Autor: Manuel Rivero (@_mrmanu)

 

Yo sabía que estaba mintiendo.

No era tan difícil darse cuenta pero los demás jugaron tanto a prestarle atención que se olvidaron de mirarlo a los ojos, alcanzaba con eso. Cuando entró todos dejaron de hacer lo que estaban haciendo. Candelaria cerró la caja con un ruido metálico y el único sonido que se escuchó después fue la puerta cerrándose sola.

— ¿Cómo te fue? —preguntó Hernán mientras dejaba la escoba apoyada contra una mesa.

Ahí es cuando me di cuenta que estaba mintiendo. Los segundos que tardó en responder se le acumularon en los ojos como una sustancia espesa. El sol ya iluminaba la parte de la barra y empezaba a hacer calor. Pero respondió, respondió riéndose como siempre y con uno de sus chistes que ahora no me acuerdo. Obvio que le iba a ir bien ¿No le había dicho a todos que se iba a ir a la mierda de acá? ¿Qué iba a ser exitoso y salir de la mugre? Todos le habíamos creído. Hernán sonrió y Candelaria se acercó a darle un abrazo tan inesperado para todos que realmente me sorprende que no haya quebrado en ese momento.

Más tarde cuando salimos a fumar intentó decírmelo, apretaba tanto los dedos que parecía que sus manos se estaban comiendo entre ellas. Después de un rato en silencio Iba a preguntárselo para que no le fuera tan difícil, pero Marcos me llamó su oficina y tuve que dejarlo solo con una palmadita en la espalda.

Adentro el tercer disco de Led Zeppelin estaba sonando por cuarta vez en el día.

—Bueno que linda noticia—empezó Marcos—. Pero no todas son así de buenas —después hizo una pausa y encontró algo más interesante que mi cara en la lapicera que sostenía entre las manos, la hizo girar, carraspeó una sola vez y siguió- nos estamos quedando sin plata, sin clientes y sin empleados. Necesitamos innovar y vamos a tener que cambiar todo, incluido el personal.

Me concentré en la lapicera y vi como las yemas de sus dedos se ponían blancas de apretar.

— ¿Me estas escuchando? —la lapicera comenzó a doblarse ligeramente.

Asentí con la cabeza y una de sus manos dejo el tubo hexagonal azul para recorrer su cara semi-arrugada desde la nariz hasta la pera.

—Odio decir esto después de tu excelente trabajo, pero después de que Ezequiel se vaya vamos a renovar a todo el personal así que de a poco los vamos a tener que ir desvinculándolos de la empresa. Vos sos el primero.

Pude haberle dicho que Ezequiel mentía, que no había aprobado el examen de inglés y no se iba a ir a la ciudad a estudiar nada o ser exitoso. Pero técnicamente yo no lo sabía. El no me lo había dicho.

—Hoy cuando terminen de limpiar la freidora te podes ir. Muchísimas gracias y te pido disculpas. Mil disculpas.

Cuando dejé la oficina Ezequiel ya estaba limpiando. Se concentraba en los detalles sin verlos como si hubiera podido escaparse del mundo mirando una mancha de grasa. Me señaló los trapos amarillos con un movimiento de la cara y empecé a ayudarlo por una de las esquinas. Cuando levanté la cabeza para pedirle el desengrasante ya estaba llorando.

—No aprobé -me dijo limpiándose los ojos con el antebrazo-. No sé que voy a hacer.
—Ya me parecía que estabas mintiendo -respondí, y automáticamente me sentí un imbécil. Lo agarré por los hombros y le dije que no era tan grave.
—No me voy a ir nunca de este pueblo de mierda —dijo dejando el trapo amarillo sobre el metal y sacándose mis manos de encima-. No sé cómo se lo voy a decir a mis viejos.
—Bueno mirale el lado positivo: seguís teniendo un trabajo- respondí levantando mis palmas hacia arriba.

Al principio no entendió; su cara mutó a una confusión total durante unos segundos y después cayó.

— ¿Te echaron? -preguntó secándose los últimos rastros de lágrimas- ¿Qué haces limpiando?
— No sé -le dije. Aunque si lo sabía. Entonces fui a buscar mis cosas, volví, le di un abrazo y le dije que se cuidara o alguna de esas estupideces que se dicen por compromiso. Después fui hasta la puerta y saludé con un gesto a Candelaria que me respondió con una mirada llena de vergüenza. El sol me pegó en la frente y busqué las llaves del auto en el bolsillo pero cuando las encontré enredadas en los auriculares me di vuelta y volví a entrar.

Ezequiel seguía agachado atrás de la barra limpiando la freidora.

—Eh -dije golpeando con las llaves el menú pegado en la madera de la barra. Se dio vuelta con la mirada apagada.
—Vamos.
—¿Qué? –dijo alternando la mirada entre Candelaria, escudada detrás de la caja, y mi llave.
—Vamos -repetí.

Hernán salió del depósito y desde la puerta le gritó a Ezequiel si podía cambiar el disco de Zeppelin de una vez.

—Te espero afuera -le dije yo. Después volví a salir. Crucé el estacionamiento hasta mi auto y me apoyé en la puerta mirando la puerta del bar. Después miré el asiento del acompañante lleno de papeles de comida y todo me dio tanto asco que quise salir corriendo de ese lugar todo desierto y horrible.

Pero esperé.


Comentarios

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.