Por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

Minuto 57 en el Estadio Bicentenario de San Juan. Argentina enfrenta a Honduras en un partido que no le importa a nadie, tanto es así que el estadio no está lleno incluso cuando en cancha está el mejor jugador del planeta. Lionel Messi está tendido en el piso. Oliver Morazán lo ha impactado con la rodilla izquierda en la zona lateral baja de las costillas. Segundos antes Messi ejecutaba un taco majestuoso que dejaba a Lamela sin marca y sin necesidad de control forzoso para iniciar un contraataque. Contraataque que Lionel Messi no podrá ver: no sabrá que Lamela trasladará hasta tres cuartos de cancha rival, abrirá la pelota hacia la derecha para Higuaín que recibirá en el borde externo del área grande e intentará cruzar el pase para un Di María que llegará velocísimo por izquierda. Tampoco verá que el pase será interceptado por un defensor hondureño y que la pelota saldrá por la línea de fondo. Messi ya no estará en cancha para el corner que le corresponde a Argentina.

Messi se toma el costado derecho del torso y se retuerce de dolor por unos segundos: luego se sacude en un lamento final y queda tieso en una posición, quizás la que le duele menos. Se acerca Sergio Romero y le dice algo; Messi ya no está ahí. Ya está lejos de San Juan, ya no entiende qué es Honduras o por qué lleva el número diez en el pantalón. No comprende el ruido que sale de la boca de Romero -tampoco le importa-. Recuesta la cabeza en el pasto. No se inmuta cuando los médicos se acercan para intentar calmar su dolor. Ya está lejos de San Juan.

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Lionel Messi cierra los ojos y piensa en la maquinaria bestial de engranajes precisos que accionaron día tras día para que él sea Lionel Messi, para que miles de personas hayan utilizado una parte de la paga que reciben por su trabajo para comprar una entrada para verlo jugar al fútbol, en una ciudad que está a cientos de kilómetros de su ciudad natal y a miles de kilómetros de donde juega, semana tras semana, para un equipo de otro país. Que es de alguna manera el centro de ese complejo sistema de interrelaciones, que de él dependen gran parte de las acciones de los demás. Que le ha sucedido tener talento, y le ha sucedido poder practicarlo y le seguirá sucediendo ser el máximo representante del deporte más popular del mundo hasta que él decida o su cuerpo decida por él u otros decidan por su cuerpo. Que en realidad, si uno mira bien, él no es el centro de nada, el talento es sólo el reverso de la falta de talento, él depende tanto de jugadores sin talento, como Oliver Morazán, como el fútbol mundial depende de él. Que sin esos proletarios del deporte, sin los salvajes que carecen de todo sentido estético o cinético, él, Lionel Messi, no sería Lionel Messi; porque sólo puede definirse por diferencia como el mejor jugador del mundo: es lo que todo el resto de los futbolistas de la Tierra no son.

O quizás piensa en otra cosa. Piensa en la Copa América 2015 o en el Mundial 2014. En lo ridículo de los nacionalismos deportivos del siglo XXI que construyen un pasado pedagógico para una proyección futura y un actualización presente de la identidad nacional (Argentina tiene los mejores jugadores del planeta, ergo, debe aspirar a ganar todos los torneos que juega). En que su identidad es por lo menos conflictiva: pasó su infancia en Rosario y su adolescencia en Barcelona. En que en todo caso la identidad –también la identidad nacional- es un proceso nunca cerrado y siempre en ejecución: una infinita identificación con discursos siempre variantes y sólo unidos por una aparente unidad territorial, lingüística e histórica. En que tal unidad es aparente porque está construida para invisibilizar miles de procesos de dominación ad intra de la propia identidad (nacional o no); es igual de argentino un rico que un pobre, un hombre que una mujer, un fueguino que un jujeño que un porteño. En que él, Lionel Messi, es el instrumento fundamental que tiene la ideología de la unidad nacional y nacionalista en el 2016: en él se descargan las tensiones, las expectativas, las frustraciones, las glorias, los fracasos del grueso de una población que se piensa (y es pensada) como una masa homogénea de expresión popular espontánea.

