Si no somos modelos

por Juan Revol

El premio es brillante. Una estatuilla que recorta la figura de una chica de piernas largas y cintura imposible, tetitas cónicas y pelo de animé.

En segundo plano, Mar Tarrés sostiene el galardón.

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Como una correspondencia mashupeada, el premio se superpone a la premiada mientras el flash de la cámara que captura la imagen retiene el brillo del objeto. Hay una incomodidad en la superposición del premio a su ganadora, como si juntos intentaran construir un signo de dudosa efectividad.

¿La justificación del signo deforme? Ganó la inclusión. Ganó la inclusión, dicen los diarios, y páginas enteras se empastan con esa palabra, con tinta imprimiendo esa palabra con la reiteración de cualquier consigna revolucionaria. Ganó la inclusión.

La Chica del Verano no es como su estatuilla la destina. ¿Hay transgresión en la deformidad del signo? ¿Hay vanguardia en el montaje semántico y visual de la ceremonia de premiación? ¿Hay revolución?

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Pensemos en la inclusión. Incluir a alguien es ponerlo dentro de un conjunto, “aceptarlo”. Incluir, entonces, presupone al menos dos partes: un afuera y un adentro del conjunto, un conjunto que decidirá si ese afuera es digno de entrar.

Pensemos, ahora, en los concursos de belleza: uno de los procedimientos más inescrupulosos para exponer los engranajes de un sistema sostenido sobre cánones. No hay ninguna clase de timidez ni ambigüedad en un concurso de belleza: premiamos a la persona más linda, y nosotros (un nosotros indefinido y omnipresente) decidimos qué es ser lindo, presentando abiertamente los cánones de la belleza serializada.

Sin embargo, en Córdoba pasó algo excepcional.

Mar Tarrés ganó el premio de la Chica del Verano 2016. Con un cuerpo que no se ajusta al demandado históricamente por el premio, lo ganó. Su belleza no convencional fue incluida al grupo de modelitos que ganaron el título en ediciones anteriores.

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Y, entonces, los diarios dicen: ganó la inclusión. El nuevo signo se estrena triunfante, Mar Tarrés levanta la estatuilla para recibir los aplausos, el público festeja eufórico su legitimación y su inserción definitiva a la tribu.

¿Qué clase de revolución es esa donde el opresor celebra el triunfo del oprimido? ¿Donde el monstruo deja de generar incomodidad y pasa a ser recibido con los brazos abiertos? El triunfo de la inclusión no es el triunfo de la alteridad sobre el sistema que lo excluye: el triunfo de la inclusión es el triunfo del sistema, la conquista del sistema de la potencia desestabilizadora del monstruo.

Participar de un concurso de belleza implica darle la razón, reconocer su poder legitimador, alimentar su hegemonía. Y, lo que es más, participar de un concurso de belleza sin ser instituidamente “bello” le da al concurso la posibilidad de fagocitar nuestra figura y explotarla en una ampliación de su espectro canónico.

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La operación es simpática pero forrísima. Simpática porque el progresismo de la maniobra produce satisfacción y, sobre todo, alivio. Forrísima porque acaban de usarnos como ratita de laboratorio en la maniobra más sofisticada para cooptar cada vez más alteridades: la hipercorrección política.

Mientras más distintos se incluyan al sistema, menos personas van a estar disconformes con él. Y es así como, de a poco, todos seremos parte, hasta que la comodidad de nuestra aceptación nos mantenga sedados como estuviéramos royendo un gran clonazepam colectivo.

Estrategias de manipulación mediática

Con la hipercorrección política, el control evoluciona y subsiste. La casa sigue estando en orden.

Un premio deviene una forma de domesticación.

¿Queremos seguir siendo libres? Nunca nos anotemos en un concurso de belleza.

Y menos si no somos modelos.


 

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