Punk’s not dead: no poguiés que no es charquito

[Punk. Muerte. Ironía. Sensibilidad. Sid Vicious. MTV. 47 Street. Contracultura. Inglaterra. Margaret Thatcher. CBGB. Sex Pistols]

por Patricio Perez (@sandiaconqueso)

Entonces imaginate que vas con un amigo un día y le decís:

—Che, Juancito no se murió. Ayer estuve tomando unos mates en su casa.

¿Qué pensará tu amigo? O que estás mal de la cabeza, o que por ahí estás deseando que Juancito muera —y comunicando una frustración, hipócrita además, porque encima vas y tomás los mates y le comés los Don Satur—, o que simplemente te divierte dar información irrelevante, redundante, obvia y sin embargo fatalista.

Lo cierto es que, dado el contexto, no sólo es inútil aclarar que Juancito no está muerto porque lo viste ayer —y compartiste unos mates, y fuiste a su casa y te despediste y seguía vivo, ¿a tu pesar?—, sino que es morboso: ya instalás la idea de un Juancito muerto. ¿Está terminalmente enfermo? ¿Planeamos que alguien lo asesine? ¿Por qué es novedad que Juancito siga lo más campante por su casa, recibiendo visitas y chupando bombillas?

No saltes que no es charquito, dice el adagio. Esto, que es sentido común, obedece a una regla básica de conversación: no des más información que la necesaria, de lo contrario voy a inferir que me estás queriendo decir algo distinto a lo que me estás diciendo. Lo que sería una buena noticia (Juancito está vivo, ¡qué bien, queremos tanto a Juancito!), de repente me autoriza a imaginar los escenarios más retorcidos: un cáncer pancreático, una conspiración, un rencor asesino de larga data. Otro adagio, nunca mejor dicho: no aclares que oscurece. La idea de Juancito con los pies para adelante ya está presente como un fantasma.

¿Pero qué pasa cuando este coqueteo fantasma con la muerte, más no sea para negarla, se vuelve bandera de un movimiento cultural?

Empecemos haciendo una salvedad. A semejanza de las personas como Juancito, los movimientos culturales (y especialmente los contraculturales) pueden decaer y morirse. Pero, a diferencia de personas como Juancito, esto no ocurre de un día para el otro ni por iniciativa de un solo desquiciado con un revólver.

Los movimientos culturales son, por decirlo así, más proclives al cáncer pancreático: una lenta decadencia que acabará en la muerte o en la transmutación, que en el caso de movimientos como el punk significa la vergonzosa aparición de camperas con tachas en la vidriera de 47 Street. En el ínterin, mientras dura esa lenta decadencia (lenta es realmente lenta: tres generaciones y contando), la principal quimioterapia consiste en un grupo de tipos con chupines que enarbolan una bandera de arpillera pintada con un stencil que reza: “Punk’s not dead”.

Lo que nos permite imaginarnos una vez más a Juancito, enfermo de un cáncer terminal que se prolonga, y a todos sus amigos al lado con banderines que dicen: “¡Juan no se murió!”. Y no, pero tampoco se lo ve brincando por un campo de girasoles.

Hay en esta necesidad de recalcar lo obvio (que, debido a esta misma necesidad, al parecer tan obvio no es) un reconocimiento implícito, y es que, tanto para Juan como para el punk, “los mejores días ya pasaron”. Esto es, si elegimos pensarlo como un movimiento con un nacimiento, un apogeo y una decadencia, más o menos como una persona. Si los mejores días ya pasaron, ahora se piensa sólo en la muerte, y en la muerte como algo a lo que hay que resistirse: no sólo la muerte física de Juancito, sino la muerte de su legado (“cebaba los mates más ricos del barrio”), es decir, el olvido.

En el caso del punk, se suele ubicar su apogeo hace más o menos cuarenta años, más precisamente en torno al annus mirabilis 1976. Bien cerca de su nacimiento, además. Suele señalarse, inmediatamente, que a partir del affaire femicida y suicida de Sid Vicious, el punk empezó a decaer tan rápido como había surgido. En términos estrictamente biográficos, el punk tuvo la escalada más meteórica, el apogeo más breve y la decadencia más larga del mundo. Imaginate nacer y a los dos años ser un pelado monotributista, y quedar así por el resto de tu larga vida.

Desde que se reconoce que el apogeo ya pasó y que el paso lógico que sigue es la muerte, surge la resistencia a esa muerte: resistencia que, al menos para explicar por qué existe, debe invocar la muerte misma. “Punk’s not dead”.

