Se vende felicidad

por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

¿Qué es la felicidad? ¿Quién es feliz? ¿Dónde puedo ser feliz? ¿Necesito a alguien para ser feliz? ¿Tengo que tener algo para ser feliz? ¿Qué significa ser feliz?

No tengo la más puta idea. Empecemos.

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En busca de la felicidad

Will Smith y su hijo. Estados Unidos. El sueño americano invertido y llevado a su máximo extremo: la típica figura del homeless. La contracara de ese sueño de la rueda eterna de trabajo, aporte, salario y consumo son los que se quedan atrás. ¿Qué hizo mal Chris Gardner para terminar en la calle, durmiendo en el baño del subterráneo (allá donde la película llega a su momento más patético sólo para empezar la remontada)? Se la jugó. Tuvo una mala inversión, no fue redituable y de a poco no pudo costear más todos los gastos de la vida de clase media yankee. La mujer lo deja –de una manera desalmada, cabe agregar- y queda pagando en el sentido más completo del término. ¿Qué hace Chris? Labura gratis seis meses, hace una pasantía para competir por un puesto de trabajo como corredor de bolsa. Hace lo que puede. Y puede poco. Al final gana el puesto, a pesar de todos los problemas y obstáculos. Y se escucha una voz en off, su propia voz en off, que nos cuenta que “esta parte de mi vida, esta pequeña parte, se llama felicidad”. Y qué difícil es, para nosotros que tuvimos que dormir con él en el baño del subterráneo, no llorar cuando el llora de alegría y camina entre la gente desinteresada aplaudiendo sus manos, aplaudiéndose sólo, porque salió, porque pudo, porque encontró la felicidad. Gente: estamos llorando la historia del sueño americano. La historia a la que está dedicada toda la literatura estadounidense que tenga interés en mostrarse estadounidense. La felicidad es, en esta película, el confort. Chris pasa de una inversión jugada – a ser un mendigo – a sacrificarse con esfuerzo – a ganarse un trabajo estable. Y el hijo a cuestas que funciona como golpe bajo permanente para tenernos preocupados. Es lo que cree el estadounidense promedio: mediante el esfuerzo, si pongo el empeño suficiente en prepararme y trabajar, yo puedo ser millonario. Y ser millonario es ser feliz, porque es tener el confort asegurado por siempre. Tengo la impresión, la sospecha, de que esa misma historia termina diferente la mayoría de los casos. Un hombre negro de mediana edad con un hijo que queda en situación de calle, bueno, queda en situación de calle. Ahora, en el contexto de la película, la felicidad de Chris es innegable: lo ha logrado. La felicidad del confort es tan válida como cualquier otra. Pero no alcanza.

Nietzsche vs. Tolstoi

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En el Anticristo, el genio alemán se pregunta qué es la felicidad. Y se responde: “el sentimiento de que el poder crece, de que la resistencia es superada”. Tolstoi tira una puteada al aire: “Otra vez este soberbio del orto” y continúa “Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo” Créanme, no podrían estar más alejados. El poder de Nietzsche es casi una fuerza que se justifica a sí misma, que se mantiene viva engullendo cada vez más poder, y que sólo puede seguir existiendo en tanto se mueva, en tanto busque de qué otro poder alimentarse. Contra eso, Tolstoi nos dice que para ser feliz hay que hacerse un bollito con las cosas que apreciamos y detener la ambición. Uno plantea la felicidad como una desmesura inacabable, como un proyecto imposible de detenerse. El otro, como una reflexión casi resignada, una concesión al estado actual de las cosas. Hubiera sido espectacular verlos discutir.

Entonces, Freud

“Existen dos maneras de ser feliz en esta vida: una es hacerse el idiota, y la otra, serlo”

Ahí va queriendo. Ahí nos vamos sintiendo identificados. La frase es casi un chiste pero es simple, directa y abarcadora. Para ser feliz en serio hay que no darse cuenta de las cosas que pasan alrededor. Cuando no hay contextualización problemática, cuando uno no corroe la capa de realidad que lo rodea con esa sutil angustia tan característica de alguna gente, entonces el mundo se presenta verdaderamente en las cosas del mundo. Una mujer hermosa es una mujer hermosa, un chiste es un chiste, reír es reír. Cuando no se va más allá, reír es ser feliz. Esa es la felicidad de la que todo el mundo habla. Es real, es la única verdadera. Porque no se fuerza, no se construye, no se piensa. El idiota es el ser condenado a la felicidad. Todo el que toma, se droga o evade la realidad por cualquier medio que se le ocurra sólo busca llegar al estado de mente que el idiota tiene por naturaleza (aunque ellos también busquen la felicidad que no saben que tienen con esos mismos medios). “Personas inteligentes, y a la vez felices, es la cosa más rara que he visto” dice Hemingway, y comparto plenamente. Sin embargo, hay que disentir con Freud en un aspecto: hacerse el idiota es sólo un parche temporal. Y es intencional. Nadie es feliz a propósito. No es tan fácil. Acá tampoco, entonces, está la respuesta del todo.

Éramos pocos y parió la abuela: Voltaire

El mundo es sórdido y está plagado de males y desventuras. Ante el desastre del hombre, el cataclismo del pensamiento y lo efímero de la belleza sólo queda una opción: cultivar el propio huerto. Hacer la tuya, lisa y llanamente. Hacer cada uno lo que le toca de la mejor manera posible. No me gusta, en lo personal. Y solamente no me gusta porque es la forma más aburrida de morirse.

Ser feliz es olvidar

Perdónenme, pero es imposible hablar de felicidad sin hablar de muerte. Para este humilde servidor, la felicidad es el momento glorioso en el que la disposición de las personas y de los objetos del mundo te hacen olvidar de que nada tiene sentido y que así como sin sentido viniste, sin sentido te vas a ir. Y cualquiera de todas las formas que expresé cumple esa función a la perfección. La felicidad, siempre y necesariamente, es una circunstancia. Sólo hay situaciones felices, nunca personas felices. Había una frase, medio anónima y medio apropiada por varios escritores, que decía que “para el enfermo, todos los sanos son felices”. Esto es así porque tendemos a pensar la felicidad en términos de carencia y satisfacción: si consigo lo que me falta, voy a ser feliz. Miles de veces conseguimos lo que nos faltaba, sólo para darnos cuenta que también nos faltaba otra cosa. No hay respuestas definitivas. Rogamos que la ambición, la compasión, el trabajo, la comodidad y, sobre todo, el talento, sean otros nombres de la felicidad. O de esa pantalla, esa pantalla que usamos para creer que hay algo que nos salva para siempre, algo que está dentro nuestro y que puede ser alcanzado mediante la correcta ejecución de ciertos pasos infalibles. Porque la felicidad permanente, la felicidad como una característica del ser que se incorpora a todo lo que yo ya fui y no me abandona nunca más, así como la utopía de Galeano que siempre se corre, es un imposible.

Pero, si no existiera la idea de felicidad, ya no habría más hombres sobre la tierra.

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P.D.

Y a pesar de todo, vos siempre pensabas en alguien cuando leías la palabra felicidad.

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