Autor: Manuel Rivero (@_mrmanu)

 

Hay una lista de temas de los que se puede hablar en la mesa. Una lista de temas infinitos, extensos, kilométricos y sobre todo banales. En eso se basan en realidad las charlas con los vecinos: preguntar, tomar un sorbo de vino (no tan caro pero lo suficiente como para que el gesto de cortesía de llegar con algo para tomar no se vea afectado porque el otro piense que uno es un amarrete), escuchar sonriendo mientras la mente vaga por cualquier lugar del espacio y acumular esos datos para tirarlos en momentos aleatorios, como ese en el que uno se acuesta a la noche con la persona con la que se casó y lo único que puede hacer es tirar datos aleatorios hasta que ambos se queden dormidos y la cámara en un plano cenital se aleje de la cama matrimonial de sábanas grises para perderse en las sombras del techo.

 

Clara se pregunta si los demás matrimonios serán como el de ella y abandona el fondo bordó de su quinta copa para mirar a Fabricio del otro lado de la mesa. El hecho de acercar un tenedor con un pedazo de postre al espacio personal de otra persona es para Clara cómo tocar una puerta. En este caso Fabricio está tocando a la puerta de la vecina, que devora el postre con delicadeza pero mucha decisión. La puerta en cuestión es de un hotel, un hotel con cuatro habitaciones en cada una de las cuales se encuentran cada uno de los integrantes de la mesa del almuerzo desnudos; Fabricio golpea la puerta de la vecina con insistencia y aunque ella, recién operada de la nariz, no la abre, sonríe tras la mirilla y gime de placer ante el tenedor brillando bajo el sol. Al no encontrar la mirada de su marido, Clara siente que lo está mirando hacer por la cerradura de su propia puerta y toma más vino sin abrirla- lo que significa pararse dramáticamente de la mesa y marcharse para siempre- entonces encuentra la cuarta mirada desde la cerradura de la última puerta y casi puede ver unos sentimientos parecidos a los suyos en Gustavo, que no quita los ojos del tenedor de Fabricio mientras en la punta del suyo se derrite, marrón y viscoso, un pedazo de postre que nadie va a comer.

Clara tiene una idea y se ríe mentalmente mientras clava sus cubiertos en los restos de su postre y entreabre la puerta de su habitación para seducir a Gustavo, pero solo ve en él tristeza y vuelve a dejar todo en el plato.

 

— ¿Viste que sacaron pasajes para China?—pregunta Fabricio más tarde cuando cruzan la calle para volver a casa. Y Clara asiente sabiendo que uno de los dos va a repetir ese dato a la noche en la cama antes de quedarse dormido.


 

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