Silvio Rodríguez y la verdulera

por Patricio Pérez de Andrade (@sandiaconqueso)

¿Qué hace a un buen texto?

 Ay, si supiera, vendería la respuesta a los wannabes y me retiraría con el botín a mis aposentos, a ver cómo los otros interpretan mis enseñanzas — y cuando me quede poco hilo en el carretel, me busco una Kodama que usufructúe mi polémica herencia. Pero, como siempre termino reconociendo, no soy un maestro sino apenas un diletante. Entonces, conforme a una modestia más bien científica, no tengo respuestas sino, apenas, hipótesis.

 La primera. Un buen texto conforma un desafío, despierta la curiosidad conjugando lo que ya sabés con lo que todavía no, cosa de que, aunque te sientas un poco orsai, no pierdas el hilo del todo. Dentro de una historia, de una trama, de una argumentación comprensible, encontrás ciertas referencias que todavía no cazás. Palabras raras como Xanadú, Cockaigne, Aramburu. Frases rimbombantes en otro idioma como dolce far niente o alea jacta est. O, en general, un enigma a resolver: el misterio en torno a un crimen en la rue Morgue nos permite, momentáneamente, ocupar el lugar de M. Auguste Dupin. La intriga es el motor que logra que el show go on.

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Hipótesis agria que, al final, tiene como consecuencia lo mismo de siempre: como no todos sabemos lo mismo, no hay una definición universal de “buen texto”. El desafío no se nos presenta a todos por igual. Lo cual no es nada nuevo. “Un buen texto”, construido a partir de una ruptura espectacular que introduzca cosas jamás vistas, es pretender escapar a una contingencia inherente al texto mismo: encontrar un unicornio azul que sorprenda por igual a Silvio Rodríguez y a la verdulera. Pretensión, en fin, de gusto universal.

 La segunda hipótesis no es mía, sino del escritor y/o tuitero Oscar Genovese, que no sé si la inventó o la sacó de quién sabe dónde. Dice (tuitea): “sin humor, no existe posibilidad de trascendencia”. Dejemos de lado, pues, las (in)satisfacciones provenidas de un texto que hace demasiadas preguntas, así como las intrigas y los códigos intelectualoides. Quizás, en el fóndo sólo queremos pasarla bien. El humor, claro, como medida del hedonismo.

 Dicho en criollo, cagarse de risa es sólo una expresión ruidosa de alegría. Sin llegar al humor, podemos suponer que hay formas de escritura que persiguen nada más que el placer, como decía aquél simpático semiólogo que terminó atropellado por una furgoneta. Digamos que el placer llegaría por contraste: la decisión de escribir un texto para el mero disfrute requiere, ante todo, eliminar ciertos temas, esquivar ciertas angustias posibles. Sin meternos en debates (“¿se puede hacer humor después de Auschwitz?”), pensemos sólo si el “buen texto” es precisamente lo contrario de lo que proponía la primera hipótesis: cualquier texto (y, en sentido amplio, cualquier fenómeno, cualquier cosa que suceda) que te haga darte cuenta de lo poco que sabés, ciertamente, no augura nada bueno.

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A nadie le gusta sentir que todavía falta un camino largo por recorrer. Entonces, si uno se propone como programa la “felicidad”, ciertamente va a tener que inclinarse más a escribir sobre metas, llegadas, finales felices y realizaciones plenas (una fiesta, una recepción, una cinta que se corta, un imperio en su apogeo, una gran noche de sexo, una hermosa familia, una Coca-Cola fría o la historia de una vida ejemplar) que sobre la ardua corazonada de que estamos todos perdidos en el desierto (esto es: que sabemos menos de lo que creemos). Me arriesgo a pensar que este recorte, que ignora más de lo que abarca, es el principio sobre el que se fundan la autoayuda y la publicidad: a ellas les exigimos, en última instancia, una solución para “hacernos felices”. Así cumplen con su función, y por esto, quizás, son objeto de crítica de los intelectuales, bichos cínicos si los hay.

 “Un buen texto”, hipótesis C. Recién cuando escribía esta cuestión del camino por recorrer, pensé en Forrest Gump. Especialmente, en esa escena en la que él está corriendo apaciblemente por una carretera inmensa en el desierto de Nevada. Recordemos lo fundamental de esa parte de la película: él no espera llegar a ninguna parte. Lo dice con su sinceridad e inocencia características, que no por nada los otros confunden con estupidez, cada vez que se lo preguntan en la tele: corre por correr, nada más. La ausencia de meta lo hace enfocarse, ni siquiera en el camino, sino simplemente en el acto mismo de correr.

