por Ernestina Godoy (@maritinagodoy)

Ilustraciones por Angie Juanto (@juantachipacito)
Instagram: @juantailustracion

Una tarde de finales de 1980, David Lynch tocó el timbre de Angelo Badalamenti y le dijo que era momento de componer la música de la serie. El músico sabía quién era Lynch, y también sabía que el soundtrack iba a ser tan importante como cualquiera de los personajes, sino más. Sería los sonidos de un pueblo destrozado porque una mañana de febrero la chica que enamoró a sus 51.200 habitantes apareció muerta y envuelta en plástico en una orilla.

Badalamenti se sentó frente a su teclado y Lynch le explicó las ideas básicas que el lenguaje musical tenía que trasmitir: “hay una suave brisa que sopla a través de unos árboles sicamores. Está la luna y se oyen sonidos de animales de fondo. También se oye el ruido de una lechuza y estás en el bosque oscuro. Llévame a esa preciosa oscuridad con esa suave brisa”. Y así fue como en su primera improvisación, Badalamenti decretó las acordes de una melodía que veintisiete años después evocaría camisas leñadoras y café en el bar local. Es la música que con la seducción de sus bajos remueve preguntas e inquietudes, que invita a revisar todos los ingredientes que la volvieron inclasificable y, lo más importante, buscar las preguntas escondidas detrás del mantra “¿quién mató a Laura Palmer?”.

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Anclado en 1990

No es necesario formular las viejas preguntas que surgieron al inicio de la serie para reconocer su grandeza. ¿Por qué Twin Peaks es tan buena? ¿Qué fibra estética toca en aquellos que quedan hipnotizados con los personajes sensualmente aborrecibles? ¿Marcó una era en el modo de contar historias en la televisión? Basta con reconocer el desafío cultural y televisivo de poner al aire una serie que, reducida a unas pocas características, suena como el cadáver exquisito que un megalómano soñó una noche pasado de drogas.

En la época de su estreno, abril de 1990, se podía hacer zapping y encontrar los nuevos episodios de los enredos de Alf, la camaradería de Cheers y el cinismo de Seinfeld. Twin Peaks era ese pedacito de cine que cada semana a las 21 hs perturbaba a la familia espectadora con la secreta vida de Laura Palmer y el excéntrico Agente Especial del FBI Dale Cooper.

Twin Peaks era una suerte de collage de tramas: misterio, amoríos juveniles, celos, actividades ilegales, violencia doméstica e intereses políticos. Cualquiera sea el gusto particular del espectador, podía encontrar su placer en un pedacito de la serie. Satisfacción garantizada. Eso hace difícil, también, adjudicarle un tono a la serie: ¿es una comedia?, ¿se supone que hay que reírse para aliviar la tensión que provoca un cuerpo mutilado? Si fuese necesario imaginar los derroteros mentales de sus creadores, Mark Frost y David Lynch, podría resumirse su proceso creativo como un constante “¿y por qué no?”. Ensayando un poco quedaría así:

– ¿Podemos hacer que la dueña del mayor aserradero de la región sea japonesa, una cultura completamente alejada del noroeste estadounidense?

– ¿Y por qué no?

– ¿Podemos hacer que uno de los policías sea extremadamente sensible y llore en las escenas del crimen, y que sin embargo nadie lo despida?

– ¿Y por qué no?

– ¿Podemos hacer que las escenas oníricas se sitúen en un cuarto que sea como la sala de espera de un teatro decorado como un bar VIP, donde los que asisten no dicen sus nombres y sea dirigido por un enano que no tiene cara de enano?

– ¿Y por qué no?

Y así toda la serie, sin escatimar audacia.

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Pueblo mío que estás en la colina

Las primeras averiguaciones de la investigación demuestran que la vida pública de Laura Palmer era una mentira. Su asesinato es el nudo que reúne la ilegalidad que late por debajo de Twin Peaks y nadie queda exento de sospecha. Los perfiles de los personajes se definen a medida que avanza la investigación y son puestos bajo el ojo de la sospecha. La tensión por dar con el asesino convierte en sospechoso a todo el entorno de Laura Palmer. Todos ofrecen explicaciones ambiguas y cargan con el peso de un secreto, pero ninguno es el que encubre al asesino. Los secretos que entorpecen la investigación de Cooper tienen que ver con sus familias, con sus amigos, con sus negocios y su reputación. Laura Palmer fue asesinada por todos los secretos que nadie develó.