Si dejamos los eslóganes de lado, ¿qué significa realmente esta resistencia? Mantener viva “la esencia” del punk significa prolongarla, a veces más allá de lo necesario y sin someterla a una adecuada revisión. Para hacer vivir el punk, para hacerlo durar, se impone la necesidad de recuperar (ni siquiera reciclar, ya quisiéramos) sus ideales y sus valores, como si el mundo fuera hoy el mismo que era en la Inglaterra de Thatcher o cuando el CBGB era más que un museo.

El punk, que venía a demoler en dos minutos treinta el empaquetamiento altisonante de un rock que ya había perdido su norte de rebeldía y se dedicaba a tocar escalas mixolidias en la flauta traversa, se convierte así (y este es el destino más triste) en una nueva ortodoxia.

Y la ortodoxia implica, en algún punto, un moralismo. El moralismo significa aquí, en primer lugar, pretender transmitir los valores en sí mismos. En esta línea reflexionaba Lucas Asmar Moreno en el podcast de Nadie es Cool hace dos semanas con una frase: “cambiar el chip no es cambiar el hardware”. Asmar señalaba que valores como la “revolución” o el “cambio social” son meras palabras si se piensan fuera de la circunstancia social (fuerzas en juego, configuraciones de poder) en la que tienen origen. Es tan burdo como imaginar a un padre punk diciéndole a su hijo adolescente: “¡o te hacés anarquista o te vas de mi casa, pendejo!”.

Por otro lado, tampoco parece ser la solución transmitir la historia por sí sola porque, como la memoria, está continuamente sujeta a revisiones [1]. Si no, fijate cómo se romantizaba hasta hace unos años el episodio violento de Sid Vicious como el de alguien que “llevaba sus ideales al extremo”.

Visto así, e incluso dejando de lado sus peores aspectos, el “punk’s not dead” no deja de ser nada más que una constante reivindicación del pasado. Escuchar a los Pistols cantando “no future” cuarenta años después es un acto de ironía letal: ¿es que no había futuro, o es que de tanto negarlo el futuro les terminó pasando por encima?

Como todo en lo social, para bosquejar el devenir del punk como movimiento, quizá sea menos útil intentar abarcar el movimiento como un todo antes que intentar retratar trayectorias individuales.

Así, mientras “el punk” es asimilado como un stock de vidriera (al fin, ¿qué menos moralista que el negocio puro y duro?), “los punks” que conocimos se han volcado a ser budistas, bailarinas de hip hop o programadores. Cada uno ha optado, en fin, por una trayectoria que se nutre de (y luego discute a) la ortodoxia del punk y a cualquier ortodoxia: rescatando lo que hay de verdaderamente bueno en ella, y descartando todo lo otro, cada uno dibujó sus propios intereses en su vida en base al scorzo de un movimiento que, alguna vez, los quiso abarcar pero también homogeneizarlos.

Poniendo el ejemplo de los casos que conozco: el punk programador no reconoce la propiedad y la autoridad y se dedica al software libre; la punk bailarina de hip hop recupera la potencia y la energía de un movimiento que se pudrió de anquilosamiento burgués; el punk budista quiso encauzar la salvación colectiva por la vía espiritual. A ellos les une un pasado en común, y quizás nada más que eso.

Visto así, “el punk” queda como una carcasa vacía que podemos regalar sin penas al mercado para que lo aproveche como trampa para cazar a la próxima generación de bobos rebeldes como nosotros lo fuimos, más cerca de MTV que del straight-edge. Pasados unos años, cada uno sacará del punk lo que le sirva, y el punk seguirá muriendo y reviviendo como el zombie pestilente que le encantaría ser, gracias a la energía que irradia.

Lo que es como decir que si Juancito muere al final, no vamos a caer en la pelotudez de organizar una mateada homenaje en el centro vecinal, donde todos nos juntamos a lamentar el pasado que no vuelve. Una actitud realmente punk, más que el tiro de gracia al pobre Juancito, es ocuparle la casa ahora vacía y hacer todos una ronda en torno a su eterno equipo de mate.


[1] Dice el filósofo italiano Bifo, en una entrevista con el Colectivo Situaciones (Tinta Limón), cuando le preguntan justamente sobre los movimientos políticos de izquierda en Argentina: “El problema de la transmisión es enormemente delicado, complicado. No puede ser reducido a un problema de transferencia de contenidos de la memoria política (la historia de la resistencia pasada, etc). No puede reducírselo a un problema de transferencia intergeneracional de “valores”, porque esto es inevitablemente moralista y los valores no significan nada por afuera de las condiciones sociales, técnicas, antropológicas, dentro de las que se modela el comportamiento humano. […] Por cierto es importante narrar la historia de las revueltas pasadas, es importante la memoria histórica y política. Para esto sirve mucho más la literatura que la política.

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