Autora: María Eugenia Riccheri (@fragilxe)

 

La conocí en el local de Ana. Mientras inspeccionaba la vidriera, me interceptaron sus ojos ausentes. Podía sentir el calor de aquella mirada presionando mis huesos y el sudor expandiéndose como una llamarada.

Hola, Julio. ¿En qué puedo ayudarte? La voz de Ana llegó lejana. Recuerdo su sonrisa tan forzada que algún día le rajaría la cara- ¿Estás bien?, me preguntó, pero la ignoré. ¿Quién era ella? No pude soportar haber pasado tantas veces por ese local y no haberla visto. Era como una diosa, rodeada de todos esos cachivaches viejos que el mal gusto de Ana consideraba pequeños tesoros, como si alguien fuese capaz de comprarlos… No le respondí. Giré sobre mis talones y solo atiné a irme.

Aquella noche mi madre insistió en que comiera y aunque no podía tragar bocado, no era conveniente negarme. Como cada viernes, había trabajado toda la tarde en esas benditas empanadas de camarones que hoy tenían gusto a nada. Si quería irme a la cama rápido tendría que dejarla contenta. Solo pensaba en aquel maniquí, destellando en medio de la vidriera, rodeado de tazas rajadas, libros descoloridos y juegos incompletos, como un trofeo. Podía sentir la mirada de mi madre, su voz pastosa intentando meterse de nuevo dentro de mi cabeza. Nunca soportó que tuviera secretos.

¿Te puedo ayudar en algo? Todas las tardes, Ana y yo repetíamos el primer encuentro, como una coreografía: mi cuerpo sudoroso, la vidriera del local de antigüedades, el rostro afilado y hermoso del maniquí, y la molesta presencia de Ana, con su sonrisa horriblemente falsa.

Buenas tardes, Ana. Sí, estaba buscando un regalo para mi madre -mentí, con una naturalidad casi repugnante.

Apenas puse un pie dentro del local, instintivamente me froté los ojos. El olor a naftalina y el polvo siempre me jugaban una mala pasada. Ana continuaba apilando cajas repletas de muñecos descocidos, fundas para almohadones pasadas de moda y otros harapos que solo servían para juntar más polvo y anidar cualquier clase de bicho.

¿Otro juego de té? Conseguí uno europeo precioso. Una verdadera-

¿Cómo se llama? La interrumpí y señalé el maniquí.

Ana se alejó del cristalero y me respondió que se llamaba -muy a mi pesar- Jacqueline. Otro vestigio de mal gusto. Con su pintura saltada y un brazo menos, Jacqueline era perfecta. Pactamos el envío para el próximo jueves, aprovechando estaría solo en casa. Toda la tarde fantaseé con Jacqueline, pero podía sentir una sombra cerniéndose sobre nosotros.

Esa noche esperé a mi madre en la cocina. Serví el té en la vajilla de color marfil con pequeñas flores lilas pintadas a mano, su favorita. Las flores danzaban sumergidas en la infusión, mientras agitaba con ritmo la cucharita. Aquella noche tendría que entender que Jaqueline iba a quedarse. No podía permitir que se la llevara. Era mía.


 

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