Los árboles, los pájaros y las mudas montañas cultivan y protegen la fuerza que terminó con la vida de la reina de graduación. Los romances más intensos son los prohibidos, los buenos de corazón son incomprendidos, los poderosos se sientan sobre un pasado horrible. Twin Peaks es la segunda naturaleza que guía las intenciones de los que respiran su aire y habla con sus habitantes. Y como bien nos demostró Cooper al final de la serie, no es necesario haber nacido allí para ser su víctima.

El pueblo es vida con pulso propio. Se mezcla con las historias de sus pobladores y de un modo imperceptible juega maliciosamente con sus cabezas. Tuerce sus intenciones, aleja a los enamorados y tienta a los débiles de voluntad. El asesinato de Laura Palmer no pudo haber sucedido en otro lugar. El viento no sopla igual en otros bosques y, si bien los espíritus no obedecen fronteras, sí responden a las energías de quienes habitan las tierras.

El Agente Dale Cooper no es la excepción. A pesar de mantener su rutina personal intacta y sus intuiciones lo más claras posible, paulatinamente cede a una fuerza letal y silenciosa. El 24 de febrero Cooper llega a Twin Peaks para resolver el caso, fecha que −además de ser celebrada anualmente por los fanáticos de la serie− marca su entrada a un mundo compuesto de transgresiones y oscuridades. Las tentaciones carnales, la violación de sus límites como Agente del FBI humanizan al excéntrico detective y lo incorporan al boscoso paisaje.

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El Sherlock místico

Frost y Lynch bautizaron al detective con el nombre del famoso caso irresuelto de D. B. Cooper, el secuestrador que en los ‘70 saltó de un avión en pleno vuelo y desapareció. Dale Cooper, el que se convierte en amigo del sheriff Henry Truman y es adicto al café, se presenta en la comisaría con la soltura de quien comienza una nueva y feliz etapa. Tiene la frescura de quien desea evitar cualquier pregunta sobre su pasado y su templanza apenas desliza emociones en su cara. Al mismo tiempo, Cooper muestra una habilidad extraordinaria para leer gente y situaciones, y ser preciso con sus intervenciones. A pocas horas de llegado ya le había picado el boleto a Twin Peaks: “un pueblo donde la luz amarilla significa reducir la velocidad y no aumentarla”. Es Sherlock Holmes con su asombroso poder deductivo, pero salpicado con creencias acerca de energías, espíritus y tradiciones tibetanas.

Diane, su secretaria, es la destinataria y la interlocutora sin voz a la que destina todas sus reflexiones y grabaciones. La entidad de Diane ha sido cuestionada varias veces por sus televidentes: ¿es Cooper un esquizofrénico? ¿Diane es su alter ego, su esposa, su supervisora o simplemente su secretaria? ¿Con qué frecuencia Cooper le envía sus cintas? La identidad de Diane y su vínculo con Cooper han quedado más claros en “The Autobiography of F.B.I. Special Agent Dale Cooper: My Life, My Tapes”, un libro publicado un mes antes del último episodio de la serie en 1991. Allí se conoce parte de la vida del Agente antes del asesinato de Laura Palmer y explica el comienzo de su vínculo con Diane. Pero en lo que respecta a la serie, ella es sólo la huella de una presencia, la compañía justa que Cooper necesita para triunfar en sus investigaciones.

