por Lucía Vargas

En el libro Sendas de Oku, Octavio Paz define al Haikú como “una pequeña cápsula cargada de poesía capaz de hacer saltar la realidad aparente” (Paz: 2014, p. 49) e imagino una especie de pastilla, una dosis diaria que uno podría consumir con el objetivo de curar algún mal o simplemente proveerse de un suplemento necesario para la vida cotidiana. Esta idea de continuidad, de perpetuar el consumo a lo largo del tiempo, me lleva a la reflexión que hace Matsúo Basho, uno de los grandes maestros de haikú, sobre su accionar como poeta: “No sigo el camino de los antiguos: busco lo que ellos buscaron” (Paz: 2014, p. 40). Y es cuando el microcosmos comienza a perfilarse como un macrocosmos: la búsqueda del poeta es la búsqueda de otros poetas, es la búsqueda del ser humano frente a la necesidad de decir.

Ahora bien, si Paz reflexiona sobre el haikú y dice que su capacidad es “hacer saltar la realidad aparente”, comienzan a surgir algunos interrogantes como ¿Si la realidad es aparente, de qué realidad estamos hablando? ¿Esa que percibe el poeta, la que percibe el otro o la que ni siquiera nosotros podemos percibir, la que se nos escapa? ¿Es válida la concepción de realidad frente a ese adjetivo “aparente” o más bien es el adjetivo el que enfatiza, con cierta ironía, que la percepción de que la realidad como tal no existe? ¿Acaso ese exponer, ese “hacer saltar”, es una tarea, una obligación de la búsqueda poética?

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Entonces aparecen diferentes elementos en juego: la otredad, la percepción de la realidad, la visión particular y contemplativa del poeta y, por fin, el cómo transmitir todo eso mediante el lenguaje (la cápsula, el blíster y, por qué no, la receta). El objetivo de este ensayo literario es abordar estos aspectos a fin de otorgar cierta claridad en la cuestión.

Como bien se sabe, Basho fue nómade gran parte de su vida: realizó largos viajes (uno de dos años) a regiones desoladas de Japón, incluso atravesó pueblos inhóspitos (de los que habla en su diario de viajes titulado: Caminos secundarios a pueblos lejanos). ¿Qué buscaba en esos viajes? Quién sabe. Es interesante pensar en el movimiento de un nómada como un acto gratuito: nace de lo espontaneo y así, genera un mayor nivel de apertura. El que no espera nada tiene más probabilidad de sorprenderse. El viajar solo, prescindiendo de cualquier sentido más que el de la contemplación y el contacto con aquella “realidad aparente”, comienza a dibujar un entramado que resulta no tener límite entre el poeta y el camino, el despliegue interior en contacto con el despliegue exterior. En uno de sus poemas, escribe:

 

vaya ánimo que infunden

las hojas verdes, las hojas nacientes bajo

el resplandor del sol

(Basho: 2015, p. 27)

 

Así, esa búsqueda reflejada del afuera hacia adentro y del adentro hacia afuera, nos hace pensar en la posibilidad de decir: ¿Cuáles son las palabra que necesito para decir esto y por qué? ¿Es suficiente con estas palabras? ¿Estoy o estaré conforme algún día con lo acabado del poema, con su finitud en el papel? ¿Cómo hacer para que el lenguaje siga diciendo, para que abra en vez de cerrar? He aquí el problema (o la bendición) que nos otorga el lenguaje: apelando a él como elemento conocido pero también el que se arma en función de, el lenguaje como aquella herramienta que muchos poetas utilizan con la plasticidad de una masilla, porque lo que conocen no les resulta suficiente, porque a través de la pluralidad de sentidos que se abren en una dialéctica que establece nuevos lazos con el otro y con la realidad. El ejemplo que se me viene a la cabeza es el de Oliverio Girondo y su libro En la masmédula, que al iniciar su poema Cansancio dice:

 

Y de los replanteos

y recontradicciones

y reconsentimientos sin o con sentimiento cansado

y de los repropósitos

y de los reademanes y rediálogos idénticamente bostezables

 

(Girondo: 2002, p. 459)

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La búsqueda de encontrar la capacidad del poema para poner en palabras aquella “realidad aparente” atravesada por la búsqueda del poeta, lo que se dice y lo no dicho, la ausencia: una puntuación que no limita, que habla y abre esa necesidad de seguir diciendo, de pedirle al lector que aumente esa capacidad del poema a través de su propia dimensión interpretativa. Además, pensemos en cómo la necesidad de estar a la altura de la situación hace que la búsqueda de algunos poetas recaiga sobre la desesperación ante la imposibilidad de terminar de decir. Alejandra Pizarnik escribió los siguientes poemas en su libro Árbol de Diana:

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explicar con palabras de este mundo

que partió de mí un barco llevándome

 

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El poema que no digo,

el que no merezco.

Miedo de ser dos

camino del espejo:

alguien en mí dormido

me come y me bebe.

