por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

Tyrone José González. Con un nombre así, ¿quién necesita un pseudónimo? Y sin embargo el género tiene sus limitaciones, una de ellas es la imperiosa necesidad de un nombre corto y asertivo, que penetre en los oídos de los fanáticos y, si se puede, tenga reminiscencias del idioma madre del rap. Así surgen los Sony, Lit Killah, Dozer, y una infinidad de raperos que se dejan rebautizar por la música que aman, delimitando en ese acto originario de la nominación la frontera entre el yo-persona y el yo-rapero. Si uno no quiere entrar en esa lógica, se para de entrada como un rebelde y deberá defenderse de antemano de ataques que sin duda vendrán desde los adversarios: Dani sabe que su nombre deja que desear, y sabe cómo atajarse de los embistes con frases como “yo me puse el nombre que me dio mi mamá, porque no describe eso mi rapear[1]. Pero Tyrone José González elegirá como su nombre de renacimiento Canserbero, inaugurando así uno de los movimientos madres –sin duda el más notable- de toda su producción: la incorporación del elemento tradicional, sea de la religión o de la literatura, como masa amorfa y maleable sobre la cual el rap ejerce su fuerza de reapropiación y conversión en algo nuevo y distinto, donde el eco de lo pasado todavía está ahí para quienes quieran escucharlo pero ya de ninguna manera es esencial. Cualquiera que no haya leído ni la mitología griega ni a Dante puede escuchar “Es Épico” (de hecho, la gran mayoría de sus oyentes no conoce mucho de uno ni del otro). Tyrone toma al Can Cerbero, perro guardián del Hades griego, y lo adopta, a la vez que deja adoptarse por los imaginarios que la noción de un perro gigantesco de tres cabezas trae consigo. Pero modifica esa “C” intermedia por una “S”, gesto inútil y en última instancia intrascendente. Lingüísticamente tanto valen las dos para ese fonema, sólo ortográficamente se determina que la “C” es correcta y la “S” un error. Un Canserbero joven[2] (no tenía más de doce años al elegir el nombre) toma al perro como alter ego pero lo daña, le hace un tajo mínimo pero molesto, un tajo que es una herida no sólo al animal mitológico sino a una serie de tradiciones y normativas que en conjunto determinan que Cancerbero se escribe con “C”, y luego habita esa herida para siempre. Desde ahí se sube al beat, así suelta las primeras barras.

Vida

Hablar de la vida de Canserbero es hablar de las muertes que la cimentaron: la de su madre, en 1997, y la de su hermano, asesinado tres años después. De este último, particularmente, será subsidiaria toda la retórica agresiva y revanchista (“Esta canción no es para nadie que no tenga ganas de matar a alguien”), así como sus influencias del Hard Rock y el Hip Hop.

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Yo les juro que los títulos de los dos únicos álbumes que publicó como solista se llaman Vida (2010) y Muerte (2012). Con la robusta coherencia que guio toda su producción, los títulos tratan los dos temas que obsesionan al rapero venezolano, nacido en 1988 (¡hace sólo 29 años!) en los barrios bajos de un país en eterno conflicto consigo mismo y con el mundo. La frontera entre vida y muerte no es para Canserbero un absoluto ni en el más básico de los sentidos: nadie muere, nadie realmente vive. Todo hombre vivo en sus letras no es sino un subsidiario de una muerte que debe vengar o reponer, todos los muertos se presentan y se ausentan sea como personajes, sea como motivaciones. Las narrativas individuales no se detienen en el momento de dejar la vida. Pero, incluso bajo este marco y con la propensión del género a la retórica cristiana, hay en Canserbero un agnosticismo que no cede ni aun cediendo, que aun mirando a Dios a los ojos desconfía de su existencia. No reduce ni se deja reducir a un más allá material y tangible, pero tampoco lo pone en duda.

Su Yo poético, el que encabeza los enunciados, está siempre asediado por un mal que proviene de quienes lo rodean pero que no puede identificar exactamente. El miedo a la traición sobrevuela incluso las canciones de amor y propulsa las de odio. No quiero entrar en psicologismos y de hecho no voy a hacerlo, pero sería negligente no reponer acá que Canserbero fue diagnosticado con trastorno de identidad disociativo, esquizofrenia y depresión.

Nunca se quiso tratar.

