Autor: Luciano Zan

 

Nacimiento.

A la semana de que Dionisio fue al quiropráctico le empezaron a crecer alas. Salían de a poco mientras se veía en el espejo. Dos muñones crecieron con el pasar de los días y al mes eran alas bien formadas. Tardó otro mes en aprender a usarlas, a volar sin problemas. Se subía a los algarrobos del jardín y volaba diez o veinte metros, torpemente, de a saltos. Día y noche sus padres lo veían desde la ventana, preguntándose qué le había sucedido a su hijo.

Cuando Dionisio aprendió a mantener un ritmo de vuelo estable, a controlar el espanto de estar varios metros sobre la tierra, iba a Cuchi Corral, un risco de cientos de metros, donde van parapentistas profesionales, y se lanzaba al vacío junto con ellos. Volaba a su alrededor en círculos, durante horas y veía sus ojos de envidia dibujados detrás de los negros lentes polarizados que usaban para protegerse del sol.

Bajaba al valle y secaba sus alas, acostándose en las piedras que bordean al río Pinto. La gente lo miraba sin recelo y con el tiempo lo nombraron “El volador”. Dionisio no tenía problemas con ese nombre, él siempre se había llamado a sí mismo de la misma manera: Yo.

Dionisio volaba todas las noches, noches enteras. Volvía a su casa por la mañana mientras el rocío brillaba con el amanecer y se acostaba agotado y leía. Emprendía una nueva aventura con la caída del sol.

Con el tiempo se alejaba más, parando en lugares inhóspitos y cerros deshabitados. Descansaba en las montañas y dormía en las superficies de granito que sobresalían de las laderas, inalcanzables. Al principio Dionisio estaba fuera de su casa dos o tres días, después dos o tres semanas, hasta que se animó a ir más lejos y pasar años viajando, parando siempre en lugares distintos.

La primera vez que salió fue una noche de enero. Vio las sierras de Córdoba llenas de luces agitadas por los turistas. Fue a Salta, y de ahí a Bolivia. Descansó una semana en la Isla del Sol, disfrutando del lago espejado y de la soledad del altiplano boliviano. Volaba solo, descansaba solo, comía solo. Las horas que no estaba en el aire habitaba quebradas desoladas, o se subía a la punta de los edificios a observar la humanidad.  Los llamaba así: la humanidad, y decía que lo que compartían con él era solo un porcentaje, un rasgo, una mezcla caprichosa de gestos y posturas, de lenguaje.

De Bolivia fue a Ecuador, voló de las sierras a las playas a su gusto. Comió en bares donde solo iban los pescadores locales. Por la noche dejaba la costa, se adentraba al continente, ocultaba sus alas, caminaba por las calles empedradas de Quito. Calles de piedras macizas, grises, coloniales, piedras con sangre, que tuvieron sangre, donde derrocharon y sacrificaron sangre, animal, humana, sangre esclava. Dionisio sentía el chapotear de sus pies en el agua, porque llovía y el agua empapaba el empedrado, y mojaba la sangre, lavaba la sangre, que todavía se olía, que todavía estaba fresca después de cientos de años.

Volar ¿Acaso hay un sueño más repetido entre los humanos?

Las mujeres ya no lo atraían, los hombres tampoco. Dionisio era el viento personalizado, hecho cuerpo.

Gran parte del día caminaba. Con el cambio de su cuerpo también había cambiado su mente.

Cuando dejó Quito, siguió hacia el norte, volaba durante la noche espesa, atravesando sombras de gigantescas montañas. Con el amanecer aterrizaba, descansaba a la sombra de los árboles, que eran altos y de colores diferentes a los que había conocido en Córdoba. Recorrió Colombia y Panamá, hasta llegar a Costa Rica. Se refugiaba en la profundidad de la selva, bañándose en cascadas a la luz de la luna y explorando esa naturaleza tan vasta. Dionisio pensaba que su aprendizaje debía suceder en ese extraño lugar, tan distinto para cada uno, que es la naturaleza. Con el pasar de los años y muchos kilómetros recorridos, llegó a una conclusión: era libre.

 

París.

