”con sueños, con drogas, con pesadillas que despiertan, alcohol y verga y bailes sin fin”
—Allen Ginsberg

 

por Lara Nicolás (@laranicolas_ )

Ilustraciones: Laura González (L. Gonzalez)

Sexo, drogas, alcohol, fiestas, problemas alimenticios y mentales, primeros amores y primeros corazones rotos, amigos que se acercan y se alejan al compás de una sincronía magnética. Un grupo de adolescentes devotos de este combo explosivo. La historia podría haber pasado en Córdoba, en Buenos Aires, o en cualquier otro lugar del mundo. El rol protagónico podría haber pertenecido a cualquiera de nosotros.

Skins infectó la realidad de todos los que presenciaron su espectáculo de rebelión a través de las pantallas del televisor o de la computadora. Una vez que las cámaras dejaron de rodar esa odisea adolescente, su historia se convirtió en un mantra recitado por una generación entera. El día que Cassie dijo el último “wow lovely” o que Kaya Scodelario se quitó para siempre el maquillaje de Effy, sus personajes ficticios fueron beatificados como santos.

Sería raro tener que explicar que es lo que hacía de Skins algo especial. Primero, porque un día uno crece lo suficiente como para aceptar que quizás era solo una serie de adolescentes entre muchas más, y que de ser ese el caso hay que dejar de indignase con los nuevos emblemas generacionales (véase, thirteen reasons why). O todavía peor, que capaz sin darte cuenta dejaste de tener 16 años y hoy en día te parecería un cliché gigantesco.

En segundo lugar porque ¿realmente no viste la serie? ¿Dónde estabas cuando el resto de nosotros buscaba extasiado una salida fácil a la homogeneidad del montón?

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Convertimos un show televisivo en nuestra sagrada escritura. No quiere decir que frente a los productos audiovisuales los jóvenes seamos receptores meramente pasivos que aceptan una historia e inmediatamente se lanzan a imitarla. Para la socióloga española Mar Chicharro Mayer, los personajes y tramas de las series televisivas permiten a los adolescentes reforzar aprendizajes emocionales y cognitivos en tiempos en los que la franja etaria en la que se desarrolla la adolescencia se ha extendido más que nunca.

Probablemente se trate sobretodo de una actividad lúdica que nos permite construir una identidad propia basada en extractos de lo que vemos a través de la pantalla. Los productos culturales pasan a ser símbolos que apropiamos para nuestra supervivencia frente a un mundo hostil, que nos obliga a crecer sin integrarnos por completo.

El primer capítulo de Skins se transmitió en el año 2007, 233 años antes Goethe publicaba “Las desventuras del joven Werther”. ¿Qué tiene que ver un libro publicado cuando la televisión ni siquiera era imaginable? Fácil: el mismo germen de emancipación frente a la vida adulta. Werther edificó su hogar en el imaginario colectivo de una generación cansada del racionalismo de la ilustración.

El libro no habla de mucho y habla de todo. Para resumir: un hombre tan enamorado que prefiere (spoiler alert) pegarse un tiro antes que soportar ese malestar. Es llamativo que Werther encuentre en su muerte una ceremonia hacia la eternidad que, intuye, mantendrá vivos sus sentimientos sin lastimarlo.

Sin embargo lo más curioso es que, tras leer la novela, una gran cantidad de chicos vestidos con traje de frac (al igual que el personaje en su momento final) se quitaron la vida. Esta ola de suicidios masivos es la representación que más me gusta del romanticismo: grupos de jóvenes jurando lealtad a quien pecó en el atrevimiento de poner sus sentimientos por encima de la razón.

Pienso que la juventud jamás estuvo ni estará vencida en su odisea hacía la libertad. Cada generación busca sus héroes cotidianos y los canoniza como santos desobedientes.

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No importa si ese manifiesto de independencia fue una novela pasada de mano en mano o una publicación reblogueada un millón de veces en Tumblr hasta convertirse en el virus de lo informático y de la uniformidad disfrazada de revolución.

Toda generación lleva consigo su propio romanticismo, todos somos Werther vestido de frac, todos aullamos a la noche como Ginsberg, todos buscamos salvarnos del ordinario adulto antes de tener que sumarnos al ritual de sus costumbres.

La verdadera batalla no es diferenciarnos entre nosotros, sino ante la normativa estricta de un mundo en el que las drogas, el sexo, el alcohol y los problemas mentales son un tema de charla que los adultos creen propio de su discurso. La adolescencia se vuelve el marco de lo no dicho, lo que nadie se atreve a mirar. Una laguna mental no les permite enterarse de que los adolescente consumen drogas, toman hasta vomitarse encima, tienen casi tanto sexo como ataques de ansiedad en baños de bares, se enamoran, llevan en el cuerpo la manía de querer probar todo al mismo tiempo.

Del otro lado de la pantalla, intentamos encarnar nuestros personajes en el escenario de lo real y terminamos siendo un mal plagio de ellos. Porque, para ser sinceros, lo único que logramos pretendiendo seducir a lo Effy Stonem fue caer hondo en un cliché un poco patético.

El sitio Urban Dictionary define el término “skins party” como “una fiesta grande en la casa de alguien donde prácticamente todo está roto, mucha gente está teniendo sexo y casi todo el mundo está ebrio o drogado”. El término surgió como consecuencia de las masivas fiestas que siguieron al estreno de la primera temporada. En el año 2009, una adolescente inglesa publicó en MySpace una invitación abierta para una de estas fiestas. Unas doscientas personas se presentaron, y cuando la noche terminó, la luz del día alumbró casi treinta mil libras en destrozos.

¿La vida imita al arte o el arte a la vida? ¿Los adolescentes fueron siempre igual de problemáticos o Skins sentó un precedente?

Seguramente el show no fue el mejor en su estilo, ni una genialidad. Ninguno de nosotros fue ni un ochenta por ciento fiel en su imitación: muy pocos vivieron una adolescencia tan escandalosa e intensa. El público que coronó la serie estaba compuesto, en realidad, por un montón de adolescentes vírgenes y sin ninguna experiencia con las drogas.

Fuimos aprendiendo como “vivir a lo Skins”, poniéndonos a nosotros mismos en situaciones que imaginamos podrían haber sido un capítulo más del show. Es irónico que queriendo ser únicos, todos hayamos creído que nuestro grupo de amigos sería perfecto para una cuarta generación.

Pero, ¿cómo podrían decirnos que está mal intentar destacar en un mundo prefabricado para la homogeneidad?

¿Pueden escandalizarse si nos paramos en medio de la calle, mientras los autos pasan, para gritarle al mecanismo sin frenos de la rutina que estamos desesperados por sentir algo?

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