Autor: Francisco Rapalo

 

A Ramírez se le salió la cabeza mientras estaba haciéndose un corte de pelo. Marcela, la peluquera que lo estaba atendiendo, no era nueva en la profesión; sabía lo que hacía y siempre fue muy cuidadosa, incluso ese día con Ramírez. Ramírez, por su parte, tampoco tuvo algún descuido que provocara el accidente. Él estaba quieto, mirándose en el espejo, perdido en sus propios pensamientos.

Fue algo imprevisto: la cabeza de Ramírez (que no era particularmente grande ni particularmente pequeña) se separó del cuello como si él estuviera construido con ladrillitos lego, y cayó de costado en los fríos mosaicos del suelo, golpeando de lleno con la oreja. Después rebotó, giró sobre la cara y al pasar por la nariz dio un saltito y siguió rodando.

A ella nunca le había pasado algo así, de esta gravedad. Lo máximo había sido un cortesito en la oreja a una nena chiquita que no se quedaba quieta. Esa vez la mamá de la nena le había dicho que no se preocupara, que no era la primera vez que la tajeaban en una peluquería, que la nena había salido con un miedo terrible a las tijeras, que nomás arreglarle las puntas era un drama.

Marcela persiguió la cabeza hasta abajo de un banco y la sacó agarrándola por el pelo. La tomó de los costados, caminó de vuelta el cuerpo en la butaca y con un ojo muy preciso la alineó calculando a través del espejo. Téngase fuerte, dijo. Ramírez parpadeó, atontado. Se llevó las manos a las orejas y presionó sobre las de ella. Ahora yo voy a sacar las mías, continuó Marcela; presione fuerte, señor, como si quisiera romper un huevo desde las puntas. Ramírez siguió las instrucciones y Marcela sacó sus manos. Ahí está, dijo. Ramírez, que no podía asentir y prefería no hablar, se quedó en silencio, mirándola con una expresión de extrañeza en la cara. Usted quédese tranquilo y mantenga las manos donde están mientras yo llamo a emergencias, dijo ella.

No, pidió Ramírez, no, por favor no. La voz de Ramírez sonaba apagada, como si hablara desde adentro de una caja (pero eso no tenía nada que ver con el accidente, era su voz natural).

Ella lo miró, o más bien miró su reflejo, y movió la cabeza de un lado para el otro en gesto negativo. ¿Qué quiere decir con eso, señor?

Ramírez giró la butaca usando los pies y quedó frente a ella. ¿Qué quiero decir con qué?

Con que no quiere que vengan a ayudarlo, preguntó Marcela.

Ramírez se quedó mirándola en silencio.

Por más que esa era su peluquería y él era un cliente habitual, Marcela lo había atendido unas pocas veces. Su peluquera recurrente era Lolita, la chica que le ayudaba con los clientes de la tarde. Marcela y su mamá (que se encargaba de barrer los montones de pelo o de cosas más simples como un baño de crema) le decían a Lolita que el señor Ramírez iba a atenderse ahí porque buscaba algo con ella. Lolita era apenas una adolescente. Había dejado la secundaria porque según ella la profesora de inglés le tenía una bronca personal. Como no tenía plata para una de esas escuelas caras de peluquería, había empezado desde abajo, manejando la caja o yendo a cobrar a las clientas que fiaban. Era una chica linda, atenta y cariñosa. No era sorpresa que a un hombre de la edad de Ramírez le gustara una chica como Lolita. No iba a ser el primero ni el último.

¿Quiere que llame a su casa o alguien?, siguió preguntando Marcela.

Estoy bien así, contestó Ramírez. La separación entre el cuello y la cabeza era indiscernible así sostenido como estaba, pero en cuanto aflojaba un poco la presión de las manos, se dibujaba una línea recta en la que la piel de un lado y del otro se iban despegando.

En la peluquería no había nadie además de ellos. Marcela miró a los lados y levantó los hombros. ¿Un vaso de agua?, dijo.

Un poco de aire fresco estaría bien, dijo Ramírez. Se puso de pie lentamente con las manos apretando a los lados de la cabeza. Marcela tomó uno de los pinceles que tenía en la mesita de trabajo y limpió su saco de los restos de pelo que habían quedado del corte.

Venga, acompáñame, dijo y Ramírez la siguió por detrás sin preguntar hacia una puerta con cortinas azules. Cuidado con los escalones, señor. Sin inclinar un ápice la cabeza, Ramírez bajo por tres escaloncitos.

La puerta daba a un comedor con mesa y sillas de plástico. La televisión estaba encendida en un canal de dibujitos animados.

¿Hay chicos?, dijo, nervioso.

