Rock and movies

Por Eric Muzart (@Eric_Muzart)

El 2016 arrancó con mucho rock en Argentina, y particularmente concentrado en los primeros meses del año. Febrero tuvo a los míticos The Rolling Stones en la ciudad de La Plata y el ya clásico Cosquín Rock por las tierras de comechingonia, y marzo vio pasar al tercer Lollapalooza de nuestro país, mientras que La Plata sigue sin darle descanso a su megaestadio para recibir a otros británicos, los Coldplay. Entre tanta distorsión, baladas desgarradoras y groupies 2.0, el reflejo en el cine de este ritual cultural tan instalado en las últimas cuatro décadas del mundo occidental parece una arista que merece un breve análisis, a partir de una selección de los filmes que hacen de las estrellas, estilos de vida y mitos del rock su tema principal.

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Algunos casos se desprenden del afán de Hollywood por contarnos historias de grandes celebridades, con el caso de The Doors (1991, Oliver Stone) como primera gran muestra. La película que intentó mostrar los detalles biográficos del emblemático Jim Morrison y su banda de rock psicodélico, es un gran retrato fílmico de la revolucionaria generación de 1960 que, junto al clímax de los ’70, sentaron las bases para definir algunas cuestiones estereotipadas sobre el mundo del rock. Como una marca identitaria que perdurará para siempre el “sexo, drogas y rock and roll” siempre estará asociado al género, sea cual sea su variante. Pero la película que le dio a Val Kilmer uno de los roles protagónicos más sobresalientes de su carrera tuvo una continuidad subgenérica a comienzos del milenio con una fiebre repentina por las biopics que se adueñó de los grandes estudios, como parte de una rentable ola de éxitos que no paraba de crecer y que al mismo tiempo lograba grandes interpretaciones de actores consagrados (y no tanto) del star system estadounidense e incluso del de otros países. Con grandes historias de personalidades reconocidas a nivel internacional, por ser controversiales e irreverentes con su obra o por sus vidas turbulentas, sumado a grandes bandas sonoras, la mayoría de estas películas captaron la atención del público y la crítica internacional.

Si bien su género no fue específicamente el rock, hay quienes dicen que fue el cantante country más oscuro y rockero que tuvo el género folk estadounidense. Me refiero a Johnny Cash, o como lo llamaban por su poco usual vestuario, “The man in black”, quien es interpretado por Joaquin Phoenix en Walk the line (2005, James Mangold), y lo acompaña la bella Reese Witherspoon en el rol que le daría su primer y único premio Oscar, interpretando a June Carter. La historia expone la vida del artista que le dio un giro sombrío y profundo al country, con sus letras que ya no hablaban sólo de la vida en el campo, el ferrocarril o el oeste norteamericano, sino que exponían el alma de un hombre con el corazón roto, el rechazo de su padre, la guerra o su relación con las drogas. Pero fundamentalmente, el relato se concentra en la historia de amor entre Cash y Carter, quien también era una reconocida cantante country, y quien sería de cierto modo la que lo salvaría de su propia oscuridad. Walk the line es una historia de amor épica, que termina casi estableciendo las bases de lo que luego se replicaría en las vidas (reales) de otras famosas parejas del mundo del rock como Kurt y Courtney, Ozzy y Sharon o Sid y Nancy (con película propia incluida), algunas de las cuales no terminaron tan bien como la de Johnny y June.

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Cercana en el tiempo y casi como un fundido encadenado también entre el género country y el rock, se estrenó un particular filme que buscó mostrar la historia de uno de los máximos referentes del folk-rock internacional: Bob Dylan. I’m not there (2007, Todd Haynes) recorre la vida del cantautor en sus distintas etapas, pero a pesar de no abandonar la idea de biopic, propone la particularidad de que cada una de esas etapas del mismo rockstar esté representada por cinco distintos actores y una actriz. Con personajes que vehiculizan en sus construcciones diferentes hitos en la vida de Dylan, podemos ser testigos de su mundo privado, público y hasta subconsciente. Con un premio Globo de Oro para Cate Blanchet, la película toma la arriesgada decisión de una representación multifacética, pero al mismo tiempo parece ser su mayor acierto.

Pero como dije inicialmente, el rock no sólo se materializa en aquellos que lo interpretan como género musical, sino que se trata de un gran ritual, un estilo de vida, contextos histórico-culturales y manifiestos generacionales. En esta línea se inscriben varias películas, que coquetean con el “basado en hechos reales” pero empujan el límite un poco más allá y describen todo un submundo enmarcado en décadas donde el rock era el mayor grito de rebeldía y donde aún se lo consideraba antisistema.

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Ambientada en los años ’70, Almost famous (2000, Cameron Crowe) es tal vez uno de los retratos más abarcativos e idílicos respecto del mundo del rock en su era de mayor auge o, como manifiestan algunos, la época en que el rock alcanzó su perfección (discutible, claro está). Desde la perspectiva de William, un muy joven reportero de la revista Rolling Stone, la película muestra el backstage de la vida del rockstar, todo aquello a partir de lo cual se construían los mitos de aquellas gloriosas bandas que tocaron en megafestivales como Woodstock.

