Autora: Lara Nicolás (@laranicolas_)

 

Las cosas habían comenzado, probablemente, días después de que cumpliera diez años ese enero. No había sido nada fuera de lo común, un escarabajo que había caído a la pileta y luchaba por salir mientras él nadaba. Cuando lo quemó, con un encendedor robado de la cocina y un poco de alcohol, Tomás se dijo a si mismo que de todas maneras el bicho hubiese muerto ahogado.

Era una tarde calurosa, su mamá preparaba jugo de naranja en la casa mientras él jugaba en el patio. La quería locamente, porque aunque no pudiese sospecharlo a su corta edad, ella era su única amiga en el mundo. Tampoco podía sospechar que las cosas eran así, no porque él fuese incapaz de hacer amigos, sino porque lo sobreprotegía demasiado. Tomás pensaba, con una mezcla de ternura y pena, que eso era lo que ella tenía que hacer.

Su mamá jamás le había levantado una mano, jamás lo había retado, y jamás lo había dejado jugar con otros chicos, excepto en el colegio. Para Tomás eso estaba muy bien, porque la quería y ella a él. Sólo se tenían el uno al otro, y por eso debían cuidarse. Era algo que su mamá repetía constantemente, y él no se hubiese atrevido a negarlo.

Nunca había sabido de su padre, y tampoco era algo que le preocupase. Todo estaba perfectamente bien del modo en el que era. O por lo menos lo había estado hasta aquel día del escarabajo, porque aunque no lo comprendió de inmediato, sintió placer al matarlo. Un placer que no había sentido hasta entonces, ni mirando la televisión con su mamá, ni acompañándola a hacer las compras, ni tomando jugos en el quincho mientras ella leía una revista.

Pasaron un par de días sin que lo recordase. Una mañana, cuando esperaba que su mamá terminara de vestirse para ir al centro a comprar mercadería, vio sobre las ramas de un árbol una cría de comadreja. El recuerdo del placer fue como una descarga eléctrica en su cuerpo de un metro cuarenta. Las comadrejas eran malas, lo sabía porque su mamá se lo dijo, pero las crías apenas eran eso, crías.

Se disculpó con ella diciendo que no se sentía bien para acompañarla y la mujer, horrorizada ante la posibilidad de que se enferme, lo mando directo a la cama.

Cuando estuvo seguro de escuchar el motor del auto alejarse por la calle de tierra, salió al patio. Llevaba dos petardos en una mano y un rociador para matar insectos en la otra. Los petardos los había conseguido esa navidad, por sus primos, y los había escondido durante casi un mes. Su mamá, por supuesto, se hubiese puesto como loca si descubría que él jugaba con algo más que estrellitas.

Se acercó al árbol y comenzó a disparar con el insecticida enérgicamente al animal, mientras reía. Cuando se atontó, encendió los petardos lanzándolos a la comadreja que ahora despedía un líquido blanco por la boca.

El placer volvió a inundarlo por completo durante unos segundos haciéndole cosquillas en todo el cuerpo. Recogió los petardos usados y se sentó a mirar televisión hasta que su mamá volvió.

Después del episodio de la comadreja la rutina asesina de Tomás se volvió prácticamente algo de todos los días. Un perro callejero al que golpeó con un palo hasta matarlo. Una gallina que, tras luchar por mucho tiempo, vio su fin cuando él le piso el cuello. Un gorrión al que le quitó la vida de un piedrazo, dejándolo hecho una mancha contra el piso. Un gatito al que estrangulo con sus propias manos, mientras el animal luchaba a arañazos por defenderse.

Al terminar cada asesinato, Tomás se quedaba observando a sus víctimas con los ojos brillosos por un rato. Al aburrirse, caminaba hacia la casa y se sentaba a mirar televisión.

Todos eran animales que encontraba al azar caminando alrededor de la manzana de su casa, territorio que tenía permitido explorar sin que su mamá se preocupase. Excepto la gallina, esa la había encontrado a cinco cuadras de distancia. Fue la única vez que ella lo descubrió.