Había, dijo ella, se fueron a la escuela hace un rato. Hizo un momento de silencio y después agregó: Dos, dos varones tengo. Siguió caminando hasta un marco sin puerta que resultaba ser el hueco de una escalera empinada. Venga, por acá, dijo, y empezó a subir.

Ramírez la siguió lentamente. Sentía la cara transpirada y las orejas empezaban a zafársele. Al principio parecía un esfuerzo minúsculo, tolerable, pero a los pocos minutos el cansancio asomó primero en los brazos y después en las manos. Mientras subían las escaleras Ramírez se preguntó cuánto más iría a aguantar.

En el piso de arriba había una habitación matrimonial con un antiguo ventilador de techo de los que tenían lámpara. Marcela le dio unos golpecitos a la cama invitándolo a sentarse. Ramírez obedeció y Marcela se sentó a su lado después de abrir los ventanales que daban al balcón. La habitación tenía un ropero abierto con una cantidad exorbitante de ropa interior de mujer que Ramírez observó detenidamente.

Perdone el desorden, dijo ella.

Está bien, dijo él, sonriéndole.

Qué sonrisa rara tiene, señaló ella, a lo que Ramírez no supo responder. ¿Así está mejor? Mire que si quiere puede salir afuera, no entra mucho aire que digamos; pero supongo que adentro es más seguro, le podría dar vértigo el balcón, ¿no?

Así estoy bien, contestó él.

¿Seguro no quiere que llame a alguien?, preguntó ella. De un bolsillo de su jean sacó un cigarrillo todo aplastado. ¿Le molesta?, dijo mostrándoselo.

No, respondió.

Marcela se levantó, bajó las escaleras, volvió con el cigarrillo prendido y se sentó de nuevo a su lado, está vez un poco más cerca de su pierna.

Fumo cuando puedo, dijo, cuando se van sobre todo mis hijos. Pero el del problema es mi marido que dice que le da asco. Es cierto eso, es medio asqueroso el olor y también el sabor que te deja en la boca. Debe ser que ya estoy acostumbrada. ¿Usted fuma? No le ofrecí porque creo que no es el mejor momento, pero si quiere por mí no hay problema, le ayudo.

Gracias, dijo Ramírez y se imaginó asimismo con las manos a los lados de la cara y un cigarrillo en la boca. Gracias pero no.

Ella asintió y se retorció descargando el peso a un lado y otro de las caderas. El colchón onduló. Es de agua, dijo. No son tan cómodos como dicen que son.

Ramírez, que ya no soportaba el esfuerzo de mantener pegada la cabeza al cuerpo, se tiró para atrás y una vez acostado relajó las manos y soltó un largo suspiro. Su cabeza no se despegó ni se movió con las ondulaciones del colchón. Ella lo imitó y se acostó junto a él.

¿En qué piensa?, dijo Marcela y soltó el humo de una pitada directo a las aspas del ventilador quieto.

¿En qué pienso? En lo que acaba de ocurrir.

No, siguió ella, de verdad. ¿En qué piensa?

Ramírez cerró los ojos intentando aislarse de esa habitación matrimonial ajena en la que inesperadamente se encontraba.

De chico, empezó Ramírez, de chico vivía imaginando que la cabeza se me iba a salir algún día. No sé por qué, no me pregunte por qué. Si puedo adivinar diría que debe tratarse de una premonición, o alguna especie de aviso a la conciencia por parte del cuerpo. Tenía una sensación extraña de que si no era cuidadoso iba a perder la cabeza en algún lugar, como si fuera algo que uno se olvida, como una billetera o algo así. De chico no tenía muchos amigos; tenía, sí, una muy buena amiga con la que leía libros en una salita al fondo de la biblioteca del barrio. No sé qué tendrá que ver, pero cuando estaba con ella me sentía enfermo. Entonces un día preferí no verla más. Ella me preguntó que por qué ya no iba a leer, que por qué no la saludaba, que por qué no la llamaba más. No supe qué decirle. Lo importante es cómo me sentía, así mareado, con el estómago revuelto, con esa insólita sensación de que mi cabeza no era parte del resto de mi cuerpo.

Marcela se quedó un rato en silencio y Ramírez abrió los ojos.

Qué raro, dijo ella. ¿La siguió viendo?

Sí, respondió Ramírez, en la escuela, claro. Mi amiga después perdió el interés y a la larga dejó de preguntar por qué desaparecí de su vida.

¿Y la extrañó?, preguntó Marcela. ¿La quería?

No, dijo Ramírez, eso es lo más extraño.

Marcela se levantó y se paró frente a él. Dígame, ¿qué puedo hacer para que me perdone por el accidente?