Dionisio vivió dos años a las afueras de París, en los bosques. Avanzaba, a la altura de las nubes que cubrían la ciudad, buscando respuestas. Una noche, con sus alas replegadas y ocultas bajo un tapado negro, encontró a una mujer de pelo rubio y fuertes ojos celestes, que caminaba por un callejón deshabitado. Esta mujer, cubierta hasta el cuello, cubierta por un tapado blanco, cubierta porque el frío era intenso, caminaba a través de la noche como si fuese de día. Ella no se asustó al verlo, y él tampoco tuvo miedo. Ella solo le temía al día.

Cuando estuvieron a punto de cruzarse, ella se paró de golpe y le preguntó si tenía fuego. Dionisio le dijo que no, que no fumaba. Ella siguió de largo, con su tapado blanco cortando la noche, y su pelo rubio, plateado, brillando como un faro en una bahía desierta. Dionisio supo que ya no era bienvenido en París.

Alzó vuelo y abandonó la ciudad, dejando atrás las montañas, la nieve y el frío europeo.

 

Chiang Mai.

La selva fue su hogar durante seis años, quizás más. Entre las plantas y árboles, Dionisio veía pasar a los monjes de anaranjadas, azafranadas, túnicas. Monjes que caminaban por los senderos de la selva, que meditaban en los senderos de la selva, que trazaban nuevos senderos. Monjes que pasaban largos meses recluidos en cuevas de blanca piedra caliza.

Dionisio también habitaba las cuevas, imitaba a los monjes, sentándose frente a las paredes rocosas a meditar durante horas. Salía de noche, volaba sobre la selva, escuchaba los ruidos de los animales salvajes, animales que dormían, que se despertaban, animales que bordeaban los senderos en busca de alimento. Sentía el aletear de los murciélagos, el extraño rugir de los tigres. Dionisio perseguía los ríos observando su sombra proyectada por la luna en el agua.

A veces los monjes se asomaban a la distancia, moviendo sus manos en un saludo de bienvenida y aceptación, de complicidad.

Fue una noche de sueño pesado y de mucho calor cuando Dionisio comenzó a soñar con el desierto, largas superficies de arena decorando la tierra, el frío nocturno, la luna gigantesca. La luna, siempre la luna, acompañándolo. Sus alas, que al principio creía parte de una extraña genética familiar, o causadas por ingerir algún químico, o productos del azar, o de la magia, se confirmaron como objetos ligados al ciclo lunar, a la continua rotación de los astros. Las observó en su movimiento, sintió la temperatura de su sangre, el calor de su cuerpo. Durante el mes, entre una semana y diez días, Dionisio no podía moverse, y no volaba, su cuerpo se agotaba rápido y viajar se le hacía imposible. Los demás días sus alas estaban fuertes, Dionisio se paraba en la punta de algún árbol altísimo, o en un risco, y se lanzaba al vacío a toda velocidad para después remontar vuelo a segundos de impactar contra el suelo.

 

Una noche con la mujer misteriosa.

Hay un dolor, le dijo. Hay un dolor acá en el pecho, a veces creo que no puedo respirar, pero sí puedo. Se lo dijo mientras se ajustaba su vestido blanco. Se lo dijo en un francés entrecortado y tembloroso, se lo dijo con miedo. Hay un dolor en el pecho, y él también lo sintió, un dolor que es el rugir de un puma, o el de un león, el movimiento de los pastizales en la sierra, movimiento que desplaza al resto de los animales, que es un dolor que crece y destruye como un cáncer. Su dolor desapareció cuando se fue. No tuvo nada nuevo que decirle y la dejó ir, con su vestido blanco, internándose en los callejones con niebla. Dionisio la imaginó muriendo en una calle sin salida o en una casa abandonada. Se imaginó salvándola, volando a toda velocidad y levantándola en el aire, rescatándola entre los edificios de ventanas estiradas y balcones diminutos, dejándola en la puerta de un hospital. ¿O es ella quién lo salva? Tomándolo del brazo, Dionisio con la cara pegada al piso de piedras frías, su boca abierta, sus ojos blancos.

Un faro marcaba su destino, podía escucharlo girar, como un reloj, lento y remoto.

