Autor: Francisco Rapalo

 

El viaje a Almagro duró más de lo que esperaba. Salí a la mañana, me levanté temprano y desayuné chocolatada con sanguichitos de jamón cocido; la idea era llenarme y saltear el almuerzo; pero a las una, después de pasar horas caminando, entré a un bar, más para descansar sentado que por hambre. Había poca gente, la mayoría eran jubilados leyendo el diario. Las cortinas eran gruesas, espantosas, de patrones de flores pintadas a mano, y tapaban  casi toda la ventana por lo que la única fuente de luz era la amarillenta de los fluorecentes.

Apenas me ubiqué en una mesa se acercó la moza y me entregó el menú. Estuve un rato hasta encontrar lo más barato: una porción pequeña de papás fritas. Se lo pedí con vergüenza. La moza me sostuvo la mirada pero no, yo no quería nada más y se fue. Mientras tanto saqué el manuscrito de la mochila y lo puse sobre la porción de mantel que había despejado de migas. El manuscrito constaba de catorce cuentos, los mejores que había escrito, los únicos que valía la pena publicar. Estuve todo el invierno corrigiéndolos y sin embargo seguía encontrando errores. Había desarrollado una obsesión, así decía mi hermana. Ya no tomaba gente para los talleres de escritura porque quería tener tiempo para trabajar los cuentos —como si ya no hubiera tenido tiempo el suficiente tiempo para hacerlo—. En esa época mi hermana estaba haciendo la tesis de psicología. Ella me explicó que el ser humano solo tiene capacidad de tomar doscientas decisiones por día. Recuerdo que me impresionó la exactitud del número. Fue un dato que no pude olvidar, y desde entonces manejé el tiempo para por dedicarlo a los cuentos en base a esas doscientas desiciones diarias. Mi hermana tenía razón, estaba obsesionado.

El primer cuento de la colección era sobre Papá. En el cuento Papá tenía un solo hijo, una hija, pero no era mi hermana porque la nena del cuento era rubia y el personaje lo decía cada dos por tres. Aun así mi hermana dijo que era ella, que de chica tenía el pelo más claro que ahora. Yo hice como si me acordara de ese detalle y ella lo leyó viéndose a sí misma en la nena.

La historia empezaba con Papá —el protagonista— bajando del auto con la nena en brazos. Era una situación incómoda porque Mamá —la mujer del protagonista— se quedaba adentro del auto leyendo revistas, enojada porque iban a lo de sus suegros y no a un hotel en Mar del Plata como le había prometido su marido durante el año. En el cuento, el protagonista no se enteraba del malhumor de su mujer. Por ejemplo, ella se acostaba temprano y él ponía música. Ella se metía en la ducha a llorar y él entraba al baño a afeitarse y le hablaba de lo bien cuidado que estaba el fresno que había plantado su madre en el patio.

El punto crítico de la historia se daba cuando el protagonista salía a escondidas, de noche, a nadar al río como cuando era chico, y al volver escondía la ropa en el armario. La mujer —Mamá— encontró la ropa húmeda y se lo reprochó pero él lo negó rotundamente. Entonces Mamá entró al baño y no salió hasta que oyó a todos en la mesa, desayunando. La Abuela fue la primera en darse cuenta que Mamá se había tijereteado el pelo —en realidad es la primera porque fue la única que hasta el momento le prestó atención—. Estás hermosa, le dijo la Abuela. ¡Guau, mi amor!, exclamó Papá, y todos aplaudieron, incluso mi hermana —la nena— en su sillita alta, sin entender muy bien por qué.

*

La moza volvió con la orden, pero al final decidí llevarme las papas en una bolsita y caminar a la plaza mirando negocios. Sin mucho razonamiento, me detuve en un local que vendía artesanías de vidrio templado. En la vidriera había un búho verde, una mariposa multicolor y un duende sin barba. Entré y me atendió una alemana —o polaca o ucraniana— que tenía que revisar los precios varias veces antes de decírmelos. El local era chico, al moverme hacía sonar con la cabeza unas campanitas de lo bajo que era el techo. La alemana me miraba nerviosa caminar entre las vitrinas, y cuando entró alguien más aproveché a irme.

Mi hermana tenía un novio que robaba y se metía en negocios así. Se llevaba cosas que no necesitaba ni podía vender. Es cleptómano, no puede manejarlo, no tendrías que reírte, me explicó mi hermana una vez que hice un chiste. Yo respondí que esos eran problemas de mina, pero ahí terminé de ofenderla, y ella se largó a llorar y me gritó que era un bruto, que no podía creer tener un hermano facho y machista. Después llamó al novio y él vino a consolarla. El chico me saludó con un abrazo cuando llegó pero no me volvió a saludar cuando se fue. Mi hermana le debe haber contado la discusión. Siguieron juntos unos meses más pero él nunca volvió a casa.

