Rompan todo: Banksy, la nena con globo y el hombre de traje

[Banksy. Arte. Subasta. Destrucción. Obra. Millones. Sothebys. Jean Michel Basquiat. Walled Off Hotel. Bristol]

por Abril Fernández

Un Banksy original, cosa rara, es subastado en Sotheby’s, casa de remates reconocida internacionalmente. La gente tira precios. Alguien tira uno que nadie se anima a superar, algo así como un millón de dólares. El hombre de traje que dirige la subasta repite por enésima vez en su vida: se va, se va, se fue. Su entusiasmo es evidente. Algunos dicen que apenas da el golpe final con su martillo, mientras mira fijamente a la obra, presiona un botón oculto. Pero nadie sabe bien por qué, en medio de los aplausos, el lienzo empieza a resbalar de su marco y a asomarse por abajo hecho trizas.

No es la primera vez que la actitud irreverente y polémica de Banksy da para ponerse a pensar. Sus crípticas menciones a escenarios actuales bastante crueles y sus múltiples acciones públicas, más que buscar un billete, parecen perseguir la atención de todos a cualquier costo. Pero ahora, con esta última andanza, medio mundo quedó sin entender nada, y la otra mitad quedó ofendidísima por lo que parece ser una movida que involucra muchos millones de dólares.

A ver, que Banksy nunca se las dio (que yo sepa) de artista humilde ni de improvisado ni nada parecido. Si hay algo que caracterizó a sus creaciones desde un comienzo fue su autoreferencialidad, su atención a la logística y su intención clarísima de lograr impacto público. ¿Qué habrá querido decir con la autodestrucción de su obra? Aunque muchas veces la obra de arte es justamente la incertidumbre. Por ejemplo: una duda que nace cuando un hombre de traje golpea un martillo.

Apetito por la deconstrucción

Todo este asunto sería novedoso si viviéramos en una época que se rige todavía por las clásicas nociones de obra original, destrezas plásticas y demás gansadas. Hoy por hoy nada es tan sencillo. Con sólo prender la tele en este país podemos asistir noche a noche a certámenes de baile que, todos sabemos, no le dan ni bola al baile sino a la lengua floja de los participantes. Finde tras finde, a cenas paquetas donde la anfitriona hace de todo para poner incómodos a sus invitados. Noticieros que… bueno, se entiende.

Así que, gracias a los medios nacionales, ya somos todos expertos en conceptos deformes presentados como construcciones sólidas y tradicionales. No deberíamos sorprendernos de que alguien rompa una idea y pretenda venderla; Banksy no hace más que poner en un acto de trascendencia internacional una paradoja que ya todos tenemos en la cabeza. Sólo que no nos damos cuenta.

Un chico con capucha saltando las puertas del Paraíso para colarse; jarrones con flores de estilo realista pixeladas; policías revisando a una figura humana similar al autorretrato de Jean Michel Basquiat; un hombre dando latigazos de líneas de productividad a sus empleados; otro hombre dando un hueso a un perro luego de habérselo serruchado de su pata derecha; una frase con letras vintage que reza “Paz en la Tierra: revise términos y condiciones”. Ninguna de estas ideas de Banksy alcanza los niveles de polémica de su lienzo hecho tiritas. Así estamos.

¿Y cuánto vale todo lo registrado…?

Otro grupo de personas pareció indignarse no tanto por la performance autodestructiva de Banksy sino por el aumento del precio del cuadro. Sí, así como está ahora, mitad enmarcado y mitad hecho tiritas por debajo, vale el doble. Ponen el grito en el cielo porque el artista tuvo una idea millonaria. Acá, más que una confusión, hay una gran dosis de hipocresía: como si Banksy, al hacer crítica social, tuviera necesariamente que vivir abajo de un puente y rechazar todo billete o donarlo a la Robin Hood.

La verdad es que yo no sé qué hace con la plata esta persona, ni tengo forma de averiguarlo. Tampoco me importa, porque basta con tener un par de amigues artistas para darse cuenta que (¡Dios mío!) usan dinero como todos los demás. A veces el éxito económico parece ser lo más polémico en la carrera de un artista. Mucho se olvidan que, mientras escribo esto, alguien ya está haciendo plata con cuadritos con tiritas que asoman por abajo; algún inversor está calculando el costo; algún otro está diseñando remeras con la escena.  Hoy sólo pasan horas entre una idea asombrosa y la fabricación descontrolada de copias en cualquier parte del mundo. Banksy, desde el punto de vista de los derechos de autor, ya viene regalando bastantes dólares. Muchos más que los que varios estarían dispuestos a resignar cuando se trata de sus propias creaciones.

Habría que agregar que la relación de Banksy con el cochino dinero también encuentra cauce en obras de interés público. Hace unos meses trascendió su intento de evitar el cierre de 17 bibliotecas en su ciudad natal, Bristol, luego de que su alcalde anunciara un recorte presupuestario de casi un millón y medio de libras. Otro de sus bizarros cruces entre acción social y arte es el Walled Off Hotel, un hotel ubicado en la ciudad de Belén, con una vista exclusiva al muro que separa Cisjordania de Israel.

Hasta acá todo lo dicho parece venir de mi fanatismo sin remedio por Banksy. Pero todavía puedo agregar una cosita más. Aunque todas las cámaras hayan estado preparadas de antemano, toda la subasta haya funcionado de manera inusual, todo haya sido finalmente una puesta en escena de la mano de una poderosa marca, funcionó. Hubo un momento en el que, en medio de una sala llena de adultos responsables siguiendo una rutina, reinó la confusión. Un momento brevísimo en el que las mentes se volvieron ingenuas e infantiles.

¿No está bueno ver cómo se rompen las expectativas?

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