 

El Sahara

Con sus médanos, uno tras otro, el desierto parecía interminable y Dionisio volaba pegado a la arena, siguiendo la curvatura del territorio, con la luna plateada pegada a su espalda. El desierto era un lugar para pensar, un lugar donde ver las ideas dibujadas en el cielo. Los volúmenes, colores, proporciones, de las ideas. Dionisio dormía sobre el piso, todavía cargado del calor del día y volaba de una punta a la otra de un Sahara que devoraba el planeta. Pensaba que, sin duda, el desierto era el futuro. Una semana debajo de un arbusto, confinado al límite de una sombra dibujada en la arena, puede volver loco a cualquiera. Pero Dionisio era diferente. La sombra y el paisaje brillante, lejos de provocarle delirio, lo llenaba de energía como a esos presos que privados de su libertad, encerrados, torturados contra las paredes, encuentran un profundo espacio de reflexión y tiempo para la meditación. En el desierto Dionisio encontró calma y el respirar silencioso de su cuerpo.

Durante las tormentas de arena volaba. Subía muchos metros en el aire, salía del rango destructivo que golpeaba con toda su fuerza y cubría el paisaje. El desierto se movía continuamente, tragaba, devoraba, pero no destruía, sino que transformaba. El desierto era vida. Una vida lenta e incesante.

 

 

Uróboros.

Dionisio cruzaba ríos, cruzaba lagos, montañas, valles. Volvió a su casa. Lo esperaba una construcción tal como la recordaba, de paredes amarillas, de techo de tejas negras, la vista al pueblo de Huerta Grande, las sierras de Córdoba en el horizonte. Su familia se había ido y la casa estaba deshabitada, Dionisio se quedó y durmió y vivió en esa casa donde alguna vez había corrido por los pisos de madera, por el pasto recién cortado del jardín, nadado en la pileta azul. Por las tardes Dionisio salía a caminar, porque a veces se cansaba de volar y sentía la necesidad de ir más lento, pausado, y disfrutar de los pequeños valles de laderas cubiertas de siempreverdes, de algarrobos, de chañares. Dionisio llegaba a la mitad de la sierra, y de ahí a la cima, dejaba el paisaje de árboles y se rodeaba de pastizales, de paja brava, amarillos por la sequía, crujientes y duros por la sequía. Esa noche miró las casas sobre lo alto y sus alas, desplegadas, que danzaban y silbaban con el viento, hicieron llover. Al otro día el jardín y los pastizales de la sierra estaban verdes, flexibles y orgánicos.

 

Rathlin Island.

En Irlanda encontró a un monje que vivía en una cabaña, un eremita, que no era chino pero que lo parecía, parecía un eremita de las montañas de Beijing. Había llegado haciendo algo que no recordaba, había construido una cabaña de piedra y techo de paja, Dionisio le preguntó de dónde había sacado la paja, cómo la había cortado, con qué sol la había secado; el monje le dijo que las había sacado de las frondosas planicies verdes, que las había cortado con un cuchillo muy antiguo, cuchillo que había traído junto con sus pertenencias y que no recordaba quién era el dueño original, porque había tenido muchos dueños, innumerables dueños; le dijo que la paja la había secado al sol, y que el sol salía una vez a la semana, porque las nubes cubrían siempre el cielo. Le dijo, con su mano temblorosa sirviéndole un té hirviendo, que había tardado diez años en construirla.

El agua golpeaba su cara. A Dionisio le encantaba sentirla, verla rebotar en las plumas de sus alas, igual que a las palomas y a los patos, cuando llueve. Dionisio se paraba al borde de los acantilados, sin poder medir la cantidad de metros que lo separaban del mar, pero sabía que eran muchos, y veía la playa pequeña o no la veía, porque la niebla espesa, gris, turbia, se expandía por toda la costa. Entonces se lanzaba al mar, saltaba deportivamente hacia el abismo, como había hecho desde los algarrobos cuando era chico, como había hecho desde el risco de los parapentistas en La Cumbre, como había hecho desde las montañas desérticas, como había hecho desde la punta de la Torre Eiffel. La niebla cubría su cara, golpeaba su cara, adormecía, fría, su cara, hasta que se adentraba, con gracia, al mar; y nadaba, helado, junto con criaturas desconocidas, que escuchaba danzando, que escuchaba llamándolo desde las profundidades. Eran gigantescas ballenas blancas, o tiburones del tamaño de barcos imposibles, con ansias de conquistar el mar, de devorarlo, o de estar pacíficos, o de comer, solo de comer. Dionisio nadaba con ellos, los abrazaba incluso. Tocaba sus aletas, rozaba sus dedos en las aletas de los tiburones y ellos lo sentían, le sonreían. ¡Qué lindos tiburones!, decía Dionisio, burbujas salían de su boca cuando hablaba debajo del agua.

