por Pablo Durio (@PabloDurio)

“Si ser un niño es aprender a vivir, entonces ser adulto es aprender a morir”
Stephen King

 

El verdadero enemigo de Stephen King no es ese Ronald McDonald gótico vestido de dama antigua pelona con iluminación en blanco y negro: el verdadero enemigo de Stephen King son los adultos e It es sólo una prueba más de eso o, mejor todavía, su diatriba más famosa.

(Paréntesis aburridísimo para explicar la trama requerido por los manuales que indican que hay que poner a cualquier lector extraviado al corriente de la situación: en un pueblo llamado Derry (Maine, 1957) un nene llamado George muere en manos de un payaso asesino llamado Pennywise y cuando este suceso es descubierto su hermano tan mayor como tartamudo llamado Bill jura venganza y se junta con su autodenominado Club de los Perdedores para acabar con el mal que, a esta altura ya se nos fue revelado como quien levanta el telón a una obra macabra, no tiene la forma excluyente de payaso maligno sino el aspecto inclusivo de todos nuestros miedos reales y materiales. A pesar de eso los nenes ganan pero la masa amorfa de energía oscura con predilección por las hamburguesas con ketchup y cebolla llamada, a falta de un nombre mejor, It (Eso) vuelve a despertar cuando ellos son adultos y, ups, un juramento de sangre y un amigo memorioso los obliga a volver a Derry (Maine, 1985) para hacerle frente porque -¿ya lo dije?- a It le gusta comerse niños o, para ser más claros, llevarselos a ese más abajo donde -ahá, sisisisí- todos flotamos)

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No es casualidad que la mayoría de los héroes del Rey del Terror sean nenes y que la mayoría de los adultos sean usados como instrumentos del mal, un mal heterogéneo que logra la homogeneización de todos los que al crecer abandonan la inocencia: la adultez es vista como legalización de un sistema de normas estrictas en donde los componentes de discriminación, egoísmo, malentendimiento en términos generales del Otro, pérdida de la fe en lo inmaterial/desconocido, y afirmación de la mayoría, son los únicos factores de una ecuación detrás de cuyo igual hay una sola respuesta: cuando uno crece se queda automática e irremediablemente solo.

(Paréntesis explicativo: hay una imagen muy clara al comienzo del libro en el que se lo ve a Bill derrumbado, toda la familia está destrozada por la muerte del miembro más chico y los padres están llorando. Sucede días después cuando el padre intenta llevarse las cosas del cuarto de George y la madre le grita NO TE ATREVAS A TOCAR SUS COSAS, a lo que Bill cae al piso con las piernas flojas y los ojos llenos de lágrimas porque “su madre parecía tan loca como Elsa Lanchester en La Novia de Frankenstein”. Zack (el padre) lleva todo de vuelta a su lugar y se arrodilla junto a la cama con la cabeza entre los brazos musculosos y peludos. Bill lo ve llorar y eso aumenta su terror porque de pronto se le ocurre una espantosa posibilidad: “quizás, a veces, las cosas no salen mal de una sola vez; quizás, a veces, siguen cada vez peor y peor hasta que todo está completamente arruinado”. Ahí  intenta llamar a su papá (P-p-p-papá…) y lo único que recibe como respuesta es que se vaya, mientras ve la espalda de su padre subir y bajar y ansía tocarla pero no puede, mientras intenta aquietar esas sacudidas desesperadas pero no puede, la imagen máxima de protección y autoridad está destrozada y le pide, entre sollozos, que se vaya. Y la madre llora abajo, en la cocina, con un ruido chillón y desolado. Y es entonces cuando Bill piensa: ¿por qué lloran separados?)