Es épico

Cómo negarle esa verdad al título, un título que afirma tanto como anticipa y apuesta. Un título que promete y cumple, que avisa lo que narrará: la gran épica del rap en castellano. Una relectura de Dante (o una lectura a secas, no me consta que Canserbero haya leído la Divina Comedia) que es también su reescritura, su actualización, su puesta en juego. Su más perfecta traducción en todo sentido, al género, al idioma, del sentimiento, para un nuevo público (que tampoco leyó la Divina Comedia, en su mayoría) y sobre todo al tiempo y al tiempo de una vida –la de Canserbero-. Si el poeta que narra la Divina Comedia se encuentra “en el medio del camino de su vida”, Canserbero es consciente de que se ubica en el final de la suya. Si aquél penetra las puertas del Infierno entre curioso y perdido, el venezolano se zambulle y sublima en su propio pecado, llega al Infierno por condena y no por turismo.

El tema ya empieza anticipando el ritmo y la temática, el poeta narra la ansiedad y la histeria de aquel que sabe que terminará el día criminal o muerto por vengar la muerte de su hermano. Como en Dante, las referencias autobiográficas son ineludibles. La base acelera y el rapero parece no respirar mientras nos cuenta una persecución en moto y una ráfaga de disparos, en la que inferimos que él también resulta herido: “Lloro de la arrechera mientras en la acera caigo/ Escucho a una señora que grita que mataron a Carlos/ Solo ahí fue cuando sonreí aliviado porque Carlos/ Fue el bastardo que mato a mi hermano”. Si el tema terminara acá, ya justificaría el título. Pero Canserbero muere aliviado por haber logrado su venganza y en una imagen de extrema plasticidad, prácticamente la presenciamos, explica su contacto con el más acá del más allá: “Siento un olor a perfume veo una luz en un túnel/ Un fuego que me consume se empezaba a ver atrás/ No dejaré que me abrume el fuego/ Seguiré hacia el túnel, pensé, pero seguir no pude/ Porque me halaron pa’ atrás”.

Es así como nuestro rapero cae, literalmente, en el Infierno. Caronte lo lleva con el Can Cerbero, quien no lo muerde porque le gusta su nombre. Y empieza la épica propiamente dicha: es condenado a una eternidad de sufrimiento por vengativo y asesino. Sin Virgilios, sin guías exploratorios, sin mapas. Para conocer el Infierno deberá chocarse con las cosas. Allí se suceden versos de alto vuelo descriptivo donde se vislumbra la putrefacción y lo escatológico del ambiente. Y, en un gesto muy dantesco[3], Canserbero enumera las personalidades que se encuentra y que también han sido condenadas: “Shans Rosell y Washington, José de San Martin y Gandhi/ Cristóbal Colón, Isabel de Inglaterra transformada en perra desnuda/ Supe incluso estaban Bolívar y Buda/ Son demasiadas dudas pensamientos vagos/ ¿Gente buena en el infierno o es que en algo fueron malos?” Este pasaje, sublime tanto acá como en Dante, demuestra la astucia de un poeta que describe al tiempo que condena al tiempo que se lava las manos. Al colocar a estas personalidades en el Infierno, implícitamente está demostrando que el enunciador detrás del narrador (detrás del yo-poético) considera que estas personalidades deben arder en el Infierno, pero el Yo se deslinda de tal condena derivando la responsabilidad a fuerzas desconocidas (Dios, en Dante. No sabemos bien quién en Canserbero, es una pregunta retórica lanzada al vacío). ¿Por qué está Gandhi en el Infierno? Andá a saber, responde el narrador. Yo sólo narro lo que veo.

Entonces Canserbero se cansa definitivamente de nadar en mierda y empieza a desafiar, perdido por perdido, al mismísimo Diablo a una batalla de rap. El gesto no es nuevo y es harto remanido en la historia de la literatura; de hecho, el mismo narrador da cuenta de recordar “la leyenda de un tal Florentino”, en referencia al poema de Torrealba. Nosotros mismos tenemos a Santos Vega y su derrota en un contrapunto contra Satanás disfrazado, y la extensa literatura del Negro Dolina con sus Hombres Sensibles que se encuentran al Diablo en todas las esquinas de Buenos Aires.

El resto es historia: aparece el Diablo, acepta el duelo a condición de jugarse el alma  del padre de Canserbero, quien acepta porque “nunca he sido de los que se cagan”. La batalla de 4×4 (cuatro líneas por entrada para cada rapero) es lo mejor que se ha escrito del género en castellano al día de la fecha[4]. No quiero hablar mucho encima de estos versos (“No tengo nada que decir, sólo que mostrar[5]), pero recalco el contrapunto respecto de la existencia de Dios (¡que se pone en duda aun cuando están en el Infierno, prueba definitiva de la vida trascendental!): “¿Cómo puedes hablar de Dios si eres ateo?” tira el Diablo, Canserbero le responde “Dudar y no creer es algo muy distinto, si dudo de Dios es porque no lo he visto”.