Cada vez que pienso en ese chico siento culpa. ¿Por qué digo cosas así? ¿Por qué soy tan hijo de puta? Y mi hermana, igual de hija de puta que yo que se lo contó sabiendo que lo iba a destruir al pobre pibe. Ella era de hacer esas cosas con los novios pero ya maduró y prefiere estar sola como yo.

Ahora ella es mi mamá.

Me tuvo a los menos tres.

Me reí del chiste sentado en un banco de la plaza, pareciendo uno de esos alcohólicos psicóticos nomás que demasiado joven. Incliné la bolsita de papas como si fuera un vaso y atrapé las miguitas que quedaban.

Volví a abrir el manuscrito, ahora en la falda, y me puse a repasar un cuento en la mitad del libro, sumergido en el ruido monótono de los coches y la gente a pie. Este cuento era radicalmente diferente al resto, mucho más imaginativo. En el cuento una viejita tuvo un sueño en el que todos los nenes del barrio iban a contraer polio, pero la polio ya no se contagiaba y además la viejita pasaba sus últimos días en un asilo, lejos de la casa de barrio donde sí tenía vecinas con hijos. Costó convencerla de que había sido solo un sueño y, para empeorar la situación, en una visita su hija le contó que tenía al más chico de sus nenes con fiebre. La viejita murió de preocupación a los pocos días —digo murió de preocupación porque sufrió un pico de tensión que le fulminó el cerebro—. El último día de vida —tal vez sabiendo que iba a morir— le pidió a un enfermero que antes de que su hija vendiera la casa, él rescatara unos dólares que la viejita misma había ocultado bajo el piso del baño, y que se asegurara de que fueran invertidos en el tratamiento para la sospechada polio de su nieto. Fallecida la viejita —al día siguiente—, el enfermero averiguó en los archivos donde quedaba la casa y se metió con una maza de demolición durante la siesta, aprovechando que la familia estaba ocupada con la ceremonia de entierro. Por supuesto que el enfermero no pensaba darle ese dinero a nadie más, era para él, para irse de motoquero y perderse en las rutas como siempre anheló. Así que se metió al baño, se arremangó prolijamente y empezó a destruir las baldosas a mazazos, haciéndolas saltar tan alto que rebotaban en el techo y caían como una lluvia sólida. Pero antes de que pudiera descubrir si efectivamente allí estaba o no el dinero, entraron a la casa la hija de la vieja y su esposo, ambos vestidos de luto. El enfermero logró escapar por una ventana sin que lo reconocieran. La pareja —después supo el enfermero— llegaba de un entierro doble: esa mañana no solo había muerto la viejita sino también el nieto.

*

La librería era como el resto de los locales de Almagro: las persianas a medio cerrar, adentro una semioscuridad letárgica. Los negocios estaban puestos en casas viejas a las que había que ponerle cartel para que se supiera que allí dentro se vendía algo. Conmigo había entrado una paloma que no me animé a correr por miedo a que alzara vuelo y desparramara libros por todos lados. Al fondo del negocio había una escalera de la que llegaban sonidos de cocina —platos, agua, etc—. Mi idea era no cruzarme con nadie. No pretendía sentarme a explicar quién era y lo que había escrito. Si tengo convicciones, una de ellas es que mis cuentos pueden hablar por sí mismos. Además que en un barrio así, tan quedado en el tiempo, imaginé que los escritores se manejan con cierto misterio.

Dejé el manuscrito sobre una pila de libros asegurándome que estuviera a la vista y salí dejando a la paloma adentro. Listo, ya estaba hecho.

Afuera me puse a pensar en las palomas, en lo triste me parecían esos bichos, el sonido que producían, como conversaciones en un velorio. No sé qué hora era pero me crucé con una bandada de chicos que salían de la escuela, ellos caminando hacia una esquina y yo a la opuesta. Una chica de trenzas me guiñó un ojo y todo el grupo de amigas se rió. Pensé: esto es algo que quiero escribir. Algo que voy a poner en un cuento y le voy a mostrar ese cuento a alguien, tal vez a mi hermana.

A ella le gustaba leerme. Leerme de verdad. Era la única persona en el mundo que se reía con mis cuentos, incluso cuando eran tristes. Ella fue la que consiguió un folleto con la dirección de la editorial. Es nueva, tienen su propia librería, empezá por ahí, me dijo. Está en Almagro, andá, despejate, mirá culos nuevos.

Entonces dejé el manuscrito como estaba. Ni una coma más. Ni una coma menos. Lo titulé «Ropa húmeda» como el primer cuento, que si bien no era el mejor de los catorce, fue el único que no hizo reír a mi hermana, que por el contrario, la dejó seria, sin hablar. Recuerdo que la noche en que lo leyó, se acercó —yo miraba no sé qué en la compu, porno sé que no, lo recordaría— y me abrazo por la espalda. Se acababa de duchar, podía sentir su pelo mojado a través de la remera. Papá era un hijo de puta, me dijo, nosotros no somos como él.


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