Té para catorce

La Redacción de Nadie Es Cool se reunió para dejar constancia de que, sí, tenemos madres. La orden fue limitarse a no más de 8 o 9 o 10 (si somos muy tolerantes) líneas. Por primera vez los encargados de esta publicación ponían límites, ustedes juzgarán los resultados pero puedo adelantarles que, para saber acatar límites, somos bastante mal criados, bueno, para acatar límites y para muchas otras cosas también. Dicen que al momento de nacer nos declararon muertos porque, piénsenlo bien, nacer muriendo fue nuestra primera digresión. Y después de esa primera digresión se sumaron todas las notas de esta revista. Sin más, los dejamos con las madres de una parte del staff. Si continúan a partir de acá, el Equipo Legal y Técnico no se hace cargo de las consecuencias. Muchas Gracias. Y feliz día.

La Redacción

por Lucas Peretti (@lucperetti)

Anna Jarvis nunca fue madre y tampoco se casó. Vivía en los Estados Unidos a principios del siglo pasado y una tarde se le ocurrió que quería agradecerle a su mamá todo lo bueno que había hecho (pacifismo y demás) y buscó homenajearla. Propuso retomar una tradición de largo alcance (que llega hasta los señores griegos) y quiso instaurar el “Día de las madres”. Lo logró y en 1914 se decretó la celebración en ese país. Sin embargo, pocos años después la buena de Anna se dio cuenta que había creado un monstruo: los y las no madres se la pasaban comprando flores y tarjetas impresas, en vez de escribir cartas de puño y letra, como ella quería que hicieran. Su Frankestein la perseguía tanto que incluso estuvo presa por protestar contra la caricaturización de lo que ella había sostenido. Creo que nadie desconoce que la comercialización se potenció, yo tampoco. Hasta acá todo muy lindo (o muy feo), todo muy progre: pero entonces que alguien me explique por qué tuve que salir corriendo el viernes y rogarle a los empleados de una librería céntrica que por favor me consigan el libro que mi mamá insinuó necesitar la última vez que charlé con ella.

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por Christian Acosta

Todavía recuerdo bastante bien mi primer día en el jardín de niños.  La experiencia fue bastante traumática; estaba solo en un lugar lleno  de niños desconocidos, no conocía los juegos o las canciones que se  cantaban, tenía que desayunar una merienda que no me gustaba y tenía  que comportarme como me lo indicaba la maestra.  Me acuerdo como si fuera hoy que pensé; esto no me gusta, me quiero ir.  Pero, más allá de mis intentos por escaparme o de mi impertinente cuestionamiento acerca de la hora de salida, hay un recuerdo que sobresale de todo el resto; salir y encontrar a mi madre esperándome. Más allá del timbre que indicaba que mi pesadilla había terminado, el  bálsamo de encontrar el rostro de mi madre entre aquella marea de señoras esperando a sus hijos sirvió como un manto de protección ante cualquier mal que me acechara. El rostro de mi madre era el escudo contra el mal, el remedio contra el virus de la escuela, la salida a cualquier problema que pudiera tener. Hoy hace más de 20 años de aquel día, y sin embargo, cada vez que tengo un problema, salgo a buscar el rostro de mi madre para que me proteja. Por eso, aunque sea una vez al año, me permito ablandarme y recordarle a mi vieja que la quiero, y que como decía Pappo; mi vieja es lo más grande que hay. Así que aunque todos los días sean el día de la madre para ellas, hoy les recuerdo (y me recuerdo) que por más que pasen los años ellas siempre van a ser nuestras madres, y nosotros sus niños pequeños, esperando a verlas al salir del jardín.

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por @fgvidela

Todos intentaron describir lo que es una madre para uno, desde Roger Waters (Mother de Pink Floyd) hasta el pibe que escribió tres canciones y toca en un bar de mala muerte. Lo importante no es tanto la magnitud de la obra sino la calidad del mensaje. Las madres hacen las tareas secundarias de nuestras vidas – e incluso las de ellas – sin buscar nada a cambio más que un beso. Gracias por estar presentes.

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por Antonella Saavedra (@PezPost)

  “Nací en un hospital que se prendía fuego” es una canción que me gusta y una proclama. También es una imagen mental violenta. No nací en un hospital en llamas pero me hubiese gustado. ¿Es trágico y egoísta? Nacer ya es violento per se. Como cualquiera, fui despedida del cuerpo de aquella que es Papá Noel, el Ratón Pérez y todas esas tradiciones burguesas y comerciales, como el día de hoy. La mina que les digo es la cura a todos mis pánicos escénicos con mirarme nada más, la palidez, la costumbre de pintarme los labios siempre, las películas con vampiros, la ventana abierta cuando llueve y hace frío, el vaso de cerveza cuando me ve estudiando. Si le pregunto a mi vieja en donde puse la camisa, que me voy al laburo, me va a decir “hija, buscá que seguro está en la Caja de Pandora. Ella bautizó así al cesto de la ropa para planchar. ¿Entienden por qué la amo tanto? Nací en la Clínica Buenos Aires, en el ’92, el hospital no se prendía fuego pero ella siempre fue la Caja de Pandora. No tengo idea de quiénes son sus madres o quiénes ocupen ese lugar y creo que me chupa un ovario. Y me gustan las proclamas porque me cabe el drama y la grandilocuencia. Mi vieja es mejor que la vieja de todos ustedes. Es la mejor mina de la galaxia. Al nacer ambas nos prendimos fuego.