Canserbero vence, naturalmente. Vuelve a la vida “y el corazón tucum tucum tucum”.

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Muerte

A principios de 2015, luego de repetidos episodios psicóticos y graves cuadros de depresión, Canserbero recibe la invitación de su amigo Carlos Molnar y su esposa Natalia para hospedarse en su casa y recibir así contención cotidiana. Los tres habían participado de una gira que Canserbero hizo por Latinoamérica a partir de su disco Vida.

El 20 de enero de 2015, Canserbero, presumiblemente tras un ataque esquizofrénico, apuñaló repetidas veces a su amigo Carlos en su habitación, al lado de su esposa. Luego se suicidó tras saltar por la ventana del departamento, ubicado en un décimo piso[6]. (¿Se dieron cuenta de la tenebrosa autoprofecía? “en la acera caigo/ Escucho a una señora que grita que mataron a Carlos”).

Un rapero que creía sólo en el Infierno, porque lo había vislumbrado en vida. Que sabía que ahí se dirigía (mierda, si hasta sabía el nombre de la víctima que iba a condenarlo). Y que ahora, seguramente, esté bramando como un desquiciado para que se presente ante él, trajeado, el único que puede hacerle frente en un freestyle. Y más le vale al Diablo que esté a la altura de los versos que para él se habían imaginado.

***

P.D.

 Arrojado violentamente a un espiral de muerte, Canserbero vivió entre fantasmas de venganza, genialidad y poesía.

Perdónenme si así y todo miro su vida y pienso: Quién pudiera.

Ojalá, estés donde estés (¿estás?) hayas encontrado la tranquilidad.


 

[1] Todas las notas al pie serán comentarios personales o anécdotas estúpidas mías que no quise incluir en el texto para no manchar la memoria de Canserbero. La primera vez que quise escribir la frase de Dani sobre su madre y su nombre, escribí de memoria “rapeo bajo el nombre que me dio mi vieja”. Nótese la carencia absoluta de gracia de lo que yo recordaba en comparación con “yo me puse el nombre que me dio mi mamá”, que no es sino la transformación de una frase memorable soltada espontáneamente en los balbuceos pseudointelectuales de un estudiante de Letras. Esa diferencia, la diferencia entre decir “mamá” porque me salió en vez de decir “vieja” para hacerme el malo, la diferencia de no haber recordado el punchline espectacular de “no describe eso mi rapear”, como si Dani fuera él mismo un estudiante de Letras preocupado por la nominación de las cosas y no por la calidad de lo dicho, esa diferencia es la que eleva al rap, a mis ojos, por encima de cualquier poesía contemporánea; y una vez allá arriba, me cierra la boca de puro admirar. Me hubiera gustado que esta nota careciera del todo de palabras mías y no fuera más que una transmisión perfecta de la reacción que en mí se produce cuando escucho “Es Épico”.

[2] Para decirlo mal y pronto, me chupa un huevo si se equivocó efectivamente al escribir su nombre por primera vez (la cultura del rap es eminentemente oral, donde “Cancerbero” y “Canserbero” no tienen diferencias). Porque si fue un error, jamás lo corrigió. Y la rebeldía a medio camino tiene que ser indistinguible de la rebeldía inicial. Otros sugieren el juego con la expresión “Ser vero”, ser verdadero. De lo que no hay duda es que, en algún punto, la deformación se tornó intencional.

[3] Es por este pasaje que yo creo percibir una lectura previa de Canserbero de Dante. Pero también es interesante pensar, si Canserbero no leyó a Dante, cómo una intuición similar puede surgir en épocas tan distantes y en personas tan diferentes.

[4] Mi único problema con esta canción es que creo que los versos que Canserbero le asigna al Diablo son mejores que los que se atribuye a sí mismo. Ya el comienzo “Antes que nada te maldigo/ que sufras el peor de todos los castigos/ ¿cómo te atreves a retarme en castellano/  y en este ritmo tan pobre como el suelo donde te has criado?” es demoledor.

[5] Benjamin, La obra de los pasajes. Dispénsenme la responsabilidad de citar con APA, por favor.

[6] Su familia, al día de hoy, niega que Tyrone haya tenido nunca problemas psiquiátricos o neuróticos. Los fanáticos de Canserbero hacen proliferar teorías conspirativas de asesinato. Casi todas culpabilizan a Carlos Molnar de asesinar a Canserbero por haberlo encontrado con su esposa Natalia, y a Natalia de asesinar a Carlos mientras se defendía del ataque de su esposo. El caso está cerrado para la justicia.

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