Ramírez se incorporó sosteniéndose otra vez los costados de la cabeza y la observó asustado. Nada, no fue su culpa. Seguro es usted una mujer muy ocupada, me voy ahora mismo, dijo levantándose.

Marcela lo miró con seriedad y negó con la cabeza. Muy ocupada no estoy, dijo. Mi hijo mayor cumple años hoy: once años. Tengo que prepararle una torta. No es que quiera una torta tampoco, a él mucho no le gustan las que hago yo. Pero es algo así como una tradición por parte de mi marido. Si quiere puede hacerme compañía.

Se miraron un momento y Ramírez le sonrió.

Qué sonrisa rara, repitió ella.

Para bajar Marcela lo siguió por detrás, sosteniéndolo de los hombros. Luego le corrió una silla para hacerle lugar y  Ramírez se sentó y apoyó los codos en la mesa. Tenía la impresión de que así no se iba a cansar.

Marcela después sacó otro de sus cigarrillos aplastados y lo encendió con una de las hornallas. Apoyó la espalda en la mesada y contempló a Ramírez en silencio.

Ya no le siento el gusto a las cosas, dijo envuelta en una niebla de humo de su cigarrillo. En realidad (y escuche bien porque esto es algo igual de extraño que lo suyo) creo que nunca sentí el sabor de las cosas. No puedo acordarme qué sabor tiene la margarina o el helado de limón, pero estoy segura que de chica sí sabía, que tanto la margarina como el limón tienen gustos suaves, que una es salada y el otro es dulce. Cosas así. Se me viene a la mente la chocolatada que tomaba de chica, caliente en invierno y fría en verano. Le juro que con sólo ver un vaso de chocolatada puedo saborearla. (Dio una pitada y siguió:) ¿Pero si en realidad nunca le sentí el gusto a las cosas y fue todo  producto de mi imaginación? Me dirá que eso es incomprobable, que puede ser una fantasía originada en mi actual pérdida del gusto. Es posible, le digo. Es posible que me haya olvidado de los sabores y eso sea todo. Sin embargo, y mire que le he preguntado mi madre y a mis hermanas, de chica nunca tuve una comida favorita, nunca una que no me haya gustado. Comía lo que sea, lo que hubiera la mesa. Cuando mi mamá por ejemplo se pasaba de sal, era la única que no me daba cuenta. ¿Cómo explica eso? ¿Cómo explica que una nena chiquita coma todo sin presentar nunca un problema? ¿Usted tiene hijos? Bueno, si tiene hijos sabrá lo que le digo.

No tengo hijos, contestó Ramírez.

Marcela lo miró fijamente y asintió. Bueno, como sea, dijo. Dio la vuelta y tiró lo que quedaba del cigarrillo en la pileta de la cocina. Buscó en las alacenas un bol de plástico, un paquete de harina y una cajita de cacao. Abrió las puntas del paquete de harina y echó al bol la mitad del contenido. Lo mismo hizo con el cacao. ¿No es la primera vez que le ocurre, no es cierto?, dijo de pronto.

¿A qué se refiere?, preguntó Ramírez, pero ella no contestó sino que caminó hasta la heladera y sacó un cartón de seis huevos.

¿Lo de la cabeza?, continuó Ramírez en voz baja (más baja y opaca que su voz natural) mientras ella partía los huevos en la mesada y echaba las yemas a la mezcla del bol. No, no es la primera vez. La primera fue en unas vacaciones en Francia, en la casa de unos amigos. No sé si quiera escucharlo.

Marcela asintió de espaldas a él. Revolvió un cajón de la mesada y después de un rato sacó un batidor de metal. Siga, dijo.

Bueno. En realidad no hay mucho que contar. Es algo muy inoportuno, ya se imaginará. Bueno, le cuento. Estábamos en Francia, en la casa de mi amigo y su esposa, mi mujer y yo. Y ocurrió, así de simple, dijo.

Marcela soltó el batidor y se dio vuelta. ¿Cómo era la casa de sus amigos?

¿Perdone?

Ya me escuchó, que cómo era la casa de sus amigos, le repitió.

Ramírez sonrió.

Bueno, era una casa muy grande, hecha de madera. Pero a diferencia de las casas de campo de acá, ésta tenía muchos espejos. También tenía un candelabro de cristal chino que se podía tocar con la punta de los dedos al subir la escalera, dijo Ramírez.

¿En qué parte estaba cuando le ocurrió lo de la cabeza?, preguntó ella.

En una mesa, en la sala. Era una mesa de piedra; cenábamos, contestó Ramírez. Había aflojado los codos y la cabeza estaba se había girado un poco a la izquierda.

