La Su, la Fla, y la culpa

[Susana Gimenez. Flavia Miller. Engaño. Roviralta. Cuernos. Culpa. Moria Casan. Incorrectas. Vayainas empoderadas]

por Eugenia Mackinson

Dicen que Rousseau iba caminando y lo asaltó el Contrato Social, que craneó todo tan rápido que tuvo que sentarse en el cordón de la vereda a procesar y que, como si fuera poco, sólo pudo volcar en palabras un poquito de lo que pensó. Acá no pasa esto. La cuestión que me aqueja, no menos cercana a lo/la política que las palabras que Jean Jaques vuelca, vino de ver como Flavia Miller era castigada, en el programa de Moria, por no sentir culpa de haber engañado a la Su. (Yo hasta siento un poco de culpa de que mi detonador sea menos “académico” que el del francés)

El tema, haciendo pie en la actitud de las vayainas empoderadas del programa de La One, es que los topos de los que su discurso se conformaba desandaban un metadiscurso que, entre primeros planos de las pibas, replicaba la idea del código roto por el que la culpa debía filtrar: posta Flavia, cómo no te va a dar cosa ver con Roviralta todo cogido el programa de la Su, no da, no da, ¿posta que no da?

En tiempos de la sororidad, desentrañar la hermandad presupone un riesgo para el escritor. Paso en falso, condena social, ojo, no estoy en contra de nada, solo cauta de mucho y en esta cautela es que me le animo a la culpa, a los modos de existencia de la culpa que – inabarcables más no inasibles – reformulan los modos de hermanamiento entre seres.

Sara Ahmed (en un título que estoy pronta a conseguir en papel) disecciona el mandato de la felicidad, el imperativo de la felicidad (como reza su bajada), y ahí está el eje del planteo, en la noción de imperativo que, más fuerte que un habitus y más extremo que una idiosincrasia, sustantiviza al cuerpo posmoderno. La ética, la moral y las buenas costumbres derivadas de éstas se nucléan, en la obra de Kant, en el deber ser como razón natural del ente con conciencia, lenguaje, un tallo encefálico desarrollado y pulgares oponibles porque ojo que decir del hombre es caer en las trampas del lenguaje tecnificador; ese deber ser, que Aristóteles apuntará en el bien común ft. zoom politikon, es el mismo que la chancleta de una madre encarna, o –en el caso de mi vieja- los ojos desorbitados y el pellizcon en el brazo.

Pero el hecho es la culpa y las dimensiones que adquiere más como un fin que como una base de nuestro modus operandi. Sanear la falta, la falla o el error requieren de un ejercicio de conciencia que traspola el modo de uno con los modos del otro y que, a fin de cuentas, fagocita a la alteridad cuando esta no se embarca en el rumbo del cuidado de uno mismo. “Widespread civil disobedience may be our ethical option”, como dice Tennat[1] cuando ataca al copyright, y he allí el eje de esta discusión: la del copyright de la culpa.

En el derecho anglosajón, donde la jurisprudencia la tiene larga, la noción de copyright se entiende en relación a los derechos de autor como derechos patrimoniales, clasificación que – dentro de los derechos subjetivos – engloba a aquellos susceptibles de tener un valor económico, y que me hace preguntarme a quién le garpa la culpa, y no pienses en instituciones, dejá al Estado, a la Iglesia, al poder medico, a los vaivenes de la era farmacopornográficas y a las florerías y joyerías en el mundo cliché, de verdad, ¿a quién le garpa la culpa?

En un sistema en el que el deseo delinea el ámbito de articulación del ser, no resta más que caer en Lacan cuando marca que el deseo no es más que el deseo del deseo del otro por lo que, la culpa, no sería más que lo que le permite al ser sostenerse en su precariedad, en su estado de vacio siempre a enmendar, no libre, jamás, sino derivado de los que patrimonializaron los cómos que asumen las culpa, sus derivaciones materiales, aquellas metáforas que como ejércitos de metonimias nos marcan cuándo debemos sentir culpa, ante qué situaciones, ante qué acciones que – al fin y al cabo- son las que motivan nuestro deseo de desear.

Una de las cuestiones con la poderosa triada deseo, culpa y desobediencia es que requieren un ejercicio de la persona, una fiat masoquista que se ubique más cerca del placer/culpa de la trasgresión que del fetiche substantivo. Mejor pedir perdón que pedir permiso, condimento del coqueteo con la culpa, con el ser culpado o inculparse, disfrutarse, otoñarse – como diría Susy Shock– reivindicar el derecho a ser un monstruo[2] y lamerse el hedor de la culpa.

Desobediencia civil, hermanos, Flavia Miller en tanga mientras “la Su la Sa o la Na” en la tele es, por lejos, la reconciliación con la alteridad, a quien maneja un encumbrado perfil, al escombro de cretino[3] que libera a uno de la relación con el uno mismo y que lo hace desear, desear el deseo suyo que con el otro deviene y retoza. La culpa es el placer del vomito del borracho, el vacío de Severin vistiendo a Wanda con pieles[4], el pripipí de la trampa, el hueco a ser llenado, y llenado, y llenado, capitalizado, entregado en modo de energía a un sistema que nos la inculca no para reprimirnos, sino solo para darnos un espacio en el que revolcarnos para después, sudados, vestirnos de señoras y olvidarla, guardarla y desearla, y boquear un “ahora, a llorar al campito”. Un bello sistema que alimenta a quien esgrime la patria potestad del reto y aquel que es retado, un espejo de humillación-dominación de una misma, el placer del esclavo del deseo, del pensamiento del que divaga antes de dormir y del que ve Marie Kondo para sentirse sucio y acumulador.

Lejos de ser un ensayo, es un mea culpa del mi leit motiv, pégame.


[1]  [“La desobediencia civil generalizada puede ser nuestra única opción ética” > Traducción de la Autora] Tennat, R. (2001) “The copyright war” en Yúdice, G. (2007) Nuevas tecnologías, música y experiencia. Barcelona: Gedisa.

[2] Shock, Susy (2011) Reivindico mi derecho a ser un monstruo en Festival por la Despatologización de las Identidades Trans La Plata, sábado 29 de octubre de 2011. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=udup-LFqnXI .

[3] Babasonicos (2018) “Cretino” en Discutible. Argentina: Sony Music. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=PILAiha1b2Y .

[4] Von Sacher-Masoch, L. (1870 [2017]) La venus de las pieles. Córdoba: ¡Pero si sos un calco!.

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