Autor: Lucas Berruezo

 

El teléfono sonó a las 4:46 de la madrugada.

Lo primero que sintió Mabel, al ver la hora en los números rojos de su reloj despertador, fue confusión, pero enseguida notó que el costado de la cama que pertenecía a su marido estaba vacío, y creyó comprender. Carlos todavía no había vuelto de la fiesta de su trabajo. Seguro era él, pasado de copas, que la llamaba para avisarle de su retraso. Este Carlos

Miró la pantalla naranja del teléfono inalámbrico y, por un momento, la confusión luchó por abrirse camino nuevamente.

«Número privado

Mabel sacudió la cabeza. Sonrió. Con tal de no gastar crédito, estaría llamando del teléfono de la empresa o de algún compañero. Este Carlos

Atendió.

            —¡Mamá! ¡Mamá!

El corazón se le aceleró de golpe. Pudo sentirlo no sólo en el pecho, sino también en el cuello y en las sienes.

Esa voz…

            —¿Andrés?

            —¡Sí, ma, soy Andrés! ¡Me agarraron, ma! ¡Me agarraron!

Mabel se sentó sobre la cama, prácticamente de un salto.

            —¡¿Cómo que te agarraron?! ¡¿Cómo?! ¡¿Quién?!

            —Unos chorros, ma —la voz empezó a llorar—. Me pegaron, ma. Me pegaron un culatazo en la cabeza. Estoy lleno de sangre. No quiero que me maten, ma. Me dijeron que si no pagabas me iban a cortar la cabe…

            —¡Bancá, guacho! —dijo una voz que, de pronto, ocupó el otro lado de la línea.

            —¡¿Quién habla?! —exclamó, casi sin voz, Mabel.

            —¡Callate, vieja puta! Yo voy a hablar. Queremo lo dólares, si no este guacho se va a quedar sin cabeza, ¿ecuchaste?

            —Pero…

            —Ma, ma —intervino, nuevamente, la voz anterior—, dale la plata, por favor. No quiero que me maten. ¡No hagas que me maten!

            —¿Qué plata?

            —La plata, ma, la que tenés guardada en el mueble… Esa plata. La plata. ¡No! ¡No! ¡Nooo!

            —Andrés. ¡Andrés! ¡¡Andrés!!

            —El guacho ete no va’blar por un rato —dijo la otra voz; una voz que Mabel había escuchado más de una vez, en la televisión, en el colectivo, en la calle cuando alguien le pedía una moneda; una voz que siempre había identificado con una clase social y nunca con individuos concretos. Ahora, esa voz era concreta, y le hablaba. Le hablaba a ella—. Ecuchá, vieja de mierda. Vo vivís en Haedo, en Carlo Tejedor uno cuatro dos siete, en un primer piso enfrente a las vías. No te hagá la viva, ecuchaste. La guita o tu hijo. Vo elegí.

Mabel estiró su brazo y prendió el velador que estaba encima de la mesita de luz. Al iluminarse la habitación, lo primero que vio fue la foto de Andrés que tenía ahí mismo, en la misma mesita, entre el velador y la base del teléfono. Andrés, que la miraba con esa sonrisa suya, mostrando todos los dientes, con ese arito en la ceja derecha que a ella tanto le desagradaba, y con ese tatuaje pequeñito sobre su sien izquierda, al lado del nacimiento de su pelo castaño, una especie de enredadera que bajaba por su cuello y llegaba hasta su pecho. «Es la conexión mente – corazón, mamá», le había dicho hacía tantos años ya. Y ella, hacía tantos años también, se había enojado por lo que llamaba una «mancha imborrable» en una cara tan linda y tan luminosa. ¡Cómo le hubiese gustado haberle dicho otra cosa! ¡O al menos no haberle gritado tanto!

            —¡Qué mierda tás haciendo, vieja puta! ¡Juntá la guita! ¿Queré ver la cabeza de tu hijo en una bolsa?

            —¡Ahí voy! —gritó Mabel y bajó los pies de la cama. La alfombra, que tantas veces la había recibido con una agradable sensación de caricias, le resultó ahora el contacto terroso de un infierno helado.

Caminó, un poco en círculos, un poco yendo y viniendo, sin saber hacia dónde ir.