(Pizarnik: 2010, p.115,116)

 

El no ser merecedores del don de poder decir esta “realidad aparente”, una imposibilidad otorgada desde el principio de los tiempos como un castigo o, tal vez, un don tan grande del cual no pudimos hacernos cargo. El lenguaje como vertiente de la necesidad, la necesidad desesperada y fagocitante como búsqueda,  como obsesión y, nuevamente, la contra cara a través de la comunión de las ideas: la imposibilidad abordada desde la necesidad. La opción resulta ser la búsqueda de la propia identidad en la apropiación del lenguaje, en la resignificación: “(…) para trascender el lenguaje debo antes hacerlo mío” (Pizarnik: 2010. p. 101).

Una desesperación que invade, la necesidad de asir lo inasible, como diría Clarice Lispector en Agua viva: “Te digo: estoy intentando captar la cuarta dimensión del instante” (Lispector: 2010, p.19). Ir más allá de lo que se puede, abarcar más de lo que se aprieta, hacer parte de lo propio lo otro, lo extranjero, hacernos parte del todo, romper con lo prohibido o con las dimensiones de espacio tiempo, resignificar el yo desde la palabra: “La palabra es mi cuarta dimensión” (Lispector: 2010, p.21).

Entonces, nos encontramos con un sistema interconectado y circular que fluye a través del movimiento incansable de la creación poética: el sentido de la búsqueda a través de yo, del espacio (que resulta ser lo otro y el otro), atravesado por la obsesión del decir a través del lenguaje, regresando a la búsqueda del yo para resignificarlo desde la identidad.

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Pizarnik nos recuerda en sus diarios esta pluralidad del ser, esta necesidad de buscarnos y de reorganizar nuestra identidad a partir de la angustia que genera la separatidad: “Heredé de mis antepasados las ansias de huir. Dicen que mi sangre es europea. Yo siento que cada glóbulo procede de un punto distinto. De cada nación, de cada provincia, de cada isla, golfo, accidente, archipiélago, oasis. De cada trozo de tierra o de mar han usurpado algo y así me formaron, condenándome a la eterna búsqueda de un lugar de origen.” (Pizarnik: 2010, p. 30)

Todo es circular: somos todo, somos este punto que representamos en el espacio y somos todos los que difuminamos por ahí a través de lo que hacemos, de lo que decimos, de las personas que conocimos, del alcance de nuestros actos y, a su vez, cada parte de lo otro nos conforma y constituye, nos despliega y nos universaliza. Si tuviera que citar a quien se permitió decírselo todo (en la medida de lo posible o no), nombraría a otro de los grandes padres de la poesía, Walt Whitman y su libro Canto a mí mismo:

(…)

Quédate hoy conmigo,

vive conmigo un día y una noche

y te mostraré el origen de todos los poemas.

Tendrás entonces todo cuanto hay de grande en

la Tierra y en el Sol,

(existen además millones de soles más allá)

y nada tomarás ya nunca de segunda ni de tercera mano,

(…)

Aprenderás a escuchar en todas direcciones

y dejarás que la esencia del universo se filtre

por tu ser.

(…)

soy aprendiz del más ingenuo

y maestro del más avispado;

soy un novicio que tiene la experiencia de siglos

y milenios;

tengo el color de todas las razas

y el prestigio de todas las castas;

pertenezco a todos los rangos

y a todos los credos…

(…)

lo palpable está en su sitio

y lo impalpable también.

(Whitman: 2014, p. 32, 58,59).

Redondeando el postulado inicial de este ensayo sobre lo circular de la búsqueda poética y sobre todos los aspectos contemplados respecto a lo que hacen a esa circularidad, podemos concluir en lo siguiente: la capacidad de decir del poema está dada en la medida que la representación esté en asociación con el todo al que se apela y representa, el haikú o el poema como microcosmos que espeja el macrocosmos, el lenguaje como medio y como fuente inagotable y resignificable, la búsqueda de la identidad diagramada a través de la búsqueda del decir, ser palabra para entender el mundo, ser lo otro con el otro y ser uno mismo, la parte por el todo, la fractalidad natural de las cosas. Como si descubriéramos de pronto que esa “realidad aparente” de la que Paz nos habla, terminara siendo el reflejo de nosotros mismos a través de espejos enfrentados, que nos repiten hasta el infinito, buscando acaso esa cuarta dimensión.

 


Bibliografia:

  • Pizarnik, Alejandra: Poesía Completa; 2010; Buenos Aires, Argentina; Editorial Lumen.
  • Pizarnik, Alejandra: Diarios; 2010; Buenos Aires, Argentina, Editorial Lumen.
  • Lispector, Clarice: Agua Viva; 2010, Buenos Aires, Argentina, Editorial El cuenco de Plata.
  • Whitman, Walt: Canto a mí mismo; 2014; Madrid, España. Editorial Akal.
  • Girondo, Oliverio: Obra Completa; 2002, Buenos Aires, Argentina, Editorial Losada.
  • Matsúo, Basho: Sendas de Oku; Edición de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya; 2014; Girona, España; Editorial Atalanta.
  • Matsúo basho: Caminos secundarios a pueblos lejanos; Edición de Eric Schierloh; 2015; Buenos Aires, Argentina.

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