Como contraposición a esto los nenes no son solamente menores sino que además pertenecen a una tribu de proscritos, a ese Club de los Perdedores que les permite vislumbrar el terror porque para ellos nada es imposible, como si ser uno de los excluidos les permitiera ver las normas que obligan a los incluídos a apartarlos: el payaso fomenta el racismo y la muerte de los negros del pueblo y la caza de los homosexuales, la persecución de la diferencia. Y ellos, todos distintos y necesarios en el número de la perfección (7), se unen para destruirlo. Bill es tartamudo, Stan es judío, Ben es gordo, Eddie es hipocondríaco, Beverly es abusada por su padre, Richie usa anteojos y tiene la boca demasiado grande, y Mike es negro: helos ahí, al grupo de amigos más disímiles de la historia, disímiles en sexo, raza, religión y clase social acabando con la fuerza más terrorífica que el mundo haya visto y desde cuyos cimientos se alza todo su pueblo. Esa es otra característica de It: Stephen King no sólo le da un gran valor a la diferencia sino que también se lo da a la amistad, lo que triunfa en contra del miedo (acá viene la cursilería) es el amor, lo que el G7 pone frente a los ojos del payaso es la complicidad y la pertenencia, de lo que el payaso no se puede reír es que frente al mundo de certezas de los más grandes los más chicos sólo tienen un montón de dudas. Y son todas esas cosas las que, a medida que crecen, los personajes van perdiendo en la misma medida en que empiezan a extrañarlas, porque están solos, porque en su vida no volvieron a encontrar algo así, porque todo terminó en un estallido sin dirección concreta ni objetivo que no volvieron a experimentar por más éxito que tuvieron en su vida. Y no es que lo lograron de manera instantánea sino que más bien lo construyeron, con esos gestos ridículamente absurdos que forjan una relación, con esos guiños en cuya determinación se juega una porción del futuro, con esa entrega sin solución de continuidad que tiene como resultado sentirse a salvo, con esa idea de que el mejor amigo es no sólo quien más preguntas te hace sino además quien se queda a ayudarte a buscar las respuestas: resurgieron de todas las peleas y resurgieron, sobre todo, de la pelea contra el sentido común.

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(Paréntesis explicativo número dos: Stan no puede creer que exista algo sobrenatural cercándolos y amenazando sus vidas y todo lo que cree cierto. Sencillamente no puede y, para explicarlo, usa el término de ofensa. Se siente ofendido, sí, se siente ofendido porque sabe que hay cosas que sencillamente atacan el “sentido del orden de cualquier persona cuerda” y, ante eso, Stan prefiere vivir con miedo a aceptar que lo que sucede es cierto. “Se puede vivir con miedo (…) en cambio no se puede vivir con la ofensa porque abre una grieta en tu pensamiento y si miras dentro de ella ves que hay cosas vivas, cosas con ojos amarillos que no parpadean y que huelen muy mal. Y al cabo de un rato acabas por pensar que tal vez haya todo un universo distinto ahí abajo”. Hasta que la realidad le golpea la cara y ya no puede ponerse las manos sobre los ojos y gritar para no ver y, esa es en parte la magia de It, ahí están sus amigos para ayudarlo a hacer frente al miedo)

Sí hay un momento extraño en It, un momento que descubrimos casi al final de libro y que llega a explicar una tensión sexual que se percibe en el ambiente desde la primera página: para vencer a Pennywise en 1957 los seis chicos cogen con Beverly. Así, de una. En una cueva ubicada abajo del pueblo, después de correr por esos desagües gigantes tan made in USA, en medio de la Oscuridad, la única chica los va recibiendo uno a uno y explicando lo que siente por ellos. La escena representa, obviamente, la pérdida de la virginidad como paso a la adultez, un recurso en el que S.K se inclina por la idea del sexo como pecado, como algo que los libera y al mismo tiempo los mancha: deja en claro que las pequeñas competencias eran solo el ritual previo de la conquista de la mujer, reduce las pequeñas gestas a un galanteo torpe por el premio final casi en la misma medida en que muestra que la trama no podía tener otro final, que lo sobrenatural debía encauzarse por medio del cuerpo, que el desenlace debía encontrar un cauce impuro que a pesar de eso no salpicara lo inmaculado del vínculo de amistad.

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Porque en ellos el sexo no es más que un beso de despedida, no es más que la consagración del vacío que sentirán el resto de su vida, como los árboles desnudos bajo el cielo del invierno a la espera de la vuelta de los pájaros que presidan la muerte de la nieve.

Porque después de todo quizás Stephen King tenga razón en esa porción rosa de su estética negra: no hay amigos buenos ni malos, sólo hay amigos, gente nos apoya cuando sufrimos y que nos ayuda a no sentirnos tan solos. “Tal vez no hay amigos buenos ni malos, solo personas con las que uno quiere estar, necesita estar, gente que ha construido su casa en nuestro corazón”. Gente que, de tenerla al lado, conviene correr a agarrarla de la mano y cerrar los ojos para estar seguro y en casa para siempre o, al menos, hasta que hayamos vencido al Ronald McDonald disfrazado de señora gótica dieciochesca y pelona de turno.

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