Volvía a la cabaña y se quedaba al lado del fuego, sus alas extendidas ocupaban todo el espacio de la pequeña cabaña, el eremita sentado en una silla de madera que había construido con partes de un barco fantasma destrozado, barco que había encallado en la costa hace largo tiempo, que había sido abandonado; una silla hermosa, baja, de madera tallada que brillaba con el fuego de la estufa y las alas de Dionisio blancas, negras, púrpuras, el eremita se quedaba viendo sus alas y le decía que eran muy lindas, y le comentaba cuántos años tenía, que eran muchos, y lo poco que recordaba de su infancia, del olvido de su llegada a ese lugar desolado, similar a Península Mitre, en el extremo sur argentino.

 

Tulum

Voló al centro del mundo, a la selva yucateca. Dionisio se paró en las blancas ruinas mayas a contemplar el mar, que estaba calmo, que estaba sin espuma, transparente y sincero. Selva que era un cordón verde en el planeta, como un vello que crecía en ciertas zonas de la tierra, rodeando la línea del ecuador, un vello caluroso, diverso, lleno de plantas extrañas y animales salvajes que eran cazados, arrancados, y la costa que era un paisaje de hoteles, de piletas, de trajes de baños coloridos, de colillas de cigarrillos quemadas, de botellas de plástico desgastadas, de latas de cervezas aplastadas, de pilas corroídas por la sal, de ropa usada, de sombrillas, de lampiños cuerpos trabajados, de toallas, de reposeras, de protectores solares, de gafas, celulares, auriculares, vasos de plástico vacíos, bitácoras, libros, pasaportes, dinero, monedas, preservativos, miedo, vergüenza, impunidad.

Dionisio bajaba a la playa, mojaba sus pies en el agua transparente del mar, mar que se dibujaba celeste a la distancia y se llenaba de ondas, porque no eran olas, y en el horizonte la isla de Cozumel bordeada de arrecifes, el ferry yendo y viniendo, trayendo, llevando cientos de turistas y el aceite y el combustible que comenzaba a verse en las playas, pegándose en la arena fina, contaminando.

 

Beat.

Las fibras de su carne reflejaban y vibraban, esclavizadas, con el ritmo. Dionisio bailaba, no podía elegir los lugares donde iba. Podía decidir no estamparse contra una roca, podía decidir no estrellarse, escandalosamente, contra un árbol. Dionisio podía esquivar un edificio, pero el viento elegía el próximo destino, frío, caluroso, boscoso, selvático. Dionisio subía a un lugar alto y despejado, se inclinaba y saltaba, y el viento hacía el resto, él se entregaba y entendía que no eran dos cosas separadas. Sus alas eran el viento.

 

Creadora.

Ella estaba sentada en la computadora escribiendo, y cuando lo hacía aparecía un mundo. Aparecía tal cual lo compartían. Aparecía Francia, España, Europa, las lejanas colinas de Chiang Mai, los bosques de California, los lagos de Canadá, aparecían los dulces arroyos de la Patagonia y el monte Fitz Roy coronado de nieve. Aparecían, también, las guerras y el pasado no muy lejano de muertos atravesados por ballestas y balas y cañones. Aparecía el mundo tal como lo conocían, con una historia, con planetas que giraban alrededor de estrellas, con galaxias y con gigantescos telescopios que observaban esas galaxias. Ella se sentaba a escribir y aparecía todo, como al nacer aparece nuestro mundo, como al respirar por primera vez aparece el aire y nuestros pulmones. De la misma manera que las llanuras y las sierras y las montañas necesitan el territorio para existir, así también Dionisio la necesitaba a ella.


 

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