Autor: Federico Frittelli (@fedefrittelli)

 

Yo te cuento, pero necesito que sigas con detalle lo que voy narrando, que no te pierdas en el hilo de la trama hasta que lleguemos juntos al final.

Es un bolo alimenticio que baja por la garganta de una señora ya mayor, pelo que debería ser canoso y en su lugar es de un rubio espectacular. Esa sustancia semisólida que atraviesa el tracto digestivo superior es la gran protagonista de la narración. Hace menos de un minuto era nada más que una decimosexta parte de un bizcochuelo de vainilla y chocolate que Aurelia Juárez compartía con su hija, Valentina Iriarte, recién venida de Buenos Aires por cuestiones de negocios (el trabajo de Valentina implica manejos y desmanejos de plata, no creo prudente contarte sobre eso todavía: te distraerías y realmente necesito que me sigas en esto). Madre e hija sentadas, una frente a otra, conversación banal, cómo te está yendo, bien bien, la ciudad es una locura pero allá es donde pasan las cosas, no seas mala con Córdoba que no tiene nada que envidiarle, tiene todo que envidiarle, mirá vos como te compraron con un par de luces y un poco de ruido, ojalá Córdoba tuviera por lo menos luz, jaja en eso tenés razón, etcétera. Yo te lo resumo porque sé que te cuesta, porque no llegamos a la parte que sirve todavía. El bizcochuelo no se ha movido del centro de la mesa y ahora conforma una especie de artilugio geométrico para medir el exacto grado de separación entre las dos, punto en el cual uno debería clavar la espina metálica del compás para trazar la curva que encierre para siempre (todo lo hipotético es eterno) a Valentina y Aurelia. De la circunferencia total sólo está recortada una pequeña porción, la que, esto ya te lo dije, está bajando por el esófago de Aurelia en este preciso momento (es importante que captes la simultaneidad, que sepas que tenés algún grado de incidencia todavía en lo que pasa) mientras Valentina piensa extrañada en que jamás había visto salir a su madre de la rutina de té con frutas a la merienda, la incorporación de harinas sin duda no le sería para nada beneficiosa a un cuerpo que cargaría la semana siguiente ya con sesenta años, sesenta traslaciones, cuatro generaciones, el período de tiempo que le llevó a la humanidad pasar desde el aeroplano de los hermanos Wright al primer hombre en la Luna, un pequeño paso, un gran salto, ¿viste?, si no estás atento, yo no voy a estarlo. Yo sé, tenés ganas de revisar el celular. Un poco más te pido, sólo eso.

Valentina, la hija, estira la mano por pura tentación y recorta un pedazo de bizcochuelo mientras escucha a Aurelia demorarse largamente en nimiedades del manejo de su empresa, los empleados son todos unos inútiles, una hija de puta en Nueva Córdoba me está robando la receta de los brownies, y así y así, de manera que no se da cuenta de que, mientras se lleva el primer bocado de bizcochuelo a los dientes blancos y gigantescos, un brillo inusual atraviesa los ojos de su madre, hábil conversadora, capaz de separar discurso de emoción incluso cuando todo está en juego. Y ahora el segundo bolo alimenticio de la tarde recorre el segundo esófago y ya todo está medio cocinado, ¿viste lo que hice ahí?, un chiste, deberías haber reído, pero está bien, me dicen que no puedo exigirte nada, que es culpa mía. Está bien. Valentina mira con ojos distantes a su madre sin escucharla y se pregunta cómo fue que todo se arregló tan rápido si, desde que decidió abrirse del negocio materno y fundar su propia franquicia de tortas hasta hace dos semanas, ni se dirigían la palabra. No sabe si sentirse contenta o preocupada, las buenas noticias siempre atraen a lo siniestro, pero mastica, y mastica con la firmeza de a quien no le importa lo que come, ¿seguís conmigo? Te juro que ya viene, porque Valentina ve que su madre se lleva la mano a la boca para toser, una a dos veces en la primera oración, dos o tres en la segunda, cinco o seis en la tercera, la secuencia de Fibonacci: cero, uno, uno, dos, tres, cinco, ocho, no es tu culpa, repetítelo como un mantra, no es tu culpa si seguís leyendo y el cuello de Aurelia Juárez, Madre Fundadora de las Empresarias de las Tortas de Zona Norte, se tiñe de un azul opaco, azul como de irse a dormir, azul como abandonar, azul como volver a casa demasiado temprano, y cada vez tose más seguido y, claro, ya no puede hablar más, quizás nunca más desde la perspectiva aterrorizada de Valentina, cuyos premolares almacenan todavía una ínfima cantidad del bizcochuelo que se desgrana en su estómago, ¿qué hacer ahora?, ¿vomitar?, ¿llamar a una ambulancia?, ¿comer otro pedazo de bizcochuelo?, te estoy preguntando a vos, eh, Valentina ya lo sabe, pero vos tenés que decidir, yo ya estoy muy cansado, francamente, es difícil mantener tu atención tanto tiempo y así y todo creo que vale la pena todavía contarte estas cosas, dejarte algunos hilos sueltos para que los ates, aunque sienta que no me estás dando bola, que soy una Instagram Story más en ese larguísimo día que vas a tener, pero bueno, entiendo. ¿Vos cómo estás? ¿Bien? Me alegro. Realmente creo que me alegro.


 

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