntó.

-¿Quiere matarse usted mismo?

-Si es tan amable.

-Eh… Bueno, tome. –y le devolví el arma.

Usted pensará que lo que le cuento es una locura pero pasó exactamente como le digo. Él tenía el arma de nuevo y esta vez estábamos demasiado cerca como para que yo pudiera reaccionar completamente ante un intento de disparo. Y no es que sentí una fuerza eterna que me movía a confiar en la palabra de ese hombre o alguna boludez del estilo. Simplemente no me importaba, en ese momento, ser yo el hombre que muriera en ese baño. Sabía que uno de los dos iba a morir, y preferí dejarle la decisión a él.

El hombre se miró fijo en el espejo del tocador, puso la pistola en su sien y tiró. Fue un suicidio hermoso. Yo estaba empapado de sangre y partes de su cerebro, pero aun así me tomé un tiempo para guardar ese momento en mi mente. Después, la rutina. Lo acomodé un poco, para que no pareciera un suicidio tan limpio como verdaderamente fue. Me cambié, guardé la ropa sucia, en fin, lo de siempre.

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—No, tampoco. Ni a la entrada ni a la salida. Una zona liberada, como dicen ahora.

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—Nada, volví a mi casa y dormí una siesta larguísima. Me levanté a la madrugada, cagado de hambre. Puse unas milanesas en el horno y prendí la televisión. Puse TN para ver las noticias. El título en rojo, las letras enormes: CONMOCIÓN POR LA MUERTE DE NISMAN. Un ministro hablaba. Decía que tristemente el fiscal se había suicidado unas horas atrás, algo así. Y yo pensé: “Bueno, eso es, por lo menos, bastaaaante apresurado”

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— ¡Ja! ¡No se ría! Era grotesca la situación, como cuando alguien que no estuvo ahí quiere contar una anécdota en la que uno sí estuvo.

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—No, de nada. No hay problema. Cualquier cosa que necesite, me avisa.

 


 

 

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