Autora: Stefania Coggiola

 

-Vamos a dar otra vuelta más -dice Paula. Acelera y gira en la rotonda que está a metros del río. Se prende un cigarrillo y con la mano izquierda intenta bajar el vidrio. Está trabado, hace una fuerza exagerada con el brazo. Estamos dando vueltas en la costanera y lo hacemos todos los domingos de nuestras vidas.

-Pasá más despacio por la esquina del Café. Me parece que lo vi estacionar -dice Ana.

Es pleno enero y el sol entra por todos lados. Abro mi ventanilla y el aire caliente me golpea la cara. Reclino el asiento de acompañante, me saco las sandalias y dejo que la alfombra absorba la transpiración de mis pies. Es indiscutible la belleza magra de las casas y el paisaje. Por más que dar vueltas en la costanera nos produzca hartazgo, venimos igual. Hoy cerraron las compuertas de modo que el lago es un espejo de agua brillante. Bien lleno, casi que rebalsa.

-Lo ví, te juro que era él -vuelve a intervenir Ana y le gritamos que no, que no era Juan y que la corte porque todas, las cuatro, pensamos que está obsesionada y le volvemos a contar la historia de anoche y que lo vimos en el boliche con otra y no nos cree y así. Ella llora. Nosotras la consolamos: le decimos que Juan es un estúpido, que no la merece.

La intensidad de las charlas va disminuyendo, el dolor de cabeza por la resaca aún persiste. Hacemos una parada en el Café, el mismo donde Ana creyó ver a Juan hace un rato. Nos pedimos una gaseosa cada una y compartimos dos carlitos entre las cinco. Sentadas en el bar vemos pasar la tarde pero lo que nos interesa es la gente que pasa por ahí y la que está en la plazoleta del frente, donde se amontonan chicos y chicas. Se mueven con gracia y hablan pegados sobre las andanzas de la noche anterior. Nosotras hacemos lo mismo en nuestra mesa y recordamos lo difícil que fue entrar al boliche y cómo el patovica de la entrada le pegó a un pibe sin ninguna razón. Primero lo miró de arriba abajo como cuando entrás al local de calle San Martín y no tenés un apellido de renombre y la chica te mira con lástima y un poquito de asco. Después lo empujó, el pibe cayó al piso y mientras se trataba de levantar, el patova le metió una patada traicionera en los riñones. Me pongo colorada de la bronca recordando y le doy mi último bocado de tostado a Lu. Y llegó ella. Todos miramos para ver lo que tenía puesto, qué colores había combinado y cuantas pulseras se había colgado en la muñeca. Camila era un rayo que te partía al medio. Después había otras chicas, sí. Pero ella estaba en boca de todos porque era tremendamente hermosa y también estaba en boca de todos porque dicen que anoche no volvió a la casa y se fue con el tatuador de moda a tomar merca.

Como no nos bastó salir juntas anoche, dar vueltas en la costanera, merendar y ver caer el sol, decidimos seguir juntas y el paseo en la costanera derivó en una juntada en el arenero con un grupito de pibes rubios y rugbiers con el que nos juntamos a veces. Tienen mucha plata. Nosotras no. Por lo tanto a veces nos dan bola y otras veces pasan por el lado en el súper y siguen de largo como si nunca nos hubieran visto. Pero a nosotras no nos importa. Uno de ellos, Ignacio, relata una pelea del verano pasado afuera de un pub de Villa Nueva.  La calle de tierra. Los charcos de sangre en la vereda. Imita los golpes que dio. Es exagerado. Tosco. Tiene un short blanco con el pumita bordado que le hace un culo perfecto. También le marca el pito que está levemente parado por la excitación del relato. Mis amigas lo miran con entusiasmo, se ríen, le festejan la historia y se acomodan en la arena que al cabo de un rato comienza a molestar. Yo pienso en sus dedos ásperos -lo sé porque le agarré la mano una vez- y me pregunto si a su novia le raspará cuando le mete los dedos antes de coger, arriba del auto, en la puerta de su casa, a la madrugada.

Llego a casa de noche. Para mi disgusto, ya están cenando. Hubiera preferido que no haya nadie, en especial mi hermana, que desde que se peleó con Tiago no hace más que dormir y salir y dormir y salir. Cada vez que nos cruzamos es para putearnos por la ropa que-me-sacó-le-saqué. Papá me mira y me dice nena qué hacés tan tarde, vení a comer, y mete la mano en la fuente de aluminio llena de pickles y se lleva un pepinillo a la boca.  Traje caviar, me cuenta, yo lo pruebo con recelo y me parece que esos huevitos de mierda carísimos no tienen gusto a nada. Vemos tele. Vemos Discovery Channel. Vemos cómo un guepardo corre a una gacela desesperada. Miro los trofeos de equitación de él y me cuesta entender cómo mamá siempre se queja de la plata y de que no tiene para comprarnos un par de zapatillas. O el jogging para gimnasia que le pedí hace tres meses. Me voy a la cama. Al altillo que me toca ocupar porque es mi turno. Mi hermano mayor ya pasó por ahí y también mi hermana. La luz entra perfecta por el ventanal que tiene y todos queremos dormir ahí. Encuentro en el cajón de la mesita de luz el libro SEX de Madonna. Miro fascinada las fotos. Me excito. Imagino que un negro como el que aparece en las fotos me toca.


Comentarios

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.