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O puede que no piense en eso, que en su lugar piense en la importancia del olvido en la conformación de la propia memoria para poder superar, de una vez y para siempre, los traumas enfermos de las innumerables pseudotragedias que componen “la argentinidad” y, específicamente, “la argentindad” detrás de él mismo, Lionel Messi, que pareciera ser una cronología del fracaso o una sucesión de ahogos a metros de la orilla o una fobia a la felicidad del éxito. Con la cabeza apoyada sobre el frío pasto sanjuanino piensa, contra Borges, que si algo hay es el olvido, ocupando todo el espacio de lo que ya-no-es, y que la memoria aparece para recuperar momentos más o menos selectivos de esa masa informe de nada, ese montón de escombros y ruinas que da forma a todo lo que queda fuera de la historia. Que la memoria es tanto recuperación como utilización, que en su propio país la memoria siempre se ha utilizado en su contra: Maradona triunfó donde él siempre casi triunfó, es decir, fracasó. Que si se hiciera un buen uso de la memoria, si se la utilizara como ejemplo y no como instrumento de autotortura –ejercida mediante la búsqueda de culpables, el recuerdo de los momentos traumáticos como únicos en su especie, la repetición eterna de las prácticas que bloquean el recuerdo en vez de asimilarlo- la selección argentina quizás sí sería la mejor del mundo. Que el olvido es la única condición de posibilidad para la memoria futura: recordemos el 0 a 3 ante Brasil en Venezuela, la furia alemana en Sudáfrica, el penal errado de Tevez en Santa Fé, a Götze y al penal picado de Alexis Sánchez; recordemos nuestros fracasos en tanto y en cuanto nos permitan accionar el presente con mejor información. Que caer en la melancolía de esperar el triunfo que redima todos los fracasos es negarle al olvido su propia capacidad redentora. Que, como Funes el memorioso, no podría imaginar una tortura superior a la memoria lúcida de cada uno de los recuerdos de su pasado: cada gota de transpiración de los alemanes que vio caer sobre el césped del Maracaná mientras festejaban el gol de la ignominia y la humillación.

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O es posible que Lionel Messi piense en el futuro inmediato. En que dos días después deberá viajar a España para declarar por fraude impositivo. En los universos sofocantes, repetitivos y absurdos que supo dibujar en sus novelas y cuentos Franz Kafka; en que se siente parte de uno de ellos. En que desde 2007 a 2009 firmó papeles por millones de euros a una edad en que la mayoría de los seres humanos sólo firman parciales (si es que necesitan firmar algo en absoluto). En que lo condena una masa de ilegalidades que seguramente ha cometido y de las cuales no tenía ningún conocimiento. En que eso sólo empeora las cosas: ¿cuánta gente vivirá de lo que él produce sin que siquiera pueda imaginarlo? ¿Cuántos negocios, sucios y limpios, habrá interrumpido Oliver Morazán con su rodillazo a las costillas de Lionel Messi? ¿Cuánto contribuirá Messi para que el mundo sea todo lo injusto que es, para que el capitalismo se reproduzca interminablemente en torno al fanatismo por figuras como él? En que, si él fuera una persona normal, si él fuera Oliver Morazán, no sentiría la bronca, indignación e impotencia que siente por haber confiado a ciegas en su padre, quien a su vez confió a ciegas en un contador, quien a su vez, etcétera. En que Franz Kafka murió a los cuarenta años de edad a manos de la tuberculosis. En que, antes de morir, Kafka le hizo prometer a Max Brod que quemaría toda su obra no publicada. En que Max Brod no cumplió la promesa. En que hoy existe la obra literaria de Kafka -ese testimonio latente de la ridiculez y opresión de las sociedades burocráticas nunca superado desde entonces- sólo a consecuencia de la traición de Max Brod al deseo del genio moribundo. En que él, Lionel Messi, jamás podrá ser Franz Kafka ni tendrá nunca un amigo traidor/albacea como Max Brod: toda su obra estará por siempre desplegada frente al ojo omnipresente de la mass-media internacional, almacenada en los hangares interminables de la Internet, pronosticada hasta el detalle por la especulación financiera. En que ni su pasado ni su presente ni su futuro le pertenecen, y que a cambio le han otorgado el privilegio de ser Lionel Messi, el mejor jugador del planeta. En que Kafka, de haber estado vivo en 2016, quizás escribiría su historia.

