Sexualidades alternativas: cómo vivir sin estar representadx en la norma

[Sexualidad. Alternatividad. Narración. Estadísticas. Comunidad. Orgullo. Heterocis. LGBT+. Transmasculinidad. Representación pop. Invisibilización. Imaginario.]

“So it is better to speak/
remembering/
we were never meant to survive”
Audre Lorde

por Alexis Ravera (@AlexxRavera)

Aprender a vivir sin estar insertx en el gran texto cultural.
Estar siempre en el mercado negro del deseo.
Que tu economía afectiva sea subalterna.
O solo acceder al texto cultural, al mercado oficial, a la economía hegemonía por recortes limpísimos para la aceptabilidad.
Que cada nuevo acto político sea un intento fallido de llenar la fosa de las Marianas.
Crecer sin escuchar ninguna historia como la tuya.

 Contra la crononorma

Los hitos vitales biográficos clasemedieros de nuestra sociedad occidental. El despertar sexual adolescente. La entrada en la adultez con enamoramientos. El llegar a la institución matrimonial. A los hijos. La casa propia. Vacaciones de quince días. Malas reuniones familiares. Encontrar un trabajo que permita lo anterior. El tiempo normal, la crononormalidad (Freeman, 2010). Qué cosa heterocis.

Los desviadxs sexuales hacen de la adultez otra cosa. Cómo medir el crecimiento vital si ni siquiera se conceptualizó una niñez como la tuya, si la adolescencia te la robaron, si la monogamia matrimonial no te quita el sueño, si los proyectos de familia y casa propia son inalcanzables o no te pitan, si estas condenadx a la pobreza.

Pero este ensayo no es sobre el tiempo desviado, tema para otra nota. Esto pretende ser una aproximación a que significa escaparse de las biografías que nos esperaban y sus consecuencias: de las fronteras del lenguaje, de habitar el silencio, de dar cuenta de lo indecible. ¿Podemos tejer hilos de sentido de los lugares de la experiencia no heterocis donde no hubo o no hay palabra? ¿Cómo se traduce esto en trayectorias vitales?

Macromirada imaginaria: el límite de lo representable

A veces hago este ejercicio: agarro un campo al azar y me pongo a contar cuantas personas LGBT+ reconocidas puedo nombrar sin ejercicio investigativo de por medio. Lo cierto es generalmente son menos que mis dedos de la mano, o directamente nulos.

En mi infancia y en mi adolescencia no tuve acceso a representaciones que me proveyeran de sentidos suficientes para construir mi biografía sexo-génerica. Tenía 19 años cuando recién vi una peli con un personaje que era un pibe trans. Moría trágicamente al final. Chequee en Wikipedia hoy, hay 11 pelis sobre transmasculinidades, solo menos de la mitad no reproducen clichés dañinos.

Una sociedad, entre muchas cosas, funciona por la fuerza de lo imaginario (Castoriadis, 1975): hay significantes comunes y coherentes que habilitan qué cosas pueden ser representadas en un momento dado y qué cosas no. Hay significantes hegemónicos que constituyen el sentido común y rigen nuestra cotidianidad y se cristalizan institucionalizándose. Por ejemplo, casi todos los edificios tienen baños segregados en “hombres” y “mujeres”, ergo, socialmente hay solo dos opciones legitimadas, dos opciones imaginadas e imaginables.  Ahora, hay otros significantes, magmáticos, subalternos, que corroen las cristalizaciones hegemónicas de a poquito, que a veces pueden devenir hegemonía o quedarse en el magma: la homosexualidad, antes de la normalización neoliberal pop de gays blancos y bonitos, era bastante subalterna, ahora es producto de consumo y un toque más imaginable, pero la mariconería per se no pensada para consumo heterosexual conserva cierta cuestión magmática.

De igual manera, en cierta forma y en una multiplicidad de dimensiones no ser hetero, no ser cis, es devenir irrepresentable. Entonces se vuelven constitutivas cuestiones como: ¿dónde encontramos los sentidos que necesitamos hallar? ¿cómo desear y cómo amar desde esta orilla? ¿cómo aprendemos a navegar una sociedad que no nos piensa?

¿Es posible existir en un mundo en donde no sos imaginadx?

La macromirada empírica: tocar de oído y no tener números

 Los yankees tienen un amor por la estadística. O tal vez mayor financiamiento para realizar investigaciones cuantitativas. O las dos cosas. Pero no hay muchos estudios representativos e integrales latinoamericanos sobre personas LGBTIQ+. Entonces casi siempre estamos tocando de oído.

