Requiem for a dream: drogados o no igual estamos solos

por Denis Sartori (@posssmo)

Me gusta imaginar que mi vecino es un traficante de drogas. No es muy loco pensarlo, sale y entra a la madrugada como si fuera de día, sólo viene a su casa a dormir, tiene una relación con una mujer y un hijo que sólo vienen de noche, y en medio de todo eso, siempre está alterado. Pero no trabaja y puede pagar su alquiler. Raro. Vuelve loco a su padre, un viejo que vive con él, metiche y charlatán, buena persona, entretenido, pero molesto como todo viejo. Muchas veces discuten y pienso en decirles algo, porque creo que se van a matar entre sí. Al ratito de escucharlos renuncio a la idea, porque creo que sino el muerto voy a terminar siendo yo. Literal o metafóricamente, nos vamos a morir de individualismo. Pero bueno: su casa, su mundo, sus reglas. El problema de este edificio es que se escucha todo. No tendría esas ganas locas de agarrarme a las piñas con los vecinos si las paredes en vez de hacer de colador al sonido, lo ocultaran. No hay problemas mientras no se vea, ni se escuche, ni se sienta. No hay problemas mientras nuestras individualidades estén a salvo, las unas de las otras.

Toda esta situación de mi vecino me hizo acordar a la película Requiem for a Dream: en ésta, el transcurrir de escenas se rige por el orden alternado de las historias de tres personajes que, en el clímax de la narración, pierden todo tipo de control sobre sus propias vidas o, mejor dicho, todo tipo de anclaje con la realidad. Al principio todo parece un juego, excitante y prometedor, en el cuál los personajes se embarcan como buscando ahí su propia salvación y la de los suyos. Son esencialmente solitarios y constantemente intentan mitigar esa situación que los circunda con diferentes tipos de encuentros afectivos, drogas y/o esperanzas. Como toda droga, amor o esperanza, promete una subida de la que sólo se puede bajar cayendo (a los tumbos).

La situación de la señora Goldfarb es la de una mujer encerrada en su casa, preocupada constantemente por su estética, los programas de televisión, consumista, depresiva y medio border (es decir, alguien que podría funcionar perfectamente en este sistema sin levantar ningún tipo de sospechas) pero que se ve acosada constantemente por la necesidad de escaparse buscando la fama, el dinero y el prestigio que le proporcionaría, según ella, el hecho de aparecer en un reality show que mira religiosamente todas las tardes.

La estupenda Marion Silver (Jennifer Connelly) primero lo deja todo por amor a su pareja y luego, cuando todo se precipita al ocaso y se ve obligada a prostituirse para sostener su propia vida, deja lo que quedó de ella, dignidad incluida, ya no por salvar el su amor, sino por un poco de plata y un pinchazo de heroína, que le permita existir un instante más. El caso de Harry Goldfarb (Jared Leto) es el de quien pierde la libertad, no sólo por el hecho de caer preso, sino también por verse en la situación de que esa sea su mejor opción. En el medio también perderá a su amigo, el control sobre su propio cuerpo, a su pareja y… un brazo.

Elige sin elegir. Un clásico del capitalismo tardío.

surly_requiem-for-a-dreamLa lectura más lineal de la película es, por supuesto, la de la adicción de los personajes a diferentes tipos de fármacos (curiosa palabra que proviene etimológicamente de Phármakon, que como bien hace notar Derrida, tiene el doble sentido de veneno y remedio. Una única palabra para dar la vida y para dar la muerte […] que también puede significar alucinógeno o bebida encantadora).

La manera de aprehender la realidad de los personajes es simbolizada, soportada o transitada sólo a partir del consumo de éste tipo de sustancias, sean las mismas legales o no. Sólo les es posible vivir bajo esa dualidad que presenta y explica Derrida. Entre el veneno, el fármaco y/o la alucinación. Y aquí el que esté libre, que tire la primera piedra. Sobrellevar la existencia evadiendo o empastillado (que para el caso, es lo mismo) es algo que todos hicimos alguna vez, lo que nos pone en posición de, al menos, no juzgar moralmente a los personajes de la película. La construcción del relato está perfectamente lograda a este fin, porque juega con ambas caras de una misma realidad: la de quien está perfectamente adaptado al sistema que lo circunda y sería capaz de defenderlo si hiciera falta, pero aun así intenta todo el tiempo escaparse de su propia situación, ingresando aún más adentro del propio sistema (la señora Goldfarb) y la de quienes no, y sólo quieren escaparse, constituyendo en ese acto una demostración de rebeldía y marginalidad, que debe ser sostenido, necesariamente, con plata (Marion y Harry). En ambos casos la cuestión de los costos se vuelve imprescindible para sobrellevar sus situaciones, y en definitiva terminan operando como resortes que contribuyen a acelerar el ocaso de las historias. Estando dentro o fuera, todos pagamos costos.

Todas las situaciones nos ponen ante la idea de que vivir drogado es casi tan peligroso como vivir perfectamente inserto en la sociedad que conocemos, con la leve diferencia que la represión (psicológica y otras) está regulada bajo un marco legal. El final es trágico, en el sentido propio de la tragedia griega, es decir, saber desde el principio que no tiene una solución y saber también, que justamente ahí reside todo el sentido del relato.

En La Teoría Sueca del Amor, de Erick Gandini, se habla sobre la soledad de las personas que habitan en las denominadas ‘‘sociedades sin riesgo’’, ya saben: superávit fiscal, expectativa de vida de +85, pleno empleo, democracias estables, salarios altos y valores culturales sofisticados. Suecia, por caso. El documental, entre otras ideas, rescata la posibilidad de la construcción de lazos que provoca el hecho de estar frente a una amenaza que atenta contra la vida, o la calidad de la misma.

Siempre pensé que la gente rica no podría jamás saber de qué va la hermandad en la pobreza, porque una vez que uno empieza a experimentar la movilidad social ascendente en términos económicos reales, empieza a querer que le falten cosas, porque no le falta nada. O empieza a querer creer que le faltan cosas, volviéndose carne fresca para cualquier agencia de publicidad o marketing. Es decir, si uno experimentara la sensación de comodidad que implica el hecho de vivir con lo que se tiene y no mucho más de lo necesario, sentiría que no progresa. Y eso, para la sociedad capitalista es un peligro, puesto que se rompería la ruedita principal de la subjetivación consumista. Cuando no hay falta, falta la falta, y se inventa para que no falte. El vacío es aterrador ¿cierto?

requiem_for_a_dream_poster_by_charlesjimenez-dbndrg5

Es verdad que la tecnología nos ha alienado un poco, ha tapado el vacío y los silencios y las redes nos han hecho perder cierto contacto con la realidad, la comunicación que incomunica y toda esa mierda que le gusta graficar a Pictoline. La realidad virtual no es más virtual y ahora es real. Nuestra realidad es virtual y real. Disociada, dislocada, contradictoria, paradojal y única. Como la de los personajes de Requiem for a Dream o los suecos que mueren solos en sus departamentos (que seguro tienen mejores paredes que el mío) y son encontrados 15 o 20 días después, como se muestra en el documental, escribiendo en un teclado titilante a otra persona, probablemente igual de sola, que espera una respuesta que, aunque sea mentira, igual no va a llegar.

Al final del día, todos estamos un poquito condenados a Cien años de soledad.

Comentarios

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>