por Gonzalo Zanini

Búsqueda de la pareja perfecta

Complejizar o problematizar el amor es una característica tan humana como la necesidad de mentirle al otro para hacerlo sentir bien. Puede ponerse en discusión si realmente hay que complejizar el amor para sentirlo del modo que lo sienten los personajes de las películas hollywoodenses, por ejemplo, en donde la maratón hacia el aeropuerto representa todo lo que no hiciste por esa persona pero que tendrías que haber hecho, pero que no importa porque sabemos que todo se resuelve con un mísero beso al final.  O  un amor tan bello y conflictivo como el relato que tu mejor amigo/a te cuenta en momentos en donde lo último que querés hacer es escuchar la pasión injustificada de una persona hacia otra.

Hay que complejizar, complejizar y complejizar. Hasta el relato más conocido de la narrativa romántica, Romeo y Julieta, parece predestinar el amor a la catástrofe exagerada. El amor sería en realidad una secuencia de acciones que convergen en la tragedia, y cualquier palabra dicha, cualquier sujeto externo que intervenga, forma parte de un juego nefasto que determina la vida amorosa de los humanos. Qué mejor que tomar prestado de Shakespeare la idea de que todo amor es proclive a lo catastrófico e irremediable. Pero no. El siglo XX y XXI trajeron además del Sida y los memes el aburrimiento paulatino del amor a través de la televisión, la rutina laboral y la terapia de pareja.

giphy

Esta nota no pretende resumir las quejas de muchas señoras de que los caballeros desaparecieron, de que aquel caballero que debía salvarla del martirio de su vida está ahora masturbándose en el baño con videos interraciales creyendo que nadie lo está escuchando. Tampoco habrá una revalorización de aquellas opiniones lejanas de que “el amor cambió para mal”, y que “ya no es lo mismo que antes”. El problema es complejizar el amor en virtud de la psicología. Si alguien está en una relación tirada a la deriva, perdida en un mar de indiferencia y aburrimiento, o si siente toda esa pasión acumulada en un Cincuenta Sombras de Grey multiplicada por diez, en cualquiera de los dos casos, acá no se planteara los enfoques para teorizarlos. En realidad, el problema es cuando aquellas personas piensan que la psicología, y precisamente, la terapia de pareja, es la que debería encargarse de mejorar los aspectos de toda relación amorosa.

Los orígenes de la terapia de pareja como mecanismo que busca la estabilidad o regularidad entre dos personas son bastantes cuestionables. Algunos dicen que apareció luego de la Segunda Guerra Mundial, al dejar traumas que complicaban la relación cotidiana de la pareja, o que fueron herramientas para mantener la institución del matrimonio. Que tuvo su origen en los años ‘30 en Estados Unidos es cierto: lo que empezó como consejería familiar y consejería matrimonial, terminó concluyendo en un hibrido que podía abarcarlo todo teniendo o no familia y habiéndose o no casado. Lo cierto es que la búsqueda del otro es milenaria, pero en la modernidad hay antecedentes muy característicos. La idea de mantener un matrimonio unido y estable parte de una rama del darwinismo social: el movimiento eugenéstico, que se encarga de llevar a cabo la purificación biológica, social y cultural de la población. Los estadounidenses tomaron influencias de Alemania. Allá por los años ‘20 los alemanes eugenésticos venían perfilando la necesidad de una raza no corrompida a partir de la búsqueda de parejas perfectas que dieran  a luz un retoño también perfecto (por supuesto que los judíos y los deformes no entraban en este pack de cromosoma ideal). La necesidad de que exista algo perfecto, un modelo ideal al lado tuyo, se fue formando en materia teórica y cultural por estas tierras. Políticas como la reglamentación del certificado de aptitud matrimonial, la posibilidad de abortos en casos de enfermedades hereditarias, esterilizaciones de los genitales de las personas “diferentes” y el fomento de migración de razas “de buena calidad” se pusieron en circulación con tal de buscar al cónyuge perfecto. Y estas fueron luego políticas tomadas por Estados Unidos, Inglaterra, y, por supuesto, Argentina (la migración de los europeos al suelo nacional por parte de las políticas de Don Sarmiento). Es decir que hasta el momento, la búsqueda del Hombre de Tus Sueños sólo requería de un doctor y del Gobierno: había que apuntar algún pedazo de carne o liquidarlo o esperarlo de un barco.

