por Guido Rusconi (@GuRusconi)

Cuando me pongo a pensar sobre las razones por las cuáles Diego Maradona sigue siendo el ídolo popular más grande que ha tenido (y jamás tendrá) nuestro país, a pesar de cometer acciones que en cualquier otra persona repudiaríamos sin chistar (léase violencia de género, comentarios homofóbicos, etc.), llego a la conclusión de que probablemente sea porque fue una persona que logró vencer la meritocracia y el desdén oligárquico con el que la sociedad argentina tanto se maneja (más aún en los tiempos que corren). Un desdén que la mayoría de las personas sufre durante toda su vida sin poder escapar de su yugo fue superado a base de talento y prepotencia.

Pero, querido/a lector/a, si usted piensa que este texto hablará sobre el astro futbolístico y de la ya gastadísima (e inútil) dicotomía del “como jugador/como persona”, déjeme advertirle que ha caído en una trampa o, como se lo conoce en la era de las redes sociales, en un clickbait. Porque este artículo no trata precisamente sobre la figura de Maradona (aunque sí sirve como ejemplo), sino sobre la idea inserta en nuestras mentes de que un talento extraordinario nacido de un arresto individual puede alejarnos de una vida de anonimato y llevarnos a la gloria.

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Repasaremos entonces a continuación algunas historias conocidas de from rags to riches (literalmente traducible como “de los trapos a la riqueza”, son las historias de personas que pasaron en poco tiempo de la pobreza a la fortuna).

Es conocida la leyenda urbana de que J.K. Rowling, autora del universo Harry Potter (como si no lo supieran) escribía los primeros bocetos de su saga de fantasías en servilletas de bares, ya que vivía en un estado de extrema pobreza, teniendo que mantener a su primer hijo después de su divorcio. Con el paso del tiempo y de manera casi mágica se convirtió en cuestión de un par de décadas en la persona más rica de todo el Reino Unido. Por supuesto que en el medio sucedieron varias cosas: las cientos de ediciones y re-ediciones de sus libros, las adaptaciones cinematográficas (cada una más taquillera que la anterior) y toda la Pottermanía que ya bien conocemos y que la hacen una de las autoras más leídas de los últimos 50 años. Es poco probable que la historia de las servilletas sea cierta, y que se utilice para acentuar el estado en que vivía Rowling en aquel momento. Si bien es cierto que pasó por necesidades económicas (de hecho vivía de la ayuda del estado británico, lo que la convertiría en la jerga gorila en una vil planera), pareciera ignorarse varios hechos importantes de la historia en pos de que el efecto de pasar de la pobreza a la riqueza sea más abrupto y contrastante.

Cruzando el Oceáno Atlántico (pero algunos años antes), en alguna parte de Maine un joven Stephen King tiraba a la basura un manojo de páginas que contenían su primera novela (por aquella época la intención era que sea un cuento) Carrie. En aquél entonces era un escritor en busca de un lugar en el altamente competitivo campo literario norteamericano de los años 70, quien había publicado algún que otro cuento en revistas literarias de poca monta, pero que aún no había escrito esa obra que lo hiciera un autor de renombre. Fue su esposa Tabitha Spruce la que lo convenció de que le diera otra oportunidad a ese borrador que había desechado. King decidió hacerle caso: le pagaron a modo de adelanto 2500 dólares y el libro terminó teniendo ganancias por 400 mil. Pero eso sería recién el inicio del viaje para el matrimonio King. Unos años más tarde llegaría la exitosa adaptación de Brian De Palma de su novela, y las subsiguientes publicaciones de historias como It o El resplandor, lo cual llevó a que Stephen King sea hoy en día el autor más adaptado de la historia del cine y la televisión (junto a un tal William Shakespeare), y que su obra sea tan prolífica y extensa que necesitaríamos de más tiempo del que disponemos para leerla en su totalidad.

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Por último, más cercano a la realidad latinoamericana (pero más lejano en el tiempo), tenemos el caso de Gabriel García Márquez. Hacia 1967 había finalizado su novela La casa, la cual había escrito en el transcurso de los dos años anteriores. Sin embargo, no tuvo buenas respuestas de editoriales como Seix Barral, quienes dijeron que su novela no funcionaría, por lo que García Márquez y su esposa Mercedes Barcha Pardo tomaron la dolorosa decisión de mandar el manuscrito por correo desde Bogotá hacia Buenos Aires para que la editorial Sudamericana lo recibiera. Claramente esto costaba mucho dinero del cual no disponían. Por lo tanto, mandaron solamente la mitad del manuscrito, sin reparar en que se trataba de la segunda mitad de la novela (posiblemente haya algo de ficción en esta parte de la historia). Pero la historia era demasiado fuerte por sí misma como para pasar desapercibida y, mediante un sugerido cambio de nombre, nació Cien años de soledad. El resto es historia. García Márquez se convirtió en uno de los autores más populares de habla hispana, impulsó el denominado boom latinoamericano, fue galardonado con el Premio Nobel y Cien años… sigue siendo su obra cumbre y una de las novelas más perfectas de la lengua española (esto es una apreciación personal).

No es casualidad que las tres historias que elegí sean de escritores, ya que es un oficio relacionado con frecuencia a la soledad y al ostracismo. Pero más aún que por eso fue para ilustrar que la idea de que algo puede “salvarnos” de la miseria está muy ligada al individualismo. Este individualismo al que me refiero es el que el sistema capitalista está constantemente imponiéndonos por medio de publicidades de Adidas que rezan el mantra “sí se puede” o de historias “inspiradoras” de personas que solas, sin la ayuda de nadie y contra viento y marea pudieron trascender.

Este tipo de bombardeo mediático sin embargo puede ser peligroso. Hemos visto hasta el hartazgo película tras película de Hollywood (siempre con el mote de “basado en una historia real”) que cuentan las vidas de personas que superaron mil adversidades para llegar a ser exitosos magnates y que pareciera que no necesitaron más que un sueño para llegar al éxito. Esta idea de que lo que nos separa de la fama y la fortuna es una gran idea, algo innovador que nadie más haya visto antes es una cuestión con la que lidiamos a diario. Vemos posteos de Facebook con la cara de Steve Jobs que nos invitan a pensar diferente (“out of the box”) con frases que probablemente él jamás haya dicho. De esta manera se dejan de lado mediadores importantes en toda construcción: los demás. Ningún hombre o mujer que haya construido un imperio de cero (aunque nunca literalmente) lo hizo de manera totalmente individual. Todo esfuerzo es colectivo y detrás de cada gran nombre que reconocemos detrás de una idea trascendental hay otros cientos que ayudaron a que se lleve a cabo.

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Es muy común que en los principales medios del país se conozcan historias de personas “comunes y corrientes” (es decir, gente como uno) que dejaron aquello que hacían y no les daba rédito económico por un sueño mayor. Como la mujer que dejó su carrera como profesora de Letras para cumplir su sueño de criar chanchos (esta noticia es real). Este tipo de noticias que buscan inspirar a la población a que se lance a sus propios proyectos individuales (algo generalmente denominado “sueño”) tiene como efecto colateral el librar al Estado de su responsabilidad de velar por el bien de sus ciudadanos. La ideología económica neoliberal ya ha hecho estragos en nuestro país, pero pareciera que su fantasma sigue vivo e instalado en la agenda mediática que de a poco nos va narrando la idea de que nuestro futuro depende exclusivamente de cada uno de nosotros como individuos y que si fracasamos somos los únicos culpables.

Después de todo nuestra salvación puede (o no) estar al final de nuestra pluma o de nuestro pie izquierdo.

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