por Lucio M. Flores (@sandiaconqueso)

Un amigo dijo una vez que el under es una máquina de asustar gente obtusa. Eso puede parecer una descripción incompleta, pero al menos explicaría por qué nunca vemos empresarios exitosos ni modelos eslovenas en esos sucuchos donde sucede eso que alguien, alguna vez, llamó under.

Lo que habría que preguntarle a mi amigo es qué entiende él por gente obtusa. Es cierto que se requiere cierta apertura mental para entrar en un bar donde un hippie está aullando con el pelo lleno de brillantina… pero es igualmente cierto que en esos lugares yo también he encontrado gente terca como una mula a la que, casualmente, le interesaba la vida de ese zoológico bizarro pero que no era un ejemplo de empatía y humildad, que digamos.

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Y así, apilando una a una todas estas cuestiones (¿qué es el under? ¿una escena, un público, una oferta? ¿qué es dejar de ser under? ¿qué es eso que está enfrente del under: el éxito comercial, el endiosamiento artístico, la gestión empresarial, o simplemente una vereda con luces y un McDonalds?), es como algunos holgazanes sugieren que simplemente habría que dejar de hablar de under. Me parece muy bien, pero como todo lo que el posmodernismo cuestiona, todavía no se encontró una palabra mejor para describir a un hippie con el pelo lleno de brillantina. Under se llama por ahora, y esa sola palabra bastará para que tu vieja piense que te juntás con un montón de drogadictos. Punto aparte.

No podemos abstraernos demasiado en teoría sobre el under. Ponele que se vive, no se explica. No es, ante todo, un término denigrante para englobar a un montón de fracasados que no han encontrado la forma de poner su disco en Yenny; son, simplemente, los que no buscan a Yenny, al menos por el momento. El under es una oferta cultural que va por enfrente o al costado del shopping… o, si querés, “por debajo”. Una extraña mezcla de Lou Reed con las Tortugas Ninja, pero infinitamente válida (si preguntás mi opinión).

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Si fuera fácil de definir con claridad, se pondría en riesgo su heterogeneidad. Lo mejor que propone “eso que llaman under” es la variedad de su oferta. Si bien siempre existe cierta consideración a lo que puede gustarle al prójimo, concedamos que el under es uno de los espacios artísticos más distendidos respecto a eso de pensar en el gusto ajeno. Es la expresión juvenil de la cultura: expresión típica del que no tiene nada que perder. Una explosión de color que puede provenir de la rabia como puede provenir de la angustia como puede provenir de un tributo a los ídolos o de la experimentación sonora o de una paja ególatra. Pero propone porque puede proponer – y en este sentido, a esta ovejita negra tan particular de la cultura quizás no sea más urgente entenderla que estimularla porque sí.

Los artistas que más me gustan de esta desopilante escena son esos que mezclan. Mezclan como alquimistas desaforados que están tratando de encontrar el factor común entre Ian Curtis y la Negra Sosa, confiados en que alguno debe haber. Te revientan el cráneo tratando de suturar esa diferencia generacional con los padres que no entienden esa “música que escuchan sus hijos”, y en esta brecha que se cierra surge algo nuevo. La constante reinvención es algo que respeto muchísimo. No es ni por asomo una característica exclusiva del under: siendo justo con Spinetta (que no es santo de mi devoción) él hacía lo mismo. Pero te firmo esto: por cada alquimista desaforado que efectivamente está en Yenny, hay diez en un bar al que no iría tu vieja.

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Bien vistos (esto es: vistos desde afuera y con un poquito de curiosidad morbosa), el under llega a ser ese glitch en el sistema de la cultura. De él salen todas las ideas que después se van a digerir y ensamblar en una cadena de montaje. El que ya tiene su puesto no va a tender a jugarse el pellejo haciendo un cover de Flema con un coro de niños, y lo va a pensar dos veces antes de ser un escandaloso o un provocador, cosa que para otras bandas es costumbre y modus operandi.

Hay un mito que ilustra todo este movimiento de innovación + provocación. Es el mito de los Síquicos LitoraleñosLos Síquicos son noise mezclados con chamamé, como un Butthole Surfer al lado de un tío borracho de asado dominguero en un pueblo del interior de Corrientes. Es la gota de LSD en el vino de la damajuana. Es una banda de tres músicos salidos de Curuzú Cuatiá, a 400 kilómetros de Corrientes Capital; precisamente un lugar donde uno no esperaría jamás encontrar absolutamente nada. Un plato volador estrellado en un campo lleno de cucumelos. ¿Qué son los Síquicos? Se definen sencillamente: “Invocadores del gran caranchillo volador valiéndose de los múltiples intervalos y secretos enseñados por el misterioso Dr. Ki”.

Sabemos que no son millonarios. Sabemos que no se culean a famosas del jet set. Sabemos que no tienen nada que ver con la temporada en Carlos Paz. Sabemos que no se juntan a almorzar con Mirtha Legrand, al menos hasta que Mirtha Legrand considere la importancia de invitar a almorzar a los Síquicos (pues, generalmente, no funciona al revés). Pero la originalidad de su propuesta obliga a correr un poco el enfoque de lo que se considera “éxito”. Acaso son el sueño lúcido de un joven correntino, que busca efectivamente cerrar esa brecha generacional (el chamamé y el rock, sus abuelos y sus hermanos) de la forma más colorida posible. Es este alquimismo desaforado que los Síquicos tienen el que finalmente logra que los extremos se toquen.

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Así se va moviendo lentamente el bicho lento y baboso de la cultura. Primero hubo quien aceleró un riff blusero. Después hubo quien lo sumergió en ácido para ver qué pasaba. Después hubo un Ramone que le quitó todo lo pretencioso que tenía. Hoy hay tantos otros queriendo darle un color local a ese género pervertido y escandaloso que alguien alguna vez dio en llamar rock and roll.

Al final, la historia enseña que los locos siempre estuvieron adelante. La vanguardia. En la guerra se daba lo mismo: son los primeros a los que no les interesa perecer cagados a cañonazos.

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