La experiencia de William recorre su paso de la adolescencia a la vida adulta, curiosamente rodeado de adultos que viven como adolescentes: músicos de rock en la cima de su carrera y sus devotas groupies. De hecho, la cara principal de la película es el de una de ellas, Penny Lane, interpretada por una joven Kate Hudson quien alcanza la fama internacional a partir de este papel. Una historia de amor entre Penny y el guitarrita de la banda ficticia Stillwater (supuestamente inspirada en The Allman Brothers Band) es el conflicto que se desarrolla a lo largo de toda la trama; sin embargo William también se siente obnubilado por ella y busca rescatarla de aquella relación dañina e imposible, ya que el guitarrista era un hombre casado y de dudosa estabilidad emocional. Casi famosos es una oda al submundo del rock de los setenta, a aquellos que desde el detrás de escena también formaron parte del mito, y al mismo tiempo es una parcial autobiografía de la adolescencia de su director.

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Tal vez en la misma línea, pero sin celebridades rockeras a la vista, se inscribe The boat that rocked (2009, Richard Curtis). También basada en hechos reales, aquí el rock se enfoca principalmente en sus fanáticos, melómanos que se sabían una parte fundamental de un movimiento cultural que era rechazado por el conservadurismo del gobierno británico y la misma sociedad. En la década de 1960, el rock y sus menesteres empezaban a ganar campo en la escena cultural londinense en el llamado Swinging London. Nuevas modas, nuevas ropas y nuevos sonidos que despabilaban a las nuevas generaciones en el despertar inglés post-Segunda Guerra Mundial, y el rock marcaba en gran parte ese nuevo estilo cultural. Con bandas como The Kinks, The Who, Pink Floyd, The Beatles o The Rolling Stones los jóvenes permanecían atentos a las radios piratas de la ciudad, ya que el gobierno solo permitía la emisión de 45 minutos diarios de música rock en cada emisora.

En este contexto se desarrolla esta historia protagonizada por un desquiciado Philip Seymour Hoffman y astros británicos como Bill Nighy y Rhys Ifans (tan relacionado con el rock que protagoniza el videoclip de The importance of being idle de Oasis), quienes forman parte de un grupo de fundamentalistas del rock y el pop de la época que insistían en que debían existir radios que emitieran este género musical las 24 horas del día. Debido a los impedimentos oficiales deciden montar una radio en un barco y transmitir desde las aguas del mar del norte de Inglaterra. La historia cuenta las vivencias de este grupo de delirantes fanáticos, su pasión por el rock y la actitud desafiante que de él se deriva, todo acompañado por una banda sonora de colección. En este caso el rock está representado por aquellos que lo escuchan, aquellos que asumen la actitud de celebridad rockstar por derivación, expertos revolucionarios culturales que decidieron nutrir a esa radiante generación del elixir musical de su juventud y de toda una época.

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Finalmente, y tal vez uno de los casos que puede considerarse como “de culto”, hay que mencionar a una de las joyas de la filmografía de Michael Winterbottom, 24 hour party people (2002). Este relato en tono de falso docu-reality y protagonizado por otro gran actor británico como es Steve Coogan, realiza un vasto recorrido por la escena musical de la ciudad Manchester pasando por el origen del punk hasta el nacimiento de las raves británicas. En el rol de un periodista harto de su trabajo, Coogan es Tony Wilson, quien decide comenzar a presentar a bandas emergentes en su programa de TV e inmiscuirse en la producción de conciertos. Allí comienza a relacionarse con futuras leyendas como Sex Pistols, Buzzcocks o Joy Division, formando parte incluso de sus vidas íntimas. Al poco tiempo Wilson conforma un sello discográfico, Factory Records, con el cual produciría a gran parte de las bandas icónicas de finales de los 70 y los 80, entre ellas los Happy Mondays. A lo largo de la historia vemos como Tony hace tratos flexibles con las bandas, sin contratos de por medio, en un mundillo donde las drogas sintéticas se vuelven una moda y el indie rock genera éxitos con fechas de caducidad inmediatas. Los socios del sello discográfico deciden conformar al mismo tiempo su propia sala de conciertos a la que denominan The Hacienda, sitio en donde la vida del protagonista ve surgir sus mayores éxitos y también su peor decadencia, donde el punk se transforma en pop y finalmente en una emergente escena de música electrónica.

En Gente de fiesta las 24 horas, como le llamaron en nuestro país, podemos ver la construcción de las celebrities del rock, su paradójica lucha entre la rebeldía contra el sistema y la necesidad de fama y dinero proveniente de ese mismo sistema, el rol de la industria discográfica en esa construcción, y lo demás ya es sabido: drogas, excesos y “live fast, die young”. Lo destacable es la puesta y el modo de representación seleccionado, el falso docu-reality, el relato en primera persona de su protagonista, y el recorrido histórico de una ciudad emblemática para el britpop como es Manchester, hacen de esta película una indiscutible pieza cinematográfica de culto.

Son sólo algunos ejemplos para dejar en claro esta relación simbiótica entre el rock y el cine, la distorsión y el celuloide; una serie de pequeños cuentos de amor, sexo, drogas y vida en cámara acelerada, todo lo que rodea a aquellas celebrities que destrozan sus guitarras en el escenario y se divierten en cuartos de hotel hasta el límite de la inconsciencia. Estereotipos más, estereotipos menos, todas estas películas y otro puñado que dejo sin mencionar, ponen en claro que el rock vive en todo aquello que rodea al rock, que la música es una excusa y la vida es un disparador, que los estilos se transforman pero la esencia es la misma. Casi como una constante, la mayoría de los filmes de los que hablamos son biografías de grandes rockstars o son semi-biográficas o se basan en algunos hechos reales.

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¿Será que el rock es tan real que no puede inventarse? ¿Será que el cine se siente abrumado a la hora de querer superar esos “hechos reales” con una completa ficción? ¿O será que ese mundo es tan intenso, perfecto y acabado en sí mismo que no hace falta añadirle nada más?


 

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