The Caretaker o cómo hablar con fantasmas

[The Caretaker. Fanstasmas. Ausencia. James Leyland Kirby. Robert Plant. Rock. Jacques Derrida.  Hauntology. Francis Fukuyama]

por Gonzalo Zanini

Ausencia fantasmagórica

Sentir la ausencia de alguien es similar a hablar con un fantasma, a tener al frente a una inconsistencia que nunca vas a poder abrazar para poder sentir la calidez del contacto de dos cuerpos sólidos aferrados. Y en ese sentido la ausencia, como el fantasma, es la afirmación de lo inexplicable, el producto desesperado y delirante de nuestra imaginación aterrada. Es decir, una ausencia aparente jamás materializada por completo pero presente más que nunca, de la que podemos darle muchas explicaciones pero ninguna valida su contradictoria aparición. Solo sabemos que nos persigue como si quisiera envenenarnos con el solo hecho de estar lejanamente presente. El fantasma, al igual que la ausencia, es el símbolo de la incertidumbre total. El no saber por qué esa persona no está al lado nuestro pero aun así tiene la capacidad de llegar en ondas orbitales desmesuradas hasta nosotros.

Ahora bien, ¿a dónde mierda vamos con tanta reflexión seudofilosófica sobre los fantasmas? Bueno, a The Caretaker.

The Caretaker es el proyecto solista del inglés James Leyland Kirby, un colorado ruludo que parece ser el hijo no reconocido de Robert Plant. Pero no tiene nada que ver con el rock. Y quizás no tiene nada que ver con el rock porque el rock es el peor medio para atravesar la dimensión real de las cosas. El rock y los instrumentos tradicionales que propone parecen referirse siempre al mundo de los vivos, al dolor y al amor, a la vida pulverizada por lágrimas y al sexo más melancólico o desenfrenado, a las drogas más psicodélicas y a los viajes experimentales y tediosos por la ruta. El rock (y me refiero a todos los géneros en los que logra ramificarse) se convierte en lo tangible: el producto que consumimos constantemente para darle un sentido a nuestras vidas (sea cual sea ese sentido). The Caretaker es justamente lo contrario: una trompada de nada-tiene-sentido-menos-mi-música nos pega en la cara al escucharlo.

The Caretaker hace surgir una aparición fantasmagórica al mismo tiempo que desintegra cualquier materialidad de sonido: uno escucha Selected Memories From The Haunted Ballroom y la sensación de una lejanía nos ubica en un estado de desolación que aturde, exento de todo punto de referencia que nos haga sentir mejor, en una suerte de naufragio sonoro con remos de papel. The Caretaker nos alerta sobre el miedo de llegar al final y no entender nada. Al igual que un fantasma shakespeariano, parece recordarnos todo el tiempo que un final sin épica se aproxima, que la ausencia de toda explicación lógica es el ticket que vamos a recibir cuando nuestro organismo se apague por completo. Y en cierta forma es un pesimismo extremo, pero licuado y adornado con una música que hace estremecer neuronas.

La realidad para The Caretaker es un truco de magia en el que todos esperan que el mago saque el conejo de la galera; pero al final el conejo no está; y el público tampoco; y vos te convertís en el mago que con un rictus eterno de decepción en la cara no puede entender por qué el público se fue y a dónde fue a parar tu conejo. Y lo peor (mejor) de todo esto es que la música de The Caretaker, al igual que la puta realidad, no va a explicar por qué desapareció el conejo, por qué las butacas al frente nuestro están vacías y por qué no dejamos de ver y sentir un insoportable fantasma mensajero de malas noticias. Si algo podemos decir de la ausencia es que goza de una abstracción que se vuelve más densa y profunda a medida que hacemos el intento de darle un sentido.

Pero seguir poniendo en palabras claras y figurativas tonalidades, melodías, acordes, etc., parece la actividad pedante que hace un estudiante universitario en un trabajo práctico insulso. Las palabras siempre están de más cuando hay que explicar la manifestación y el desenvolvimiento de un tipo de música. O al menos están de más cuando no es un rock convencional de un grupo de sujetos enojados con el sistema o con la persona que le rompió el corazón o con la sonrisa falsa de los empleados del McDonald’s.