Había salido al patio para llamarlo a los gritos, pero él no contestó. Asustadísima, salió a buscarlo por la manzana, pero no estaba por ninguna parte. Cuando dio con el paradero de su hijo ya era un manojo de nervios, lágrimas y mocos. Lo vio, de pronto, parado sobre el cuello del animal y comenzó a llorar como enloquecida. Él la miro esperando que se enfurezca por lo que estaba haciendo, pero en lugar de eso lo abrazó con sus brazos regordetes de madre. Tomás comprendió súbitamente que no lloraba porque su hijo sea un asesino, sino porque había sentido el terror de perderlo. Más tarde, mientras cenaban, ella no volvió a mencionar el tema.

Un día, mientras su mamá cocinaba, Tomás había estado intentando inmovilizar a un escarabajo para clavarle un alfiler cuando una certeza que no pertenecía al mundo de los niños y de la que solo pocos adultos no huían lo invadió. Podía matar escarabajos y sentir placer, seguro. Podía matar animales pequeños y sentirlo de la misma manera. Pero ni los escarabajos ni las gallinas huirían de él para correr a contarle a su mamá que su tan adorado hijo era, en realidad, inmensamente cruel. Como mucho se defenderían a mordidas o picotazos, y eso era todo. Una vez que dejaban de respirar, él podía ir a la cocina a tomar el té sin que su mamá notase nada raro. Estaba, de algún modo, siendo obediente. No porque realmente lo fuese, sino porque ella no tenía manera de averiguarlo. Y de pronto, ese enamoramiento idílico que sentía por ella se convirtió en una furia atroz. La decisión de lo que haría el día siguiente se formó en apenas una fracción de segundo.

Esa noche no pudo conciliar el sueño. Su madre, que dormía con un ojo abierto y un oído alerta, lo llevo a dormir en la cama matrimonial junto a ella tras escucharlo sollozar. Lo rodeó con sus grandes brazos y durmieron abrazados, protegiéndose.

A Tomás lo despertó la luz de las diez de la mañana sobre la ventana, su mamá ya no estaba en la cama. Todavía en pijamas, bajo las escaleras en puntitas de pie y riendo entre dientes, como quien está a punto de hacer una travesura. En la planta baja la puerta de vidrio que daba al patio le dejo ver la figura de su mamá sentada de espaldas en la reposera del quincho. A su lado, el agua de la pileta descansaba impasible.

En la casa reinaba un silencio espectral. Camino hacia la cocina cuidándose de no hacer ruido, creía estar seguro de que su mamá tenía oídos en todo el cuerpo, siempre en la espera de tener que correr en auxilio de su hijo.

Una vez que estuvo frente a la mesada que le llegaba a la altura del pecho, abrió el cajón de los cubiertos. Relucían, o eso creyó ver, bañados por los rayos de sol que se colaban dentro de la casa en todas direcciones. Tomó el cuchillo grande, el mismo que su mamá usaba para cortar la carne y a veces las verduras. Sigilosamente lo saco por el mango y pasó el dedo por el filo. Un hilo de sangre le brotó de la yema y tuvo que apurarse a lamerlo antes de que una gota le ensuciase los pies desnudos. Pero no había dudas, el cuchillo estaba afilado.

Cruzó las puertas de vidrio que separaban la quietud de la casa del patio. El quincho estaba a menos de diez metros. A cada paso, flexionaba las rodillas casi teatralmente, como quien juega a ser un espía.

Cuando estuvo a menos de medio metro de ella se detuvo. A pesar de sus esfuerzos, los oídos supersónicos de su mamá lo habían descubierto. Giró un poco el cuello sobre sus hombros y lo miró por un momento con la mirada enternecida, hasta que reparó en el cuchillo que sostenía sobre su mano derecha.

Antes de que pudiese pararse, él tomo el arma con ambas manos y la clavó directo en su abdomen de niño. El impulso lo hizo caer de espaldas y el cuchillo terminó por clavarse en el pasto, atravesándolo por completo.

Tumbado en el piso, mientras la sangre fresca caía a borbotones por la camisa del pijama, escuchó como si viniese desde muy lejos el ruido de la silla al estrellarse contra el pasto, casi al mismo tiempo en que su mamá chillaba de horror.

La primera y última erección de la que sería totalmente consciente en su vida comenzó a crecer bajo sus pantalones. Antes de cerrar los ojos para siempre, sonrió.


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