Autor: Lucas Berruezo

 

Si seguía así, iba a terminar de almorzar para la hora de merendar. Pendeja de mierda, siempre lo mismo, con sus caprichos y sus «yo quiero hacer lo que quiera». Obvio que no decía eso, tenía sólo siete meses y no pronunciaba más que algunas sílabas sin sentido, pero detrás de su llanto, de su correr la cabeza cuando la cuchara se acercaba, estaba esa postura egoísta y malcriada.

―Dale, Manu ―dijo ella con toda la paciencia de la que era capaz―. Comé.

Acercó la cuchara con la sopa, pero Manu se mantuvo en su postura y corrió la cara con determinación al tiempo que soltaba uno de sus estridentes «Ahhhhhhh».

Ella (Claudia Denis, que hasta hacía un año atrás había trabajado como supervisora de ventas en un local de ropa en Ciudadela, y que ahora estaba cansada, muy cansada, de todo y de todos) revoleó la cuchara. El ruido que hizo al dar contra la pared fue seco, apenas un «pack», y la marca de sopa que dejó se veía desde donde estaba. Manuela la miraba, sorprendida y con cara de alelada.

―¡Pendeja de mierda! ―le gritó Claudia a la cara.

Manuela dio un pequeño respingo, como si en vez de gritarle le hubiese pinchado un piecito con un alfiler, y sus facciones comenzaron a deformarse lentamente, encogiéndose hasta que el puchero estuvo a la vista. El llanto irrumpió apenas segundos después, cuando su cara ya estaba completamente roja.

Claudia cerró los ojos y se llevó las manos hacia sus orejas.

No podía ser tan malcriada la pendeja de mierda. Y pensar que ella había sido feliz. Nunca había pedido tanto. Se conformaba con estar desde la mañana hasta la noche en el local, de lunes a sábado, atendiendo la caja y ayudando (cuando no retando) a las vendedoras. Además, y esto era lo mejor de lo mejor, el local le hacía hasta un 75% de descuento en la compra de mercadería. Prácticamente se la regalaban. No era una ropa de gran calidad, pero zafaba, y a ella le venía de diez. Pero entonces pasó lo del embarazo. Primero pensó en abortar, pero Manuel le había dicho que podían manejarlo juntos. Manuel… Claro, él siguió con su vida normal, con su trabajo. No tuvo que renunciar a nada. Manuel ya vivía solo para entonces, y lo único que hizo fue decirle a ella que se fuera a vivir con él. Ahora, incluso, tenía una mujer que le lavaba y planchaba la ropa y que lo esperaba con la comida calentita. Él sí la había hecho bien. Total, había sido ella la que se había ido de la casa de sus viejos (donde tenía todo servido), la que había tenido que renunciar a su trabajo y la que tenía que pasar todo el día con Manuela.

El llanto se metía entre sus manos como si en realidad proviniera de su misma cabeza.

No se callaba. No se callaba. La pendeja no se callaba.

Claudia abrió los ojos y vio la cara roja de su hija, con la boca desdentada en su rictus de furia, susto y tristeza, con los ojos cerrados y sus dos bracitos elevados en una extraña y enclenque posición de crucificado.

Volvió a cerrar los ojos, apretándolos con fuerza. Pero el sonido seguía metiéndosele entre los dedos, por algún puto lado…

Ahhhhhhhhhh… Ahhhhhhhhhh… Ahhhhhhhhhh…

―Basta… Basta… Basta… ―murmuró.

Negaba con la cabeza, como si su negativa a escuchar pudiera servir para algo. Pero no servía para nada. Como no había servido de nada plantearle a Manuel la posibilidad de hacerse un aborto. Manuel había decidido por ella, y ahora estaba trabajando lo más pancho, esperando volver a su casa para encontrar la ropa limpia, la comida hecha y a la nena durmiendo, cansada después de haber estado llorando durante todo el putísimo día.

―Hijo de puta.

Ahhhhhhhhhh… Ahhhhhhhhhh… Ahhhhhhhhhh…

―Basta… Basta… Basta…

Ahhhhhhhhhh… Ahhhhhhhhhh… Ahhhhhhhhhh…

―¡Basta! ¡Basta, hija de puta, basta!

Estiró su mano derecha y agarró el bracito izquierdo de su hija. La nena empezó a gritar más, cosa que Claudia misma no habría creído posible de no haberla escuchado.

Ahhhhhhhhhh… Ahhhhhhhhhh… Ahhhhhhhhhh…

―¡¡¡Bastaaaaaaa!!!

Entonces se movió. Se puso de pie, agarró a su hija por las axilas, la llevó en alzas hasta la cocina y miró la pileta. Le iba a dar una buena mojada, para que se calmara. Su madre le había contado más de una vez que, cuando ella era chiquita, solían implementar las «duchas frías» cuando se ponía «loquita». Pero de reojo vio la heladera, a su izquierda, ese aparato enorme que Miguel había comprado en cuotas (ni siquiera había pagado la mitad todavía) porque «una familia se merecía un lugar digno donde guardar su alimento». La miró por unos segundos. Era realmente grande, con su puerta de color gris metalizado y su exuberante freezer que, irónicamente, apenas guardaba un par de churrascos.

Acomodó a Manuela en su costado derecho y, con su mano izquierda, abrió el freezer. Una nube blanca salió del interior y se disipó con rapidez, dejando ver el interior prácticamente vacío. Con la tranquilidad propia de quien encontró la solución a un problema que lo tenía nervioso, Claudia volvió a agarrar a Manuela con sus dos manos y la metió. Entraba justo, al menos en el compartimiento superior (en el inferior estaban los dos churrascos), un poco apretada, pero justo.

Cerró la puerta con lentitud.

El mecanismo de la heladera hizo ese sonido que siempre suelen hacer cuando se cierra la puerta, una especie de «Shhhhhhhhhh». Manuela grito un poco, casi nada. Se podría decir que inmediatamente se calló.

Claudia respiró hondo, largó el aire y volvió a respirar. Miró a su alrededor. Paz. Silencio y paz. Caminó finalmente hasta el living, se acercó al equipo de música y lo encendió. Había un CD de Daddy Yankee, que comenzó automáticamente.

 

«Sígueme y te sigo mami

pa la rumba es que nos vamos,

bebiendo nos olvidamos

del mal de amor que nos han causado.»


 

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