7098232878c345f112cde9799f39a811

Pero el amor no puede ser algo estrictamente biológico. La satisfacción no puede encontrarse en los genes como respuesta a un deseo genuino del ser humano. En la manera en que las personas adquieren más derechos en el planeta tierra, a lo largo del tiempo, la satisfacción general tiende a buscar nuevos horizontes, a explotarse a sí misma para encontrar nuevos espacios de conformidad. Si la medicina moderna y el Estado se encargaban de moderar las parejas para hacerlas perfectas, ahora la psicología tendrá suficiente poder para perfeccionar al cónyuge.

Amor, tenemos que hablar

 La psicología, y más el psicoanálisis, termina gangrenando el amor. Cualquier tipo de imperfección se debe a los problemas no resueltos que tenga la persona con la madre o con el padre, se debe a la ira reprimida que nunca logró expresar en momentos que tuvo que haberla expresado, se debe a la falta de sensibilidad hacia ciertas situaciones, se debe al constante deseo sexual hacia diferentes personas acumulado en los órganos sexuales debido a una infancia difícil y precoz, y la lista puede seguir. La psicología es ese invento moderno que llegó para quedarse. Pero no por pertenecer al campo de la psicología, como podría presentarse el problema amoroso entre las personas, la solución debe ser estrictamente psicológica. Ahí radica el núcleo principal: el egocentrismo del campo de estudio de querer agarrar todo para él solo y hacer interpretaciones redundantes, muy limitadas, y arcaicas.

Como ejemplos básicos se encuentran textos en el universo del psicoanálisis tales como el libro La revolución sexual, de Wilhelm Reich, un estudioso húngaro serio y novedoso para su época, que desarmó el matrimonio convencional para criticarlo, pero quizás el campo de estudio lo limitó bastante. Reich planteó la relación de la falta de deseo sexual con deseos encubiertos: “La mayoría  de las  veces  se  trata  de  erecciones  insuficientes,  o  tal  vez  de ausencia  de  excitación  aunque  haya  atracción.  Si   la  actitud   de   ternura  subsiste,   o  si   hay   miedo   de impotencia, este  incidente  puede  originar  una  depresión  o  incluso    conducir  a una impotencia prolongada. El hombre  intentará  repetir  una  y otra  vez  el  ejercicio  sexual  para   disimular   su    frialdad. Esto  puede  ser  peligroso.  Esta falta  de erección  no es una verdadera impotencia, sino la expresión de un deseo deficiente, y  de un deseo, en general inconsciente, de tener otra relación.” Los problemas de los sujetos involucrados en una relación tendrán, por lo visto, estrecha relación con la psicología. El problema de impotencia sexual se distribuiría en tres o cuatro sesiones pagas, en donde el tacto del terapeuta deberá ser determinante, y las preguntas de ¿cuándo fue la última vez que miró a los ojos a su mujer?, ¿cómo se siente cuando ella no le hace caso?, ¿siente excitación hacia personas de mayor edad? o ¿han probado con sumar a otra persona a la cama? se hacen presentes, y la redundancia y sobre-interpretación y complejización de la situación arma un mundo en donde el ser humano parece ser una víctima estúpida.

Screen-Shot-2016-04-18-at-12.04.27-AM

El campo de la psicología asegura sus propios profesionales y emplea sus propias categorías estandarizadas para pregonar por una solución psicológica a todo problema marital. Las parejas no pueden resolver sus conflictos personales con sus pares porque aquellos amigos o seres cercanos dentro de sus relaciones sociales parecen no contar con las “herramientas” para decirle a M que deje de actuar de manera irresponsable o que Y deje de encamarse con la vecina de al lado.

Se instaura (para las parejas) el axioma de que para alcanzar una respuesta psicológica, la única forma de modificar al otro sujeto es a través de procesos psicológicos. Y ahí los terapeutas de pareja empiezan a implementar sus archiconocidas metáforas de las relaciones amorosas como un edificio, como un modelo arquitectónico en construcción con leyes físicas que nunca fallan. Todo tiene que tener una buena base pare poder sostenerse: las vigas no deben caer o el cimiento de cariño y sexo debe ser fuerte para sostener un matrimonio. El gran mecanismo de necesitar a un tercero-profesional-especializado-con-lentes-y-barba-canosa para solucionar los problemas de intimidad entre dos personas (o más) creó la necesidad por parte de las parejas de acudir a nuevas instancias antes de abandonar el barco por completo. Lo que sería, en otras palabras, que las terapias de pareja vinieron para perpetrar el “hasta que la muerte nos separe” y rechazar cualquier necesidad de abandonar al otro para siempre y así incorporar las segundas, terceras, cuartas, quintas y múltiples oportunidades.

Comentarios

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.