Pulsión, matrimonio, y sexo: el deseo del Otro

[Monogamia. Matrimonio. Poliamor. Clóset. Deseo. Otro. Estructuras. Heteronormatividad. Pulsión. Objeto. Psicoanálisis]

por Lautaro Carrera (@lautyrace2 )

No sé por qué (sí sé por qué) hace tiempo me da vueltas en la cabeza la pregunta de qué es lo que hace que cueste tanto internalizar aquellas conductas que son las que conducen a relaciones más sanas, más consensuadas, más felices.

Hay toda una tradición que históricamente ha criticado el matrimonio, su inicio (no sé cuán comprobado históricamente) como contrato de comercio de mujeres a cambio de la unión de patrimonios familiares, la ausencia de amor, lo contranatura de la monogamia, lo indómito del deseo, lo impuesto, lo coercitivo y, aún así, la gente (incluso la iluminada) se sigue casando.

Se redefinen los mandatos, se flexibilizan las condiciones, el amor, como sea que se lo entienda, está en juego y, sin embargo, la gente se sigue casando. La monogamia sigue existiendo, las relaciones abiertas y el poliamor aparecen como aquellos formatos que “naturalmente” irían más acorde con la lógica propia del deseo como indómito o de lo “químico” que no es agotable a un sólo partenaire y, aún así, siguen costando y sigue siendo necesario hablar mucho, ser muy sinceros: mucho laburo, mucho pasito de bebé.

Uno podría caer en explicaciones de corte “resistencia al cambio” propias de la tradición sistémica o en el miedo a la incertidumbre de salir de las estructuras conocidas y entrar en el campo inentendible del deseo del otro sin construcciones de sentido más o menos esterotípicas que me permitan anticiparlo pero dudo, desconfío.

Desconfío principalmente porque hay otras experiencias de “reencuentro” con lo que verdaderamente quiero (mi “esencia”) que contradicen estructuras y estereotipos culturales que, más que causar incertidumbre, causan alivio. Por ejemplo, la experiencia de salir del clóset, al menos para mí, fue atemorizante antes de atravesarla y fue absolutamente liberadora luego. Fue una suerte de encuentro con mi “verdadero” camino, con mi “verdadero” deseo, digan lo que digan las estructuras sociales y los estereotipos de la heteronorma y etc, etc.

Entonces ¿por qué soltarle la correa al deseo (liberarlo de las cadenas de la monogamia normativa) es tan atemorizante?

Lo primero que se me ocurre es en la relación entre la pulsión y su objeto. La pulsión es un concepto psicoanalítico más o menos complejo que interroga uno de los componentes esenciales de la subjetividad humana y tiene que ver con las ganas de hacer cosas. La pulsión no son las ganas, pero está en la génesis de las ganas, es una medida de trabajo que se le impone al psiquismo con el objetivo de cancelar la tensión energética causada por la insatisfacción. Quiero hacer (algo) y estoy hinchado las pelotas hasta que lo hago, luego quiero otra cosa y el ciclo comienza de nuevo. Algo debe hacerse con la tensión causada por la insatisfacción pulsional.

El tema, en este sentido, es que la pulsión es absolutamente indómita, ilógica y no soporta límites. Más o menos responde a la idea de que “el ello no puede esperar” que estudiamos todos en la psicología de cabotaje que nos dan en el secundario. Esta imposibilidad de soportar la espera nos permite interrogar cómo es que, entonces, hay quienes (la mayoría de nosotros) soportan la espera. ¿Cómo logramos hacer esperar a lo que no puede esperar? Una de las explicaciones, uno de los límites que la pulsión más o menos acepta de mala gana, es el dolor del otro. Esta idea no es mía, le pertenece a Freud primero y a Jaime Fernández Miranda (un capo, habla de esto acá https://www.youtube.com/watch?v=Zxcf4tzefO0&t=1469s), que básicamente consiste en que lo que frena el despliegue pulsional que implica el uso desmedido del cuerpo del otro como objeto que sólamente sirve como medio para la producción de satisfacción, pura descarga, sin miramientos de los daños que de dicho uso pueda devenir, es el dolor del otro. No la norma, no el reto, no la ley ni el miedo al castigo, sino el dolor del otro. Por ello, es necesario reconocer la humanidad en aquél o aquella que la pulsión lee como cosa, aunque dicho encuentro con la humanidad, es decir, con la otredad del otro sea, paradójicamente, difícil de soportar.