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O piensa que, en la tribuna o mirando el partido por televisión, habrá miles de niños y jóvenes y adultos y ancianos que quisieran ser Lionel Messi. Que él nunca tuvo que hacer nada para serlo, que siempre-ya fue Lionel Messi, que todo el tiempo lo que él es lo interpela para que lleve a cabo las prácticas que ratifican que lo es. Que los seres humanos habremos de ser lo que hagamos con aquello que hicieron de nosotros. Que, entonces, el Yo no puede ser otra cosa que la síntesis de la dialéctica infinita entre los discursos de la identidad que nos sujetan, que nos reclaman honrarlos con acciones que signifiquen nuestra pertenencia a la identidad (cantá el himno, pecho frío), que nos reclaman que seamos predecibles; y la libertad absoluta de la consciencia del ser-en-el-mundo, las prácticas del hombre para dejar de ser lo que se supone que tiene que ser, la imprevisibilidad implícita en la contingencia de nuestra existencia, en lo arbitrario de estar vivo. Piensa que no los culpa por querer ser Lionel Messi pero que nadie debería culparlo a él, en ese momento de dolor inconmensurable sobre la hierba del Estadio Bicentenario, por querer dejar de serlo por un rato. Que, como dijo Herzog, he who jumps into the void owes no explanation to those who stand and watch, pero aquellos que se quedan mirando tampoco le deben ninguna admiración.

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O, bueno, no. Quizás Lionel Messi sólo piensa en que está cansado. En que quisiera estar con Thiago y Mateo, sus hijos, y Antonella, su pareja. En que el golpe fue en el costado pero le duele todo el torso y la espalda. En que ojalá el dolor no sea más que un golpe. En que, si se fisuró una costilla, lo acusarán de negligente por haber jugado ese partido contra Honduras en San Juan, que a nadie le importaba. En que tendrán razón. En que el dolor es lo único que está más allá del lenguaje, un paso más cerca del horizonte siempre inalcanzable de Lo Real.

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Lionel Messi se para con dificultad y camina hacia la línea lateral acompañado por los médicos de la selección argentina. Intenta girar el tronco superior del cuerpo: le duele demasiado. En su cara, incluso a través de la televisión, pueden verse la molestia y la frustración. Decide que no volverá a entrar. Sale de la cancha y se mete en los vestuarios, donde ya no podemos verlo.

Las cámaras, por alguna paradoja, no reconocen que el espectáculo ha abandonado el campo de juego. En vez de seguir al genio por los túneles del estadio para narrarnos su dolor, deciden dejarnos con los treinta minutos que restan en San Juan (minutos que serán la parodia, el espectro, la agonía, la desidia, el vacío, la sátira o el fantasma de un partido de fútbol).

P.D.: Hoy es 6 de junio de 2016. Argentina enfrenta esta noche a Chile. Creo que era Caparrós el que decía que el fútbol es el deporte más popular del mundo porque se parece a la vida en su aspecto más característico: lo común del fracaso frente a lo excepcional del logro, la cantidad de intentos fallidos durante noventa minutos para que uno o dos de ellos contengan un gol, o muchas veces ninguno en absoluto. De vez en cuando aparece un jugador como estos que parecen inmunes a la regla, que parecen incapaces de fallar. Eso es lo terrible de la apropiación de los ídolos: uno se acostumbra a la genialidad y cree, por alguna concepción retorcida del derecho a la felicidad, que puede exigirla.  

P.D. a la P.D.: Y hoy es 27 de junio de 2016. Perdió Argentina, pero a nadie le importa. Lionel Messi se fue. Hizo eso que siempre tuviste ganas de hacer y no sabés por qué: abandonar el lugar donde te necesitan. Dejar todo prendido fuego. Reemplazar tu propia presencia por un vacío. Decapitar la máquina perversa de elogios. Observar, en tu huida, cómo el mundo se derrumba en confusión. 


 

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