Plata guardada… ¿Dónde?

            —Andrés, Andrés, decime qué plata. ¿Dónde está?

            —No hablés en clave, hija de puta. El guacho dijo el mueble. La guita del mueble.

El mueble…

Mabel salió corriendo de la habitación en dirección al living–comedor. En apenas cinco pasos estuvo ahí, acercándose al único mueble de la casa: un modular de madera laqueada donde Carlos guardaba los licores y algunos papeles «importantes». Abrió los cajones y empezó a revolver su contenido. Nada, solamente hojas impresas, sobres con impuestos ya pagados y alguna que otra receta médica expedida por el Dr. Irazábal, su psiquiatra. De dinero, no había rastros.

            —¡¿Y?! —siguió la voz en el teléfono—. ¡No me hagás esperar, vieja puta! ¡¿Queré que te mandemo un dedo de tu hijo para que te apures?!

            —No no, por favor no, no lo lastimen —decía maquinalmente Mabel, entre sollozos, con su mano derecha sosteniendo el teléfono junto a su oído y con la izquierda tanteando el fondo de los cajones—. Ya la voy a encontrar. Deme tiempo, pero no lo lastimen.

Siguió revisando el modular, ahora entre las botellas de licor. En su descuido, varias de ellas cayeron al piso, rompiéndose y derramando líquidos de todos los colores.

Nada. No había plata.

            —¡No hay plata!

            —¡Vieja puta! ¡Vamo a quemar a tu pibe!

            —¡No!

Entonces, en un instante de claridad que se consolidó en su mente con la misma contundencia con que la luz del sol podía emerger de un cielo encapotado, Mabel recordó. La plata de la venta de la casa de su suegra. Esa casa que Carlos y Rafael, su hermano, habían vendido después del fallecimiento de su mamá. Esa plata que ellos habían guardado en el placard para Andrés y que finalmente no habían vuelto a tocar, dejándola para «más adelante», siempre para «más adelante».

            —¡Ya sé! —gritó, casi triunfal, Mabel—. Ya sé de qué plata hablan. No la del mueble, ¡la del placard!

            —Esa —le respondió la voz desconocida—. Esa guita, la poné toda en una bolsa blanca y salís a la calle. Bajás al túnel por la escalera y dejás la bolsa ahí abajo, entre dos macetero. Despué te das media vuelta y te volvé a tu casa. Nada de mirar, porque agarramo a tu hijo y lo quemamo de un tiro y te mandamo la cabeza. ¿Entendiste?

            —Sí sí.

            —Y nada de quedarte ni con un peso, puta de mierda. Sabemo cuánta guita hay, si vemo que falta una moneda, a tu hijo le va a faltar la cabeza. ¡¿Ecuchaste?!

            —Sí sí.

Mabel volvió a la habitación. En el camino, pisó restos de las botellas de licor, pero apenas lo notó. Las huellas de sangre dejadas por toda la casa, recién serían notadas al día siguiente.

Abrió el placard y empezó a sacar la ropa colgada, tirándola hacia atrás como si se tratara de un perro haciendo un pozo en la arena. Finalmente lo vio, el ladrillo falso en la pared del fondo del placard, «el escondite perfecto» según Carlos. Mabel lo sacó, agarró el sobre que estaba detrás de él y lo revisó. Ahí estaban. Los dólares. Veinte mil, si no se equivocaba. Veinte mil dólares que iban a ser para Andrés, pero que nunca habían podido usar. Al final, sí iban a ser para Andrés.

Con el sobre en una mano y el teléfono en la otra, volvió al living comedor.

            —Ya la tengo —dijo.

            —Metela en una bolsa blanca y dejala entre los maceteros, abajo del túnel. Y ojo con lo que hacé.

            —Ahí voy.

Mabel se acercó a la cocina y del último cajón de la mesada sacó una bolsa que tenía el logo de la heladería Antártida, la que estaba del otro lado de las vías y a la que llamaban, con seguridad, una vez por semana. Metió el sobre con la plata en ella y se encaminó hacia la puerta. Estaba a punto de agarrar el picaporte cuando escuchó el ruido de unas llaves. Segundos después, la puerta se abría y dejaba ver la figura de Carlos.