Un ejemplo, según estudios yankees, las personas LGBTIQ+ tienen hasta tres veces menor acceso a la salud mental. A mi alrededor, en mi comunidad de diversxs/disidentes/desviadxs sexuales la gran mayoría, me incluyo, goza de mala salud mental: ansiedad, depresión, (intentos de) suicidio, abuso de sustancias, trastornos alimenticios, son las más comunes. Gran parte hace o hizo terapia psicológica y/o ha pasado por procesos psiquiátricos, o quiere acceder a terapia/tratamientos psiquiátricos pero no puede. Ahora, estas son apreciaciones personales de moverme en espacios comunitarios, no hay un estudio con una muestra significativa que respalde lo que acabo de afirmar, lo único que tenemos son estudios extranjeros que pueden coincidir, como lo presuponemos, con la realidad latinoamericana o con Argentina si acortamos la muestra: la única certeza es que no hay datos locales.

Y esto tiene impactos concretos: ¿cómo exigimos políticas estatales sin números? ¿cómo sabemos que problemáticas tenemos y su profundidad sin poder medirlas de manera macro? Porque tenemos noción que cosas como estar en situación de calle, discriminación en instituciones varias, destinación a la prostitución y el mercado informal, poco o ningún acceso a la salud, violencia intrafamiliar, violencia religiosa, etcétera de etcéteras; son centrales y estructurales y definitorias y traumas a desandar colectiva e individualmente y cuestiones para las cuales hay que exigir justicia social. Pero no hay números, o si los hay son con sesgos enormes.

No hay suficiente interés en investigar sobre nuestros cuerpos ni nuestras prácticas. Por lo que algunas cosas se vuelven tanteos en la oscuridad: el sexo seguro, las prácticas de cuidado, el acceso a recursos de supervivencia (trabajos, afecto, deseo, vivienda); tanteos a los cuales accedemos luego de golpearnos en la pared solxs primeramente y en el mejor de los casos comunitariamente después.

 Comunidad

 Entonces frente a la falta representación imaginaria y estadística, la respuesta es el encuentro colectivo. La comunidad.

No es posible delimitar una distancia entre la teoría y la práctica cuando nos referimos a iniciativas comunitarias de la disidencia/desvío/diversidad sexual que se hacen desde la disidencia/desvío/diversidad sexual. Y no es casual. Yo tengo la sensación de que continuamente estamos conceptualizando sobre lo que hacemos y narrando historias que funcionan de manera estructural y estructurante. Hay productividad acá, de este lado. En la fuga de la heteronorma, en la fuga de la cisnorma, hay una dimensión creativa también (porque todxs sabemos que la fuga pura es destrucción toda).

El tema es que por la marginalidad histórica recién estamos comenzando a tensionar los sentidos que producen violencia social. Sí, estamos mejor que hace diez años, pero gran parte de la comunidad sigue condenada al exterminio. Seguimos hablando desde la supervivencia o después de haber sobrevivido, bah, cuando podemos llegar al discurso. No todo el mundo puede. E incluso cuando hablamos lo hacemos desde el fragmento, en textos menores, de boca en boca. El acceso a la cultura escrita es algo que nos cuesta aún muchísimo.

Sí, muchxs más llegan hoy al deseo y al placer y a formas otras de devenir. ¿Pero qué pasa con todas esas cosas de las que aún no estamos pudiendo siquiera hablar? ¿Cómo dar cuenta de lo indecible? Venimos de años de silencio, de una herencia posdictatorial. ¿Cómo llenamos el trauma de la violencia que te deja sin lenguaje?

Tengo más interrogantes que respuestas. No es que no he ido en su búsqueda, he querido encontrar un marco teórico para esta nota, he hablado con mis compañerxs para llegar a algo así como una aproximación al silencio desviado, o al silencio queer, a la indecibilidad en nuestras experiencias. No encontré mucho. Y puedo explicar por qué, afirmar que la violencia más grande de la norma al escaparte de ella es dejarte sin lenguaje, sin sentidos, sin inteligibilidad. Pero no me satisface. Entonces, en lugar de apuntalar la necesidad de una conceptualización del silencio, me quedo con la premura ética de que siempre que podamos hay que decir, sobre todo por lxs pibxs que vienen atrás, con un ala rota como dice Lemebel. Más ahora. Todxs sabemos que lxs putos, tortas, travas, bi y trans en los gobiernos de derecha, las crisis y el neoliberalismo, la pasamos peor.

Apelemos a nuestra creatividad para sobrevivir desafiando los silencios.


Bibliografía:

-Castoriadis. 1975. La institución imaginaria de la sociedad.
-Freeman. 2015. Time Binds. Queer temporalities. Querr histories.
-Helberstam. 2012. In a queer time and place.

 

 

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