Marcela volvió a la preparación; tiró el batidor a la pileta y siguió con las manos una vez que la masa tomó forma. ¿Cómo estaba vestida su mujer esa noche?, preguntó.

Ramírez se rio. ¿Cómo puedo acordarme de algo así? Afirmó los codos y su cabeza volvió a quedar centrada. Esto de sostener la cabeza es algo muy difícil, dijo.

Entonces supongo que no podrá contestarme la siguiente pregunta, siguió ella. Pero lo voy a intentar. Ella hizo una pausa y se enderezó en la silla. Oiga bien: ¿cómo estaba vestida la esposa de su amigo?

Ramírez se rio de nuevo, pero esta vez había algo de desesperación en su risa, algo forzado, algo que intentaba escaparse. Además esta vez se quedó en silencio, con una expresión de desconcierto en la cara.

Marcela siguió con la preparación sin decir una palabra. Saco de una alacena un molde de aluminio y le frotó la punta de una barra de manteca que era demasiado amarilla para ser comestible. Juntó un puñadito de harina del paquete abierto y la roció sobre el molde. Usando las dos manos despegó el mazacote del bol y lo emparejó a los pliegues del aluminio. Después agarró un repasador y lo usó de guante como si el molde ya estuviera caliente. Puso la masa al horno, jugó con las perillas hasta quedar conforme y cerró la tapa. No contesta, dijo una vez que terminó.

Al ponerse en pie, la silla de Ramírez chirrió contra los mosaicos del suelo. Hablo sosteniéndose la cabeza esta vez desde la coronilla:

Pocas noches después de lo que pasó en esa cena con nuestros amigos, todavía en Francia, encontré a mi mujer despierta: miraba el cielo raso y tenía las manos cruzadas en el pecho; ella siempre toma pastillas, así que esa noche no la tomó, o peor, no le hizo efecto. Le pregunté qué le pasaba, pero ella me contestó con otra cosa.  Me dijo que si no la quería más podía decírselo. Yo le dije que no entendía de qué estaba hablando. Ella siguió diciéndome que lo mejor era separarse. Me preguntó por qué nunca me sucedía lo de la cabeza cuando estábamos solos, que por qué siempre ocurría en la presencia de otras mujeres. No supe qué contestar. Es cierto, es algo que me sucede cuando estoy pensando en una mujer. Pero no me mal entienda, no es nada vulgar. Quizás es que a ella no la veo ya como una mujer sino como mi esposa. ¿Hay alguna diferencia? En fin, no recuerdo en qué momento pero nos quedamos dormidos, o por lo menos yo me quedé dormido. Al día siguiente esperé que mencionara algo, que tal vez sea más específica, pero de lo único que habló ese día fue de lo sucio que eran los encargados del hotel y los franceses en general. ¿Puede creerlo? ¿Cree usted (y dígame la verdad) que es posible  que se pueda amar a alguien con la cabeza y no con el cuerpo?

Marcela asintió con un movimiento pausado. Dijo sonriendo: creo que de todas, y discúlpeme señor, ésta la cosa más estúpida que me ha dicho hoy.

Ramírez también sonrió.

Qué sonrisa tan rara, volvió a decir Marcela de repente seria.

Para dejarlo en claro, lo que tenía de raro la sonrisa de Ramírez era la similitud de sus dientes con los de un lobo o un ratón o cualquier otro animal carnívoro. Además al sonreír levantaba el labio como un perro de pelea.

Ramírez trastabilló con una de las sillas de plástico y dijo todavía sonriendo: No me cree, ¿no es cierto?

No, respondió ella. Le señaló la puerta abierta y él subió con cuidado los tres escaloncitos y pasó entre las cortinas azules. Ella fue por detrás y le abrió la puerta de entrada.

Tampoco quería nada con usted, dijo Ramírez al pasar a su lado. Y esa torta va a quedar amarga, se olvidó de la esencia de vainilla.

Salió tomado de la coronilla: a simple vista parecía como si tuviera una jaqueca o alguien le hubiese dado un golpe.

En la vereda de enfrente había dos chicas conversando. Una llevaba prendida una guitarra, pero esa no importaba; la que importaba era la otra, que llevaba puesta una pollerita de jean. Ramírez cruzó la calle sin mirar a los lados, y cuando estuvo cerca de la chica de la pollerita de jean, buscó un papelito de su bolsillo y lo arrojó cerca de sus pies. Al agacharse a recogerlo usó la mano sobrante para girar su cabeza ciento ochenta grados y mirarla desde abajo. Después se incorporó, acomodó su cabeza con un movimiento certero, guardó el papelito y se fue caminando a paso firme hasta que Marcela ya no lo vio más.


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