Como todo en psicoanálisis, es fácilmente ejemplificable si se piensa en la actividad de los niños. Cuando los niños nos pegan, cuando nos tiran del pelo, cuando rompen las cosas que a nosotros nos gustan ellos no saben que nos están haciendo doler. Son niños y lo entendemos. La estructura de la pulsión es esa: pura descarga sin miramientos. Cualquier hijo de vecino diría ok, pero luego crecemos y ya no somos así. Cualquier psicoanalista diría, por el contrario, que la pulsión es una y siempre la misma, que toda neurosis es infantil y que en el inconsciente no existe desarrollo, no existe temporalidad ni principio de no contradicción. Lo que resiste al puro despliegue pulsional es, a mi criterio, el dolor del otro y, por qué no, su deseo.

Quizás por eso los nuevos formatos de relación que se presentan a sí mismos como más sanos son aquellos que más cuestan. No sólo porque es necesario “deconstruir” (lo que supongo que viene a significar desandar el camino de nuestra “socialización”, ponele) sino que aquellos tipos de relación que más nos obligan a encontrarnos cara a cara con el deseo del otro, aquellos en los cuales tenemos que ser “sinceros” respecto no sólo a que queremos estar con otras personas sino más aún a que nuestra pareja puede querer estar con otras personas (es decir, no ser únicos), nos posiciona frente a lo más temible que conoce la subjetividad humana tal como el psicoanálisis la entiende: el deseo del Otro. El deseo del Otro en su cara más indescifrable.

“Más” es una manera de decir, el deseo del Otro no es descifrable nunca, aunque nuestro yo haga uso de los armados de sentido que hoy pretendemos deconstruir para armar la ficción de que es posible entender, manipular, controlar al deseo del Otro de manera tal de que me quiera. Es decir, durante nuestra trayectoria edípica todos, todas y todes tomamos de la pareja parental o de quien sea aquello que nos permitirá ganar la revancha de la batalla que perdimos en el Edipo.

El Edipo es, básicamente, querer estar con esa mujer. Estar con esa mujer no se puede porque ella lo prefiere a él. ¿Por qué lo prefiere a él y no a mí? Porque puede lo que yo no puedo. Parafraseando a Tronchatoro, él es grande, yo chiquito, él es inteligente, yo tonto, él tiene determinadas características que yo no tengo pero que me voy a esforzar por tener para un día, más adelante, parecerme a él como forma de garantizar que seré deseado por una mujer como esa. ¿Es posible dicha garantía? No, pero como no hay nada más angustiante que la imposibilidad, nuestro yo cae en la trampa identitaria: existe un modo de ser (más o menos cultural) para ser amado/deseado. Por ello, la libertad del Otro y, específicamente, la libertad del Otro de no querernos más es tan insoportable. Por ello, se han creado y han sido tan fácilmente internalizados modos de relación que intentan (y fallan) coartar las oportunidades de los otros para conocer a personas “mejores” que nosotros y que, en un análisis costo/beneficio tan neurótico como inexistente, dictaminen que no somos lo suficientemente buenos y nos abandonen.

Ahora, la institución matrimonial, por ejemplo, ¿alguna vez logró evitar el desamor? No. ¿Hay forma de evitar que una persona deje de amarnos? No. ¿Hay una forma de ser que nos permitirá ser deseados por la persona que nos gusta? Tampoco. Los formatos de relación “libre”, a mi criterio, sólo ponen sobre la mesa el hecho de que la libertad es bastante insoportable para la subjetividad humana, tanto la propia como la ajena. Por ello, además, quizás sea más fácil pensarnos a nosotros mismos teniendo sexo con personas fuera de la pareja, pero no sea tan fácil pensar a la pareja en la misma situación. La relación pulsional es con un objeto sobre el cual se pretende la pura descarga, sustituible, siempre decepcionante, incapaz de producir la satisfacción deseada, y por eso se complica cuando el objeto de repente es una persona irremediablemente Otra, cuyo saber sobre su deseo se nos escapa.

Por ello quizás, también, sea necesario poner sobre la mesa la cuestión del dolor. Por ello, quizás, sea necesario recuperar el debate sobre la ética, sobre cuánta felicidad y ausencia de conflictos podemos pedirle a los nuevos formatos de relación que, como los viejos, se edifican sobre el terreno movedizo del deseo humano (el del Otro, el propio, si es que son diferenciables). Por ello, quizás, como este texto que comenzó hablando del dolor y terminó versando sobre la libertad, no nos quede otra que ponernos a hablar sin hoja de ruta.

A ver qué pasa…

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