Autor: Francisco Rapalo

 

Tenía una amiga de la facultad de filosofía que pintó un cuadro después de que le conté lo que nos pasó a mí y a mi esposo en nuestra luna de miel. Algo impresionante de la pintura era que Fran parecía encajado entre las rocas. Mi amiga tenía un talento especial para capturar las dimensiones, e hizo que el cuerpo de Fran siga siendo coherente y pareciendo un solo cuerpo a pesar de que estaba todo quebrado y torcido.

Durante nuestra luna de miel en Cancún, Fran había saltado de una roca a otra pero no había alcanzado a hacer pie y había caído por un barranco. Yo lo vi todo en cámara lenta, como en las películas, a Fran despegando primero uno y después el otro pie de la roca, la remera inflada de aire en medio del vuelo, y por último, la punta de la sandalia doblándose al rozar la roca de destino.

Al caer se había torcido el cuello, pero los médicos dijeron que no murió por el golpe sino desangrado.

Antes de asomarme ya sabía que estaba muerto, eso sí, pero se me cruzó por la mente que lo iba a encontrar todo hecho pedazos, como un plato reventado en el suelo —esa imagen hubiese sido más fácil de procesar, me hubiese dado menos miedo y tal vez no tendría pesadillas al día de hoy.

Sin embargo, lo más impresionante de la pintura de mi amiga no era el cuerpo de Fran sino la sangre. La sangre fluía en una cascada, imposible de roja. Cuando mi amiga me enseñó el cuadro por primera vez, tuve el deseo irrefrenable  de mojar ahí la punta de los dedos.

—¿Así fue como lo encontraste? — me preguntó, las manos en los bolsillos, examinando cualquier gesto que hiciera.

—Parecido — le dije.

Pero la verdad es que era más que parecido, era casi idéntico, como si ella también hubiese estado ahí conmigo, las dos asomándonos por el hueco del barranco.

—¿Hacia dónde va la sangre? —pregunté señalando el cuadro.

Ella levantó la mirada al techo y se quedó pensando. Yo no podía apaciguar el impulso de tocar la pintura, así que salí del estudio y me senté en una silla al lado de la puerta. Después de un rato mi amiga también salió y me preparó un gin tonic en la cocina.

— Es mío —me dijo cuando regresó con el vaso —. El cuadro lo hice para mí. Si te gusta puedo fotografiarlo y hacerlo poster, pero vas a tener que pagar la impresión.

Me tentaba la idea de tener la pintura en forma de póster, hacerla un rollo y esconderlo en algún lugar para verlo de vez en cuando. Pero no hubiese sido lo mismo admirar pintura en un lienzo de tela, que tinta de máquina en un papel plastificado. Además que corría el riesgo de que mi mamá o la mamá de Fran encuentren la pintura y piensen que me había obsesionado con su muerte.

Tomé un sorbo del gin tonic para enjuagarme la boca y le dije que no con la cabeza.

—Pero decime: ¿a dónde corre la sangre? —volví a preguntar.

Ella se llevó las manos a la cintura y desde donde estaba contempló el cuadro. Me di cuenta que me estaba por mentir —ella nunca lo había pensado en realidad.

—A un río —respondió —. Baja como una cascada y va al agua de un río.

—¿Tiene nombre?

—¿Qué cosa?

—El río… —dije.

Me dio la espalda y fue a armarse un gin tonic para ella. Volvió con el vaso y pelo suelto. Mi amiga solía tener el pelo largo con mechas de todos los colores formando un arco iris. Después vi en su facebook que se hizo un corte mohicano y vendió el resto para pagar acrílicos y poder seguir pintando —o eso dijo ella; cualquiera que la conociera un poco, aunque sea de un par de salidas, desconfiaría de una historia como esa.

—No sé si el río tiene nombre, pero sí sé que hay unos nenes del otro lado, unos chiquitos locales que andan recolectando agua en baldes de lata —dijo.

— Cada uno lleva un balde —dije —. Dos hermanitos.

—Y uno de los hermanitos atrapó un pez sin querer —siguió mi amiga.

Me imaginé a los dos nenes descalzos, pobres —tenían que ser pobres—, a la orilla de un río tropical inmenso. La cara de sorpresa del nene que atrapó el pez.

—¿Por qué sonreís? —me preguntó sacándome de mis pensamientos, pero inmediatamente volvió a la cocina. Se había tomado el gin tonic sin que me diera cuenta.

Sé que Fran nunca me hubiese dejado ser amiga de alguien como ella. Tampoco me hubiese hecho falta, porque lo tendría a él y nadie me obligaría a salir de casa; nadie jamás me hubiera dicho “se te pasa la vida, Verónica; hacé algo al respecto”. Pero es que antes tampoco me gustaba salir de casa. A Fran lo conquisté así. Le dije: “voy a ser buena esposa, pero no porque sea buena ama de casa, sino porque es lo único que voy a tener para hacer”. Él me conquistó quedándose en silencio, sin juzgarme. Jamás llegó a pensar que estaba deprimida o algo así. Además él se ocupaba de sí mismo. Por ejemplo, Fran creía en la terapia de sueño; se tomaba religiosamente las tardes y las noches para descansar sin interrupciones. Cuando era chico y su papá viajaba en el camión se quedaban solos con su mamá; entonces los viernes —como ritual— alquilaban películas y su mamá preparaba bolsitas de pororó. Uno de esos VHS  que alquilaron fue un documental sobre la terapia de sueño. Según me explicó él, se trata de un modo de vida más que un tratamiento. Consiste en sanar el cuerpo a través de las ondas encefálicas producidas al soñar. Me lo explicó muchas veces pero nunca lo entendí. La noche antes de la última excursión, Fran no había pegado un ojo. Si él estuviera acá —si hubiera sobrevivido— diría que esa fue la causa del accidente. Se hubiese obsesionado, culpado a sí mismo. Y yo lo hubiera empeorado todo diciendo que nunca tendríamos que haber viajado a un lugar así, en el exterior, lejos de todo. Porque la verdad es que nunca tendríamos que haber viajado a un lugar así.

—Me tengo que ir, yo ya no quiero más nada —dije alzando la voz para que me oyera desde la cocina —. Me esperan en casa.

Sostuve el vaso sintiéndome estúpida, y decidí dejarlo haciendo equilibrio en el reposabrazos de la silla. Yo confronto con la gente de esa manera: ubicando cosas al borde de los muebles, escondiendo llaves, dejando las ventanas abiertas.

Me levanté y esperé en la puerta pero mi amiga no volvió de la cocina y entonces me fui.

Apenas bajé del departamento de mi amiga a la calle, me di cuenta de un detalle que no había notado teniendo la pintura enfrente, quizá porque la sangre me distraía: en la pintura —a diferencia de lo que vi cuando me asomé por el hueco del barranco— Fran tenía los ojos cerrados.


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