Ni el camino que falta, ni la llegada a una meta, ni el comienzo (puesto que en la escritura “no hay principio”, como sugiere Derrida): apenas el presente. Escapando a toda connotación zen que pueda tener esta frase (que sirvió como disparador para este texto que terminó siendo tan pesimista, lo que en parte quiere decir que me salió el tiro por la culata), al “buen texto” habría que restituirlo en el plano del presente.

 ¿Hay alguna forma de construir este texto dedicado al goce profundo, a la lectura hic et nunc, perfectamente atenta y desinteresada? Creo que hay algunos procedimientos muy sutiles, que varían de autora en autora pero me arriesgo a decir que, en general, tienen en cuenta a la lectura como experiencia más que, quizás, a la urgencia (pedagógica, militante, doctoranda o egomaníaca) de transmitir un mensaje al destinatario. Son, por momentos, un desafío; por momentos, una evocación emocional (entre las que cabe contar el humor); siempre, un mensaje estético, ambiguo, polifónico.

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¿O sea que tu tesis de doctorado sobre las ranas de Indonesia no es un “buen texto”? ¿Un discurso político, que es necesariamente confrontativo —incluso si quiere velarlo—, tampoco?

 Ya la idea de “buen texto” se vuelve necia y pedante (bah, lo era desde el principio, pero sirvió para jugar a este jueguito de las hipótesis y producir un texto que, quizás, tenga algo bueno). Delimita vagamente un tipo de textos que, probablemente, preste más atención a sus procedimientos, a sus implicaciones, a sus recovecos y a sus alcances. Que persigue la polisemia, y que tiene como objetivo último la grandilocuente y un poco cursi definición de Croce: “en cada acento del poeta […] está todo el destino humano, todas las esperanzas, todas las ilusiones, los dolores, las alegrías, las grandezas y las miserias humanas”.

 Hay, en fin, un hecho que no podemos negar: no existe un solo “libro” en el mundo (y digo “libro” para no decir “texto”, que incluye también artículos de revistas, poemas en servilletas o guano hecho y derecho como todo lo que firme Wiñazki). Imaginemos la pesadilla inversa. Un náufrago tiene un libro que es el único que va a leer en su vida. Un libro perdido en una isla posee, antes que nada, un aura de objeto único. Pero no sólo eso. Podemos llegar a creer que el náufrago (que, milagrosamente, no es analfabeto, porque sino la analogía también naufraga) se propone encontrar en él todas las respuestas. La realidad para nosotros, que navegamos más que naufragar entre todos los textos disponibles, es bien otra. La aventura del lector supone un pacto previo: nunca uno va a llegar a leer todo.

 Entonces, el “buen texto”, antes de existir siquiera, ya tiene impuestas unas condiciones: debe abrirse paso a través de una serie inmensa de iguales, entre los cuales, al menos, si no llega a destacarse, debe encontrar su lugarcito. La acumulación de saber (la “democratización”, como dicen despectivamente los aristócratas que desearían que sus libros se vendieran primero) ha creado estas condiciones, y no hay tu tía. El mercado ¿literario? se superpone a esta entropía, (sobre)valorando a los ya valorados y reservando a los ignotos para las ferias de ediciones artesanales.

 En fin. Estas hipótesis, estas líneas que dibujé acá con torpeza como agarrando un crayón con la nariz, son las que ponen a laburar a los teóricos de la literatura. Es una especie de pregunta universal: para qué escribimos, para quién, cómo, para qué y si algún día va a servir para algo más que para pagar las expensas. En los tiempos remotos, las preguntas eran menos elaboradas: la Biblia era el libro del náufrago en el cual todos encontraban su respuesta. Que hoy siga siendo el libro más vendido del mundo es indicio de que, con todo, no aprendimos un carajo todavía, seguimos aferrados culturalmente al pasado.

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Pero la explosión ya se dio y sigue en curso (ndayé que Internet representa la segunda Revolución del Conocimiento desde la invención de la escritura, la primera habiendo sido iniciada por un loco con imprenta en 1440): hoy en día la abundancia, la polisemia, la intertextualidad y el ruido son la norma. Es un gesto casi esquizoide y probablemente un fracaso desde el vamos pretender ser literato y acaparar todo. Mucho más sano ser un Forrest Gump que lee por el gusto de pasar las hojas, o poseer una ambición cercana al cero absoluto: mi tío, que en su biblioteca tiene un diccionario y un libro de Andrés Oppenheimer, alegando que “para qué necesito más si en el primero están todas las palabras” y el segundo “explica todo eso de la política, leelo que te va a abrir la cabeza”.

 

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