            —¿Qué hacés, Mabel? —preguntó, mirándola de arriba abajo con unos ojos enrojecidos y húmedos.

Recién en ese momento, Mabel se percató de que estaba prácticamente desnuda, apenas con un camisón que, de por sí, no ocultaba mucho.

            —¿A dónde vas?

Mabel estiró su mano, poniendo el teléfono delante de la cara de su marido.

            —Me llamaron. Tienen secuestrado a Andrés. Les voy a dar la plata.

Al decir esto, estiró su otra mano y, junto al teléfono, enseñó la bolsa de la heladería.

Carlos la miró por varios segundos, observando alternativamente la cara desencajada de su mujer, el teléfono inalámbrico y la bolsa de la heladería Antártida.

            —Dame eso —dijo finalmente, y agarró el teléfono. Se lo llevó a la oreja—. ¿Quién habla?

            —¿Quién so, hijo de puta? No jodan porque quemamo al guacho ete.

            —Andate a la puta que te parió —respondió Carlos, y presionó el botón que cortaba la comunicación.

La cara de Mabel se desfiguró todavía más.

            —¡¿Qué hiciste?! ¡¿Qué hiciste?! —su voz iba en aumento con cada palabra que pronunciaba, mientras que su mano comenzaba a usar la bolsa para golpearlo—. ¡Me lo van a matar!

Carlos se dejó pegar, de pie, inmóvil, todavía en la entrada de su casa, con la puerta abierta a sus espaldas.

            —¡Me lo van a matar! ¡Me lo van a matar!

            —¡Ya está muerto, Mabel! —gritó por su parte— ¡Andrés ya está muerto! ¡¿Cuándo vas a dejar de actuar como loca?!

De a poco, como un muñeco al que se le va agotando la batería, Mabel dejó caer su brazo.

            —¿Qué decís? —preguntó con apenas un hilo de voz—. ¿Qué estás diciendo?

            —Dejate de joder, Mabel —ahora era la voz de Carlos la que parecía estar quedándose sin energía—. Ya pasaron quince años. Basta. ¿Te tomaste las pastillas que te dio Irazábal? ¿Las tomaste?

Mabel asintió, con la vista perdida en alguna parte del suelo.

            —Pero… Él me habló.

            —Mabel, Andrés no habla desde que falleció en esa maldita picada. MabelAndrés no va a volver a hablar.

            —Pero era su voz.

            —No, Mabel, era la voz de un hijo de puta que se hizo pasar por un pibe secuestrado. Pasa todos los días.

            —No, Carlos, no entendés. Era su voz. Su voz.

            Mabel

En ese momento, escucharon un golpe que hizo temblar el departamento. Pareció provenir de la parte del frente, donde estaba el balcón y los ventanales. Carlos y Mabel se miraron, en silencio. Sin decir nada, Carlos caminó hasta ahí. Corrió la cortina. Afuera todo estaba tranquilo, como si Haedo en su totalidad durmiera a esa hora de la madrugada. Las vías del tren reflejaban la luz amarilla de las calles; éstas, con sus adoquines que permitían recordar tiempos pasados y menos terribles, sólo albergaban autos estacionados. Miró a su derecha. El túnel, desde el primer piso, no era más que una franja hundida en la tierra, iluminada en exceso.

            —No hay nad…

Entonces la vio. Una bolsa, blanca, prácticamente igual a la de la heladería Antártida, pero con otro logo que Carlos no pudo reconocer.

Abrió el ventanal, salió al balcón y se agachó frente a la bolsa. A sus espaldas ya estaba Mabel, mirando sobre su hombro y repitiendo un maquinal «no no no no no».

Con lentitud, como si fuera uno de esos especialistas que desactivan bombas, Carlos desató el frágil nudo que mantenía cerrada la bolsa. En seguida, parte de su contenido quedó a la vista.

Era pelo. Castaño.

«No no no no no no no…»

Carlos abrió un poco más la bolsa.

Con horror, vio una frente humana y, a un costado de ella, sobre la sien izquierda, justo al lado del nacimiento del pelo, un pequeño tatuaje de una enredadera, que bajaba hasta perderse en las profundidades de la bolsa.

Carlos fue el primero en gritar.


Comentarios

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.