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por Georgina Zerega (@zeregag)

Cuando te fuiste, mamá lloró durante días, la mayoría del tiempo a escondidas. Pero sé que fue así, yo la conozco a mamá. Cierro los ojos y todavía puedo sentirla llorando. Cuando vos te fuiste, su mundo se vino abajo; nos dejaste los restos de mamá para juntar y rearmar. Y por más que me gustaría juntar los pedazos y volverlos a unir, por tanto que desee encontrar las respuestas a sus preguntas, por mas grito que pueda pegar, ya nada le devuelve la sonrisa a mamá, no va a volver a ser la misma. Entonces te maldije y me enojé con el mundo por no ser capaz de aliviarle un poco de su sufrimiento, porque nadie hace llorar a mamá, nadie lo había hecho por lo menos, hasta el día que te fuiste. No sabemos muy bien qué hacer, parece que ya no supiéramos cómo vivir, ¿cómo era la vida antes de que te fueras? ¿Cómo se hacía? Sabemos que no hay nada que pueda quitarle ese dolor. Y cuando mamá llora, lloramos todos. Pero yo a mamá la entiendo, porque cuando a mi me falte ella, voy a ser yo la que llore a escondidas durante días.

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por Agustina Chaves (@chasugus)

El costo de escribir sobre la madre de uno es quedar demasiado cursi o bien, demasiado cruel. La dificultad de hacerlo en un párrafo lo complica todo aún más. Entonces, en el intento de no pecar de tierna y/o desalmada recordé una película. Siempre fui aficionada a las películas para niños, pero cuando era chica consumía películas más bien berretas. En realidad, ya no me acuerdo si esta lo era o no. La cuestión es que hace mucho vi Jimmy Neutrón: El niño genio” junto a unos amigos, o un noviecito de mentirita, esos que uno tiene a los 9 años. El conflicto de la película es, básicamente, que los padres desaparecen del planeta. Al principio todo es diversión y alegría hasta que los nenes se dan cuenta que los papás son muy necesarios. Por lo menos de vez en cuando. La verdad es que a los veinte y pico no hace falta que tus padres sean raptados por extraterrestres para reventarte el estómago con golosinas o saltar en la cama –es algo que, por suerte, ya puedo hacer sin su permiso-. Pero en la vida real el “de vez en cuando” empieza cuando las tormentas no te salen de la boca. Cuando las tormentas no me salen de la boca, sólo necesito a mi vieja. Ella es mi mar personal: te arrastra, te quiebra, te liquida, te grita la verdad, te abraza y te saca el ruido. Mi vieja se lleva el ruido. Si a mi vieja la secuestra un extraterrestre, al contrario de Jimmy, yo no espero ni un día para correr a rescatarla.

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por Pablo Durio (@PabloDurio)

Cuando cualquier persona lleva un tiempo de conocerme siempre empieza (no demora más de dos o tres semanas) a cuestionar por qué me cuesta tanto tomar las cosas en serio (cosas que incluyen desde tramitar un certificado hasta ver a un familiar morir -los chistes sobre zombies no están bien vistos- pasando por todos los cánones establecidos de la moral y el buen comportamiento). Y es algo dificil de explicar. Generalmente me limito a repetir historias familiares que demuestran un comportamiento desmedido: mi papá gritando que NADIE TOQUE EL BAÚL PORQUE YO ACOMODO LAS COSAS SEGÚN EL TRATADO DE GINEBRA; mi hermano más chico (10 años) preparando un kit para viajes que consiste en lentes de sol, un gorro bastante feo de pescador de los 60 y una serie de frases como: papá me hace pasar unos muy malos momentos y me sube la tensión; mi hermana enviando un video por wapp con la mirada clavada en un espejo mientras tararea la canción de Batman e improvisa una coreografía con la cabeza (tiene la rara habilidad de mover la cabeza independientemente del cuello y del resto de su cuerpo). Pero hace poco decidí que a aquella pregunta de por-qué-me-cuesta-tanto-tomarme-las-cosas-en-serio la iba a responder con una foto de mi mamá. Un lunes a las 3:35 de la tarde (horario en que ella está trabajando) me mando una foto. Y ahí está, la mujer que sigue exactamente igual a las fotos de 22 años atrás, la mujer de la que salí despedido a un mundo que no alcanzo a entender, la mujer que canta cerca de 8 (ocho) versiones diferentes de feliz cumpleaños y uno no puede prender las luces ni apagar las velas ni comer la torta hasta que todas fueron cantadas, la mujer que se muerde la lengua cuando está enojada, la mujer ultra-eficiente que sabe cosas imposibles como llenar un balance y realizar cualquier operación matemática con la mente, la mujer que debería estar trabajando y está subida a un toro mecánico mirando a la cámara y sonriendo, a punto de caerse sólo para volver a levantarse y repetir, una y otra vez, como quién no quiere la cosa, afectando dignidad y oculto reconocimiento, que ella sabe cantar el ave maría, que una vez se lo pidieron para un casamiento y que ella se negó. Porque hay cosas que hay que mantener para uno: cantar el ave maría, y saber montar en toros mecánicos marrones armados sobre un castillo inflable un lunes a la siesta cuando el aburrimiento acecha.

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