Autor: Adrián Giorgio

 

Leticia se echó en el silloncito. Estaba de mal humor. Su papa le había escrito un mensaje de texto avisándole que se había demorado, que pasaría a buscarla dentro de veinte minutos. Observó a su alrededor. Salvo un reducido grupo de docentes que estaban reunidos en la Sala de Profesores, ya casi no quedaba nadie en la Alianza Francesa: la mèdiatèque y el café permanecían a oscuras y los pocos alumnos que tuvieron clase ya se habían retirado.

Se levantó y se aproximó a ver los cuadros nuevos que habían colgado en la galería. En el edificio cada tanto se presentaban exposiciones y los cambiaban. Algunas veces, mientras aguardaba que llegue la profesora, se quedaba mirando los lienzos. Su sueño era ser una artista, pintar, pero su padre decía que eso se lo dejara para otros. Ella estudiaría abogacía, como lo habían hecho su abuelo y él, y continuaría en el buffet de la familia. También le había prohibido que se hiciera las rastas, le decía que era una idea ridícula. Ella debía mostrar una buena imagen ante los demás, la primera impresión era importantísima. Y Leticia obedecía, no deseaba disgustarlo.

De hecho, la mayoría de las cosas que hacía era porque él había insistido. Como francés por ejemplo: él le dijo que era un idioma bellísimo, que hablarlo la distinguiría del resto y le abriría las puertas a importantes propuestas. Más allá de que no compartiera su entusiasmo por despertar el celo de sus amistades, Leticia debía reconocer que francés era una de las pocas cosas que disfrutaba hacer. No sólo porque la lengua la había cautivado, sino también porque tenía aquellos cortos recreos en los cuales echaba un vistazo a las obras de los expositores. Esta vez presentaban “Trole 33”.

Se trataba de fotografías que habían tomado de las personas que utilizaban el trolebús en la Ciudad de Córdoba. Los cuerpos y rostros de los pasajeros eran tan expresivos que las palabras sobraban y Leticia se divertía jugando a adivinar sus emociones y pensamientos: se detenía rostro por rostro y contemplaba sus ojos, su nariz, su frente.

En su recorrido descubrió algo que le cortó el aliento. Detrás de una anciana que cargaba unas bolsas del supermercado lo descubrió a él, a su padre. Llevaba puesto su traje gris topo de siempre y una camisa. Permanecía en el ángulo izquierdo,  sentado en la otra hilera de asientos. Pero no estaba solo. Una mujer lo acompañaba. Ninguno se había dado cuenta que había sido fotografiado. Esto no le habría llamado la atención a Leticia (podría tratarse de una extraña que tomara asiento junto a él, como sucede a menudo) si no fuera porque ella se inclinaba levemente sobre su padre, lo suficiente para que pudiera verla, y le tomaba la mano: no la apretaba con fuerzas, sino que apenas la apoyaba sobre la suya. Se notaba en su cara que era feliz. Hacía muchísimo tiempo que no advertía esa expresión en él. En su casa o cuando salían de paseo siempre se mostraba parco, serio, seco. Leticia sabía que no era una amiga suya, sino la conocería. Además una amiga no lo tomaría así de la mano.

Se quedó unos minutos parada frente al cuadro hasta que su padre le envío otro mensaje de texto avisándole que la esperaba fuera. Cuando subió al vehículo, él la besó en la mejilla y su perfume la envolvió. Le preguntó cómo había estado la clase. Y le dijo que bien, que habían visto el passè composè y fijó la mirada en el camino. Él quiso saber si estaba bien. Leticia le respondió que sí y añadió que en la Alianza había una foto suya. El otro pareció sorprendido. Viajando en el trole, dijo ella y se acarició el mechón de cabello que le caía sobre su hombro, pensando que al día siguiente se haría las rastas.


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