Acercamiento a un mundo nostálgico

Por supuesto, The Caretaker no es un niño abandonado en el medio de una tormenta. Forma parte de un mundo que por la cantidad de habitantes que tiene puede reducirse a un vecindario bastante interesante. Con los aportes de Jacques Derrida, en los 2000 surge una corriente estética denominada hauntology, lugar donde se anida cómodamente The Caretaker. El concepto pretende fusionar la idea de ontología y fantasmas, una especie de “fantología”, solo que en castellano no tiene tanta coherencia como en inglés o en francés. Hauntology aparece en el libro de Derrida Los espectros de Marx, en el que plantea que los fantasmas del pasado asedian el presente del capitalismo. El libro está inspirado en la frase del Manifiesto Comunista: “Un espectro acecha en Europa: el espectro del comunismo”.

Junto a esta inspiración marxista, Derrida se apropia de los aportes de Francis Fukuyama, que dictamina el fin de la historia con la caída del muro de Berlín y el desplome del comunismo. Fukuyama plantea que la lucha por la supremacía del capitalismo fue una lucha que marcó la historia de la humanidad. Habiendo vencido el capitalismo, la historia no tiene continuación. Pero Fukuyuma plantea el fin de la historia como si el camino para el capitalismo quedara liberado. Como si la realidad capitalista de las sociedades actuales estuvieran despojadas de toda contradicción, sin ningún obstáculo que impida su paso. Pero para Derrida este supuesto fin de la historia no es realmente así. Precisamente por la existencia de fantasmas que vienen del pasado para demostrar que el presente no está liberado de nada.

Acá surge lo más interesante: Derrida utiliza el concepto de fantasma ya que el fantasma oscila entre la vida y la muerte, entre lo material y lo inmaterial, concepto que le permite al autor francés mostrar el indeterminismo de la realidad capitalista. De esta forma, el capitalismo pos caída del bloque comunista tiene como tarea hacerse cargo de los fantasmas que dejó atrás. Principalmente del fantasma de Marx. En este proceso, el fantasma exige memoria y espera: memoria al recordar el pasado y espera al no saber lo que puede suceder. El concepto de fantasma, memoria y espera son los conceptos fundacionales de la corriente estética hauntology.

Con defensores y primeros redactores de la corriente como Mike Powell, Ariel Pink, Simon Reynolds y Mark Fisher (cuyo último libro publicado antes de morir fue Fantasmas de mi vida: Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos, publicado al español por Caja Negra) hauntology goza en un primero momento de cierto esnobismo millennial. La clase de música que puede escuchar la gente rara para sentirse más rara y especial y opacar así el hecho de que muy probablemente no sea más que un mediocre jugando a tener una superioridad intelectual que nunca va a alcanzar realmente. Entre las múltiples oportunidades que la sociedad posmoderna tiene para hacernos sentir así, esta vez no es el caso de hauntology (con todos los diversos representantes que integra esta corriente como William Basinski [escuchen el album The Disintegration Loops], Mordant Music, Epic45 [escuchen la canción Ghosts I have known], y un corto etc.)

Hauntology manifiesta un pasado derrumbado pero imposible de borrar, haciendo frente a una realidad frágil llenas de escombros que en un acto de nostalgia los sostenemos contra nosotros mismos para no caer. Los segmentos musicales de The Caretaker transformándose, adhiriéndose entre sí, desapareciendo y volviendo a aparecer media hora después, se vuelve el mejor ejemplo del fantasma impalpable que tira abajo todas nuestras convicciones. Un álbum como An empty bliss beyond this World, que representa el mecanismo de la memoria de los enfermos de Alzheimer (no voy a explicar cómo lo hace porque es totalmente claro) es una muestra de los nuevos espacios que pretende abarcar la música, con una originalidad pocas veces vista en esta era tan retro.

Y la verdad es que sigue siendo insoportable hablar y demostrar con palabras algo que uno escuchó y le gustó mucho, así que solo queda escuchar The Caretaker, como para olvidarnos del hecho de que probablemente nada tenga sentido.

 

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