El Agente alimenta el misterio sobre el pasado que lo hizo ser quien es a través de las máximas universales que comparte con sus interlocutores, especialmente con el sheriff Truman. Cooper se mueve como un casto sabio que lo sabe todo porque lo ha vivido, que mantiene una distancia con la realidad para no ser salpicado por ella y eso lo convierte en autoridad. Sus lecciones de vida van desde lo más trivial como una taza de café: “Diane, nunca bebas un café que haya estado cerca de un pescado”, hasta consejos para evitar la locura: “la privación de sueño es un billete de ida a la psicosis temporal”. Se expresa, y a veces se mueve, como una gran enciclopedia a la espera de la ocasión adecuada para compartir su conocimiento: “¿sabes de dónde vienen los sueños, Harry? Las neuronas de acetilcolina disparan altos impulsos de voltaje hacia el prosencéfalo. Los impulsos se convierten en imágenes, las imágenes se convierten en sueños. Pero nadie sabe por qué elegimos estas imágenes en particular”.

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Asesíname

La pregunta que conmueve a Twin Peaks es “¿quién mató a Laura Palmer?”. Es lo que mueve la trama de la serie pero también es un modo de distraer al público. Luego del cuarto episodio queda bastante claro que preguntar por el asesino de Laura Palmer es preguntar quién era Laura Palmer. Las líneas de investigación que se tejen para responder por el asesinato llevan a explorar todos los aspectos de la vida de la adolescente que escapan al ojo del pueblo. La mayoría de los habitantes de Twin Peaks están implicados, lo sepan o no, en el camino que condujo a la joven a la muerte, y son las vidas de esos personajes las que conducen las pistas hacia el asesino. En última instancia, “¿Quién mato a Laura Palmer?” y “¿Quién es Laura Palmer?” se resumen en “¿Qué es Twin Peaks?”.

Bob, el espíritu que habitó un cuerpo para matar a Laura Palmer, no es propiedad comunal. Bob, el hombre que sencillamente viste campera y pantalones de jean, es usado por Frost y Lynch para decirnos que el mundo trasciende los límites de lo conocido. Es en los sueños y mediante los espíritus vistos sólo por algunos que este mundo termina de ser entendido. Aquél que sea un apropiado espectador de la serie deberá serle fiel y no buscar en las nuevas historias un cierre a las tramas que se bifurcan a partir del asesinato. Resulta casi un reflejo esperar que los nuevos episodios reúnan y aclaren las líneas argumentales divergentes de la segunda temporada, especialmente después de que Cooper haya roto el espejo del baño con su cabeza.

Lo que vino después −la película “Fire, walk with me”, el libro de Frost “The Secret History of Twin Peaks”− son recordatorios de la imposibilidad de clausura. Entrar al universo Twin Peaks, a sus infidelidades, traiciones, adicciones y negociaciones es multiplicar las facetas de sus habitantes; es andar a tientas buscando una explicación que encaje pero que esté muy lejos de ser exhaustiva. Y ahora hay más. El 21 de mayo se lanzará la tercera temporada, novedad que genera intriga y temor por partes iguales. ¿Será un desastre que pida respeto y no resurrección de los muertos televisivos? ¿Será la superación de sí misma de la serie, o un mero espacio de regocijo de sus añoñados seguidores? ¿Morirá como un rockstar a sus veintisiete años ahogada en su propio vómito por sobredosis?

Sin importar el resultado, el regreso de Twin Peaks abre la puerta a un pasado que invita a ser revivido. Es un regreso en el presente y una retrospectiva que recupera la atmósfera hipnótica de la serie. Cuando Twin Peaks termina, cuando somos desconectados de ese universo siempre vivo, queda la sensación de un extraño sueño que no ha sido placentero pero tampoco una pesadilla. Son las imágenes creadas por impulsos cerebrales que elegimos, sin explicación aparente, para decirnos algo. Es un sueño estimulante que queremos entender, como sucede con todos los productos de Lynch.

Despertar al final de Twin Peaks es salir de un trance en el que hicimos cosas que no quisimos y tampoco podemos recordar; es saber que solamente pudimos dejarnos llevar. Se parece mucho al amor por una muchacha hermosa, a la juventud que tiene sus propios caprichos y usa los cuerpos como peones, a la curiosa sed por lo extraño y oscuro; se parece a todos los tipos de amor. Despertamos de Twin Peaks repitiendo los versos de la canción principal:

The sky is still blue
The clouds come and go
Yet something is different
Are we falling in love?

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